Demasiado tiempo mirando hacia otro lado

Joaquim Canadell Casanova

Preludio

Hemos vivido demasiado tiempo convencidos de que el mundo se ordenaba solo, de que el progreso era una inercia inevitable y de que el bienestar, una vez alcanzado, quedaba garantizado para siempre. Nos lo creímos porque nos convenía. Porque mirar hacia otro lado es más cómodo que asumir responsabilidades, y porque la comodidad anestesia la conciencia.

El llamado “Mundo Occidental” ha construido su prosperidad levantando muros invisibles: muros frente a los países empobrecidos, frente a los nuevos bloques emergentes, frente a los excluidos que viven entre nosotros y a los que hemos aprendido a no ver. Pasan a nuestro lado como si fueran transparentes. Existen, pero no cuentan. Sobreviven, pero no participan. Y, sin embargo, son muchos. Demasiados.

Este largo tiempo de ceguera moral tiene consecuencias. Cuando una sociedad renuncia a mirar de frente la desigualdad, otros miran por ella… y señalan falsos culpables. Así, sin apenas esfuerzo, los populismos autoritarios convencen a los más vulnerables de que ellos son la solución, cuando en realidad son la condena.

Cambiar el mundo empieza en casa

Para cambiar el mundo no hacen falta grandes gestos épicos, ni viajes simbólicos, ni flotillas mediáticas. El mundo se cambia en casa. Se cambia desde lo cercano, en círculos concéntricos que se amplían: del individuo al barrio, del barrio al municipio, del municipio a la sociedad entera. No es cierto que no podamos hacer nada. Todos podemos hacer algo. Mucho, poco o poquísimo. Pero todo cuenta.

El verdadero cambio no vendrá de un acto aislado, sino de la suma persistente de acciones cotidianas y compromisos colectivos mantenidos en el tiempo.

Pequeñas acciones que no son pequeñas

  • Escuchar, de verdad, sin preparar la respuesta mientras el otro habla.
  • No despreciar la memoria de nuestros mayores. Aunque algunos lo nieguen, Franco existió, fue un asesino y bajo su régimen solo vivieron bien sus acólitos. La desmemoria no es neutral: siempre beneficia al verdugo.
  • Crear redes de solidaridad con quienes más lo necesitan, no como caridad puntual, sino como compromiso estable.
  • Abrir espacios de memoria en centros sociales, cívicos y culturales. Sin memoria no hay ciudadanía crítica.
  • Fomentar la lectura y el arte, porque donde hay cultura hay pensamiento, y donde hay pensamiento hay resistencia.
  • Movilizarse en las luchas sectoriales y volver a ocupar calles y plazas. Las protestas invisibles no incomodan a nadie y, por tanto, no cambian nada.
  • Discutir con firmeza sin despreciar, defendiendo nuestras ideas sin deshumanizar al adversario.
  • Exigir respeto y no caer en provocaciones, porque la violencia verbal es el terreno favorito del autoritarismo.
  • Limitar el uso de las redes, tanto en niños como en jóvenes y adultos. No todo progreso tecnológico es progreso humano.
  • Informarse a través de medios solventes. Todos sabemos cuáles lo son; ninguno se llama Instagram, X o TikTok.
  • Acompañar a hijos y nietos en sus tareas escolares y en el conocimiento de la historia, porque nadie nace demócrata: se aprende.

Porque sin empatía no hay política democrática, solo confrontación estéril. Y sin humanidad no hay proyecto colectivo que merezca la pena

Acciones colectivas y políticas

Las acciones individuales son imprescindibles, pero insuficientes si no se acompañan de cambios estructurales.

  • Unir esfuerzos con otros demócratas, aunque militen en corrientes distintas. La pluralidad no debe ser excusa para la impotencia.
  • Exigir una reforma constitucional que permita a cada ciudadano conocer a su representante parlamentario, controlarlo y exigirle coherencia. Los representantes deben responder ante sus votantes, no ante las direcciones de partido.
  • Reclamar generosidad a las fuerzas democráticas y de izquierda, para construir plataformas unitarias que eviten la dispersión del voto. El adversario ya lo hace, y por eso gana.
  • Exigir la expulsión de corruptos, tramposos y prepotentes de las listas electorales. La ejemplaridad no es opcional.
  • Vigilar que la política no se convierta en un medio para obtener prebendas, sino en un servicio público.
  • Mantener el compromiso más allá de las elecciones. La democracia no florece una vez cada cuatro años; se cuida todos los días.

Y, sobre todo, empatizar.

Empatizar con quienes sufren.

Empatizar con quienes dudan.

Empatizar incluso con los adversarios, sin renunciar a combatir sus ideas cuando son injustas o peligrosas.

Porque sin empatía no hay política democrática, solo confrontación estéril. Y sin humanidad no hay proyecto colectivo que merezca la pena.

Hemos vivido demasiado tiempo mirando hacia otro lado.

Ahora ya no podemos decir que no sabíamos.

Y cuando se sabe, la inacción deja de ser ignorancia y pasa a ser responsabilidad.

Algo tendremos que hacer.

Y hacerlo, esta vez, con conciencia, constancia y dignidad.

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Joaquim Canadell Casanova es socio de infoLibre.

Preludio

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