Política y generosidad

Mariano Velasco Lizcano

Quizá una de las pocas cosas comunes que los españoles comenzamos a tener en cuestiones de política sea la profunda desafección que nos provocan los políticos; un desapego que podría reflejarse en un amplio arco que oscilaría entre el asco y la repugnancia en un extremo, hasta la indiferencia y la distancia en el otro. Porque a la postre y al parecer de una gran parte de la masa social: "Todos son iguales" —decimos con demasiada asiduidad—, y eso aún en el caso de situarnos en el arco extremo de la mejor acepción.

Lo que nos llevaría a preguntarnos el porqué de que hayamos llegado a tan mala opinión. Y no han de faltar los doctos analistas que desde argüir que la poca solera democrática —cuarenta y pocos años de democracia apenas es un suspiro en la historia del país—, la falta de cultura política, junto con un sistema de partidos que consolidó la primacía del bipartidismo —con lo que ello conllevó de ejercicio omnímodo del poder, falta de democracia interna y autocrítica—; todo ello en conjunto, serían los elementos esenciales que hicieron posible la idea de que todo está bien, y que aquellos que no toleran estas prácticas, sería porque están contra del sistema o son elementos marginales que se sitúan frente a él.

Lo que nos conduce, a posteriori y como colofón, a clamar por una supuesta regeneración democrática que obvia el hecho de que con ello lo que aceptamos es que "sabemos que hay corrupción y que algunos políticos son corruptos, pero no es la tónica general". Esto es, parece como si fueran cosas inevitables que llegadas a determinado nivel habría que corregir, pero poco más porque en esencia "Todo va bien". Y con esas convicciones, los políticos siguen instalados en sus propias verdades sin que parezca importarles la crisis de Estado que atravesamos, ni los efectos de sus políticas económicas y sociales, ni los no menos graves de la inestabilidad y falta de credibilidad en un sistema político que resulta incapaz de entenderse y agruparse ante un programa de Estado idóneo, no ya para regenerar a los degenerados, sino de mandarlos al limbo de donde deben estar —fuera de las instituciones y de la vida política, al menos en los próximos años—, para ser capaces de coincidir en un nuevo modelo apto para conciliar política y economía por encima de siglas y de ideologías.

Porque en estos momentos a la gran masa social nos ha de bastar, ¡qué remedio!, con ser y sentirnos demócratas, ciudadanos libres no sólo respetuosos con la ley, sino preparados para actuar en aquellos resquicios donde la ley no alcanza; capaces de mostrar y exigir decoro y dignidad, de comprender y actuar frente a tanta indecencia e injusticia como están creando las últimas políticas; tanto las conservadoras de la austeridad implementadas en la legislatura anterior, como las posteriores de la pandemia, la guerra, y la crisis actual. Unas políticas que, a corto plazo, sólo han conseguido aumentar las diferencias sociales e incrementar enormemente la exclusión social.

Comprendo que las políticas económicas no son mera decisión de un Gobierno, cualquiera que sea su signo político; que están embridadas por el contexto geopolítico y económico —en nuestro caso el occidental—, y que ello nos condiciona hasta el punto de tener que incrementar los gastos militares en los futuros Presupuestos Generales del Estado, con el único fin de lucrar a la industria armamentística, especialmente a la americana. ¡Lastres por pagar!

Pero, mientras tanto, la clase media se difumina descendiendo a los más bajos escalones de su capacidad económica; la clase baja ha pasado a situarse en el limbo de la exclusión social; mientras las clases altas, en sus diferentes niveles, se separan cada día más del grueso de la población, ahondando con ello una fractura que ya adquiere tintes de auténtica catástrofe social.

Así que debería bastarnos ya. Estamos en un momento político que requiere pactos, un acuerdo de gobernabilidad por encima de limitaciones ideológicas, pasiones y rencores personales. Y ese acuerdo cabe y puede ampliarse de forma incluyente al objeto de afrontar los grandes retos constitucionales, económicos y territoriales que vamos a tener que salvar. Y eso es posible, ciertamente. Sólo hace falta un poco de cordura, sentido de Estado y altura intelectual.

Estamos en un momento político que requiere pactos, un acuerdo de gobernabilidad por encima de limitaciones ideológicas, pasiones y rencores personales.

Y si ha de sacrificarse en ello algún ego personal, pues ahí es donde radicaría aquello de la ética y la moralidad en las vocaciones de servicio público. Aunque a estas alturas pienso que hay tan pocos políticos capaces de ceder, dialogar y pactar, que no sé, no sé, si al final, ni tan siquiera lo van a intentar.

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Mariano Velasco Lizcano es socio de infoLibre.

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