Librepensadores

Como a niños

Amador Ramos Martos

“No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte” (Friedrich Nietzsche)

“No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte” (Friedrich Nietzsche)

El fracaso electoral del pasado 28A dejó en evidencia dos hechos. Por una parte la vergonzante crispación y deriva ideológica de PP y Ciutadans en el proceso táctico de blanqueo democrático y constitucionalista de Vox en su estrategia para recuperar y ampliar poder político. Un hecho que debiera limitar la credibilidad política del moderado discurso actual de Casado, y la de Rivera, empeñado como está en su infantil pataleta política de provocación, y no sé si consciente de su probable despeñe electoral.

Por otra, el lamentable desencuentro (el mal crónico de la izquierda española) del PSOE y Unidas Podemos (UP), condenados paradójicamente ambos a entenderse cegada como está de momento, la posibilidad de entendimiento del PSOE con una derecha radicalizada en extremo y cuyo planteamiento (que haría las delicias del poder económico) nadie más entendería a estas alturas.

Como si nada hubiese pasado ¡pelillos a la mar! y en otra exhibición de la eficacia y eficiencia de nuestros políticos, andan ya todos enfrascados en los prolegómenos de la nueva cita con las urnas del próximo 10N. Otra berrea electoral de incierto pero probable resultado mimético con la anterior, y que va a traer de cabeza a gurús demoscópicos, politólogos, tertuliano, mass media y poderes económicos. Y lo fundamental, también (los he dejado para el final) a los sufridos, ejemplares y pacientes votantes.

Una coyuntura que ha provocado más frustración y desencanto, cuando no franco cabreo, entre el electorado “progresista” derivado del lamentable desencuentro protagonizado por sus ególatras líderes. Lo que contrasta con el táctico pragmatismo del bloque llamémosle… retrógrado. Más compactado (como los hechos van demostrando) en sus intereses a pesar de la aparente fragmentación partidista que no ideológica.

Los tres procesos electorales previos (sobre todo el 28A) han dejado entre los ciudadanos progresistas (un socorrido eufemismo de amplio espectro ideológico) en este caso de izquierdas, una sensación de malestar democrático. De frustración ante la actitud de sus líderes enrocados en posiciones personalistas e inamovibles.

Tras abrir las urnas en tres ocasiones, en la última, quedaron en el fondo de aquellas los posos del mensaje que Sánchez e Iglesias, no supieron (sería preocupante) o se negaron (lo más grave) a interpretar correctamente. El bipartidismo hoy por hoy en horas bajas y en una pugna en el seno pluripartidista actual, aunque quizás en el futuro apunte al alza, no ha recuperado pero lo intenta, su protagonismo dominante previo.

Una circunstancia que obliga y hace imprescindible el pacto y el acuerdo entre “distintos” que lo son pero solo en apariencia. Una mandato electoral que el bloque de derechas que se autoproclama como constitucionalista (un provocador eufemismo mientras albergue en su seno a Vox) está cumpliendo desde hace tiempo a rajatabla. Lo que contrasta con la actitud del bloque progresista (un manso eufemismo de la izquierda socialdemócrata) reticente sobre todo a nivel nacional al pacto PSOE- UP.

El ejercicio de la política exige de valores y actitudes no siempre presentes en el juego democrático. Quizás entre todos ellos, el de la credibilidad sea imprescindible o… debiera serlo. Sin credibilidad no puede haber confianza y sin esta es imposible un consenso razonable, cívico y honesto. La única salida del laberinto multipartidista en que andamos perdidos.

Pero la credibilidad de un discurso y proyecto políticos se evidencia a posteriori y a lo largo del tiempo. Solo tras objetivar el grado de concordancia y coherencia entre lo dicho o prometido y lo hecho o incumplido, podremos juzgar el grado de credibilidad de nuestros políticos; y si son acreedores de la confianza que nos reclaman periódicamente en las urnas.

Lamentablemente, la credibilidad y congruencia de muchos de nuestros políticos está bajo mínimos tras el inacabable baile de máscaras electoral que venimos padeciendo.

Las semiverdades cuando no mentiras reiteradas, las intoxicaciones en las redes sociales, los incumplimientos programáticos, las improvisaciones mediáticas carentes del mínimo rigor, los contorsionismos ideológicos realizados sin pudor, las burdas gracietas despojadas del mínimo humor inteligente, los eufemismos de un metalenguajes político degradante, las provocaciones e insultos hacia el enemigo que no adversario y como no, la corrupción que no cesa, siguen agostando el ya precario panorama político español.

Un fenómeno extensible a otros países, pero que no debiera servirnos de consuelo. La degradación iliberal de la democracia está situando a estos en territorios aledaños con el neofascismo. El pacto social edificado tras la catástrofe de las dos guerras mundiales, hoy roto, esta dando paso a un proceso de “descivilización” programado desde un modelo ideológico aberrante político y económico como es el neoliberalismo.

Ante este panorama desolador, los ciudadanos españoles, el 10N próximo, hemos sido reclamados de nuevo a las urnas. Lo que quizás ese día el cuerpo nos pida a muchos, sea quedarnos en casa vivaqueando en el sofá ociosamente como medida de castigo a nuestros representantes. Pero no nos engañemos, de hacerlo, los castigados seríamos nosotros mismos. ¿seremos tan masoquistas?

No debiéramos olvidar, que muchos ciudadanos merecedores de nuestro respeto y solidaridad, desde hace mas de una década han sufrido (lo siguen haciendo) con una dignidad y resistencia pacífica encomiables las consecuencias brutales de una crisis igualmente brutal e interminable, provocada por los que hoy por hoy se siguen beneficiando de aquella a costa de los perdedores.

No podemos plantear el 10N como una moción de censura a la credibilidad de nuestra clase política. Probablemente de abstenernos, los votantes progresistas (me gustaría creer que no todos obligatoriamente de izquierdas) ganaríamos de calle. Pero sería una victoria pírrica que entregaría el poder a los camaleónicos y cínicos representantes de la religiosa y acrítica parroquia de la derecha.

Hay que votar el 10N tapándonos la nariz si es preciso. No hacerlo sería injustificable e indefendible democráticamente. Solo que antes de votar, reflexionemos detenida y serenamente valorando el grado de credibilidad y congruencia exhibida en su evolución por nuestros políticos.

No todos son honestos, tampoco todos se mantienen siempre impolutos e inmaculados ¿un imposible? en el ejercicio en ocasiones despiadado de la actividad política, donde en ocasiones, flirtean con la ética de la responsabilidad renunciando por un necesario pragmatismo y como mal menor a la ética de la convicción.

Tampoco quizás sean siempre creíbles y congruentes su discurso y sus políticas. De acuerdo, pero tampoco son todos iguales. No todos, dicen y… hacen… lo mismo. Incluso en ocasiones, la credibilidad del discurso y la congruencia con el mismo (caso de Vox) de ser el primero aberrante, son más peligrosos que las pequeñas grietas en la credibilidad y congruencia de discursos imperfectos pero más democráticos y razonables.

Pero lo que debiera ser siempre inexcusable es la exigencia de honestidad en el ejercicio político, y de la verdad en situaciones que, aunque difíciles de explicar, no tienen por qué ser incomprensibles, ni tampoco incomprendidas o inaceptables por los ciudadanos.

Y una exigencia final: que no banalicen nuestra inteligencia. Es preferible reconocer un error puntual o servidumbres en ocasiones insoslayables, antes que intentar ocultar aquél, o recurrir a argumentos y subterfugios ridículos por pueriles para justificar estas. Sencilla y llanamente que no nos mientan. Que no nos traten, porque no lo somos, como a niños.

Amador Ramos Martos es socio de infoLibre

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