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Medio millón de seres humanos

Antonio García Gómez

De migrantes, naturalmente, afincados en nuestro país, trabajando, alegales, como burros, temiendo lo peor a cada instante en que puedan llegar a hacerse notar demasiado, soñando por sobrevivir, suspirando por poder enviar de tiempo en tiempo algo de dinero a “los suyos”, tan lejos de su “nueva tierra de no acogida”, sospechosos, reos del señalamiento dañino de los salvapatrias exaltados y miserables, extenuados día a día, con el miedo metido en el cuerpo y disimulando, haciéndose cargo de las tareas más desagradables, sin molestar a sus amos, acertando y entendiendo las aviesas intenciones de sus señores y señoras, suplicando a escondidas para que sigan dándoles una miseria por su trabajo, mal llamado trabajo, en condiciones infrahumanas, “en negro”, sin declarar, sin cotizar por ellos y ellas, tan mal vistos y vistas, hasta más allá de medio millón de seres humanos que malviven, entre nosotros, alargando la incertidumbre cruel, como si estuviesen ya realojados entre nosotros, y sin embargo siguen sin papeles, a merced de un estúpido examen que certifique que, a pesar de su aspecto, de su color de piel, de su origen, y sobre todo de su pobreza elocuente podrán ilusionarse porque, al fin, consiguieron los papeles en el paraíso que, en realidad, es un infierno.

Porque no fueron ricos nunca, porque nunca dispusieron de, al menos, medio millón de euros con los que comprar una propiedad en nuestro país de mierda, y así lograr, ipso facto, la nacionalidad “dorada” a golpe de talonario, con visado de oro, deslumbrados los mismos “amos y señores” de los nuevos migrantes de “pasta”, sin necesidad de ser sospechosos y reos de malsano odio.

Ha habido más de 621.000 firmantes que pidieron esa “regularización” que… ya veremos, que, probablemente, quede en papel mojado

Como para que ahora, ante la execrable y miserable negativa de Vox, pueda tramitarse la intención de “regularizar” a tanto migrante “sin papeles”, a pesar de que su tarea diaria es insustituible, a un paso de desequilibrar nuestro país, así como a los países vecinos, tan ricos, tan civilizados, tan implacables. Porque, con todo, en nuestro país ha habido más de 621.000 firmantes que pidieron esa “regularización” que… ya veremos, que, probablemente, quede en papel mojado, porque el peso del odio no dejará de ser insoportable, en una tierra que presume tanto de cristianismo falsario.

Porque ya se agitan los miedos, los recelos, la xenofobia y el racismo, en boca y rebuzno y embestida cruel de cuantos invocan su patria intangible, su patria que no comparto, su patria que niego y de la que reniego, compatriotas de los que abomino su pestífera calaña nada humana, porque no les quiero cerca de mí, a pesar de su estatus homologado por “gentuza de bien”.

Frente a la desesperanza y el desánimo, no nos creeremos que la intención de tal regularización tendrá el menor recorrido.

Porque, al cabo, “están bien como están”, a nuestro servicio, limpiándonos nuestra mierda y nuestra desvergüenza por cuatro euros mal contados, regateados, escondidos bajo su negación intrínseca, bajo su invisibilización que los siga haciendo sospechosos de todo mal. En un mundo que apesta.

En un mundo en el que el dios más procesionado era un “ilegal”, un “pobre de mierda”, un sospechoso recalcitrante, víctima de una crucifixión que ahora, los más inhumanos de la tribu, disimulan que respetan y veneran.

 

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Antonio García Gómez es socio de infoLibre

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