Populismo versus democracia

Annabella Martínez Calvo

Las guerras pueden y, de hecho lo hacen, destruir una democracia, al tiempo que los periodos de paz coadyuvan a la restauración o construcción de esta, dicho lo cual a priori, surgen dudas: ¿es posible encontrar explicación a los vaivenes de las democracias a nivel global? ¿A los flujos y reflujos que en la actualidad las están circundando? La política mundial en general cada vez se mueve más acompasada por factores endógenos y exógenos que, en vez de interactuar entre ellos en pos de armonizar, lo que hacen es repelerse. Resulta obvio que la democracia, per se, ya cuenta con una serie de elementos endógenos que posibilitan ciertas debilidades, abriendo la puerta a factores exógenos que siempre resultan peligrosos cuanto menos.

En los últimos años, estos han ido in crescendo con la connivencia de importantes sectores de las sociedades en su conjunto, propiciando a otros muchos espectros de la ciudadanía una serie de herramientas destinadas a socavar principios fundamentales que rigen en toda democracia.

En puridad, este es uno de los mayores desafíos a los que se está enfrentando la democracia a principios de este siglo XXI. Cierto que los riesgos que pueden atenazar a las democracias, o en sí misma a la Democracia como elemento cohesionador de un sistema político concreto, no es nada nuevo, ergo nunca desde la IIGM estas habían estado tan cerca del abismo.

Dos son las variables exógenas que pueden ejercer una fuerza tal capaz de destruir la democracia. De un lado, el aumento del autoritarismo, y de otro, las malas actuaciones de la clase política, que en muchas ocasiones resultan determinantes en ese alejamiento de la ciudadanía hacia la misma.

Cuando hablamos de autoritarismo, no hacemos referencia a un sistema político dado, sino a una forma de adormecer una democracia a través de distintas vías, como la económica, junto a una incesante cascada mediática e intelectual, contando con los recursos y medios suficientes como para vapulear de manera constante y precisa el sistema democrático imperante. En ese momento, cabría plantearse una serie de interrogantes tales como: ¿Qué se necesita para desbaratar una democracia? ¿Cómo se pueden fracturar estas, al margen de la existencia de una guerra?  ¿Pueden llegar a ser sus ciudadanos cómplices de tal hecho? ¿Sigue teniendo futuro la democracia como el mejor de los regímenes conocidos hasta el momento?

Observamos la ausencia total de violencia (stricto sensu), las balas ahora son sustituidas por esos discursos carentes de toda verdad cuya base principal es la manipulación de una narración extraída de una realidad no existente

Desentrañar tales cuestiones podría ser objeto de una amplia tesis, por ello con el objeto de sintetizar las respuestas se puede aseverar en primer término que, hoy por hoy y bajo una serie de condiciones que están constriñendo la democracia liberal, esta se encuentra seriamente amenazada y, lo que es más, podríamos inferir que en fuerte recesión.

Hay que apuntar que, al margen de una serie de cuidados que se deben tener en cuenta para mantener una buena salud democrática, además se requieren acciones firmes, y una estricta observancia. La aparición de líderes autoritarios, la repetición constante de una serie de mantras tales como "gobierno ilegitimo", "golpe de Estado contra la democracia", "a los inmigrantes se les trata mejor que a la población autóctona" o "quieren dividir el país" son algunos ejemplos de lo anterior.

Todo lo cual va encaminado de manera férrea a producir una erosión no sólo en los gobiernos de turno sino, y de manera indirecta, al propio "sistema democrático".

Acoso y hostigamiento que en muchas de las ocasiones se lleva desde dentro del propio Estado, debilitando y degradando las instituciones. Construir un discurso bajo el relato de la posverdad es una de las estrategias más utilizadas en los últimos años, sobre todo por la extrema derecha. Erigir escenarios faltos de realidad, pero recubiertos con dosis de populismo capaces de llegar a comunidades carentes de cultura política y desapego al sistema, está resultando una vía por la que se están colando de manera sibilina narrativas como las de Trump en EE UU o Viktor Orbán en Hungría.

Dentro de todo este entramado, observamos, la ausencia total de violencia stricto sensu, las balas ahora son sustituidas por esos discursos carentes de toda verdad cuya base principal es la manipulación de una narración extraída de una realidad no existente. Es el denominado nacionalismo populista en estado puro.

El gran peligro de estos populismos nacionalistas se basa en la forma en que van a actuar sus líderes cuando estos consiguen entrar dentro de las instituciones, provocando lo que algunos autores han denominado "política del pánico". Esta se fundamenta sobre varios ítems, una continua degradación de la mujer, aludiendo no solo a una sobrevaloración de la misma, sino reconduciéndola hacia un rol muy determinado: mujer, madre y esposa, aquí queda patente una fuerte misoginia de estos partidos hacia la mujer, recortar cuando no eliminar derechos civiles ya solidificados en la sociedad sería otro de los puntales de los discursos del miedo, y un ataque sistemático a las minorías, aludiendo a las mismas como las mayores causantes de todos los grandes males que acechan a la sociedad de un país. Toda esta retórica la envuelven con un tono bronco, distante y carente de empatía alguna, buscando con su mensaje la cercanía de un auditorio simple y mal informado. Discursos que se sustentan con el apoyo de las redes sociales, canales perfectos para el exabrupto, la descalificación y la grandilocuencia. Mensajes iliberales repletos de grandes dosis de una ideología insuflada de supuestos valores, y lo que es peor, estos discursos llegan a calar de manera férrea entre grandes sectores de la población más joven, que no considera la democracia como un sistema que les beneficie, de ahí que se dejen encantar por la plaga de los populismos.

Ante tanto pesimismo, hay que aseverar que salvaguardar la democracia y con ella sus valores es una tarea que compete no sólo a la clase política sino a toda la ciudadanía en su conjunto, pero ¿están los ciudadanos dispuestos a enfrentar tal batalla?

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Annabella Martínez Calvo es socia de infoLibre

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