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'Pecunia non olet'

Jesús María Frades Payo

“El dinero no huele” es el significado de esa conocida expresión latina del título que, según cuenta Suetonio, Tito le dijo a su padre, el emperador romano Vespasiano, cuando este le acercó una moneda y le espetó la pregunta de a qué le olía tras recriminarle su hijo que había creado un impuesto a la utilización de la orina de las letrinas. Entre otros, mi admirado Sánchez Ferlosio cuenta este hecho, y obviamente con mejor pluma, en el suculento libro de ensayos titulado Non Olet. En esta locución no se trata del dinero que calificamos aquí como negro y, por ejemplo, en Francia como sucio, para el que hay bancos, construcciones y otros garitos hasta hisopados que brindan gentilmente su blanqueo o lavado. Solamente se refiere, y a ello dedico el artículo, al conseguido con la gestión de materiales residuales que generalmente huelen, cuando no hieden.

Lo que es un residuo orgánico humano, la orina, ya tenía aplicación por su composición en diversas actividades industriales, como el lavado de ropa o la curtiduría, esta, conocida por otras civilizaciones anteriores a la romana. Como curiosidad le diré que el francés cuenta con la palabra vespasienne para denominar a esas cabinas usadas para urinarios públicos hasta los 90, en que se reemplazaron por las de mantenimiento automático. 

Ha venido a mi memoria este chorro de riqueza tras leer hace unos quince días la noticia de la desarticulación de una red de tráfico de residuos plásticos. Dicho así, y de tal manera figuraba en el titular, se trataría de una actividad normal de transporte, y que se realiza diariamente en todo el mundo. Pero el artículo contenía la información de que una organización criminal había exportado ilegalmente, en 2 años, a varios países de Asia, 16.000 toneladas de esos residuos contaminados procedentes en su mayor parte de la agricultura, y con los que se habían embolsado 15 millones de euros. 

Los países despilfarradores del primer mundo, para no verlo muy inmundo, hemos utilizado al continente asiático para los plásticos como gran contenedor amarillo, fundamentalmente a China. Aclaro que todo parecido con mi mordacidad por la sinonimia entre continente y contenido es pura coincidencia. No hay que ser muy despierto para ver que esa nación despertó, como Napoleón vaticinó, y que aún está desayunando, vorazmente y un desayuno intercontinental, deglutiendo productos naturales desde metales a carne, y plásticos, todo tipo de materias primas que necesita, pero dejó de hacer el primo en 2018 al coscarse de que le estábamos endilgando desde Europa y EEUU muchos plásticos contaminados con residuos incluso tóxicos (pesticidas, fertilizantes, etc.) que dificultaban o impedían su reciclado, y prohibió la importación. Pero el hambre agudiza el ingenio también al mafioso y así lo que se hizo fue derivarlo a otros países próximos en los que se tratan en plantas ilegales, lógicamente en las peores condiciones posibles para todos y todo, vendiendo luego a China lo que se haya podido adecentar. El lector quizá esté pensando que por qué esos otros receptores no cierran sus fronteras, y no tengo más respuesta que decir que sus autoridades califican de falsas estas irregularidades. Esperaremos.

A diferencia del falso dilema del huevo y la gallina, en este tema puede ser primero lo que apesta y en otras ocasiones la pasta, según se genere el “negocio” o simplemente se capte para dominarlo. Recordemos que Al Capone no inventó el comercio del alcohol y que por la Prohibición, más gracias al plomo gris que a la materia gris, se forró.

 En El País Semanal, Iñigo Domínguez relató que, ya en los 80, la Camorra creó empresas para tratamiento de residuos peligrosos que no fueron más que maltrato al medioambiente pues casi hasta los guas que hacían los niños para jugar a las canicas les servían como hoyos para enterrar la basura. Los baches de las carreteras no los llenaban ¡porque ya había residuos en alguna autopista!: se habían llevado su tajada de comisión en la adjudicación y luego participado con subcontratas, deshaciéndose de esos venenos por enterramiento, inventando lo que llamo la “zahorra de la Camorra”. Algunos de esos clanes exportaron su I+D criminal a otras zonas donde había industrias que necesitaban sus inestimables servicios y políticos, técnicos de la Administración, inspectores que con un sobre tenían de sobra para mirar hacia otro lado.

Así mismo hemos podido leer en más de una ocasión que las adjudicaciones de la simple recogida de residuos sólidos urbanos también la han “conseguido famiglias” de la Mafia en varias ciudades italianas. Sin haber pasado de llevar mis bolsas al contenedor, ya intuyo que esas recogidas huelen mal. En 2007, el Tribunal de Justicia de la UE paralizó 4 incineradoras en Palermo que tres años antes le fueron adjudicadas a un consorcio que bien pudo llamarse Padrinos sin Fronteras y en el que se pringó hasta el presidente de Sicilia; ya sabemos que en cualquier familia se goza de una parte que se califica de política, y a veces echa una mano con lo que sea, y que por su ahijado, el padrino renuncia a todas las obras, pero se refiere solamente a las de Satanás.

Ignoro la situación en nuestro país al respecto, pero mucho me temo que también en esto haya casos similares aunque sin italianos, como vaticinó Felipe González para el Parlamento español. Algún suceso apuntó a ello, como el incendio en 2016 de un almacén controlado (sic) de neumáticos usados y en el que en sus 10 ha ardieron más de 4,5 millones de neumáticos ya abandonados en Seseña, ocupando terrenos de Madrid y de Castilla-La Mancha, prácticamente colindantes con la Tierra Prometida del Pocero. A la empresa emprendedora (pero no prendedora) con solo 4 empleados se le fue de las manos, y se declaró ilegal el cementerio en 2003. Luego otra tomó el relevo, pero parece que solo con luces para la acumulación de gomas y dinero porque siguió sin haber ni siquiera luz eléctrica en las instalaciones hasta 2014, de manera que se ilegalizó definitivamente en 2015. Las dos administraciones regionales y el Ministerio de Medio Ambiente estaban intentando acordar algo pero unos por otros y la casa sin barrer; debió ser “providencial” esa desaparición del caucho, y quizá les haría pensar en lo de que muerto el perro se acabó la rabia, cosa que no hay que ser albéitar para saber que no es cierto.

A quien haya llegado hasta aquí le cuento, al margen y nada más que por avivar su curiosidad, que actualmente hay un negocio floreciente, y lo traigo a colación por Vespasiano, de venta de urea para muchos vehículos si bien no para las vespas ni similares, aunque el único impuesto que la grava es el consabido IVA. En la orina humana hay aproximadamente unos 20 g/l de urea. Podría servir y sería igual de inodora, pero de las aguas menores no la consiguen. Desde 2014 entró en vigor la Euro 6 que regula la emisión de los NOx en los motores diésel. Algunos vehículos necesitan para eso un aditivo, y es dicha sustancia. La marca más conocida en nuestro mercado es el AdBlue, una disolución incolora de urea a pesar del nombre, con el cual se le ha bautizado de manera arbitraria, según me informó la empresa fabricante.

Más ejemplos que los expuestos contienen los legajos en los juzgados, aunque menos que las hemerotecas, físicas y virtuales, siempre virtuosas para la memoria. En cualquier caso, se ve que el dinero no huele, pero algunos lo huelen.

Jesús María Frades Payo es socio de infoLibre

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