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Víctimas sin descanso

Gonzalo de Miguel Renedo

Dos hermanos míos fallecieron en el Himalaya, hace ya casi treinta años, víctimas de un alud. Desde que mi familia conoció su pérdida en aquella remota tierra no ha pasado un día sin que pensáramos en reencontrarnos con ellos. Nunca fue nuestra intención repatriar sus restos, solo buscábamos fijar en nuestra memoria un lugar al que aferrar nuestro recuerdo. Lo encontramos en una piedra, en una enorme piedra que nos indicaron unos valerosos alemanes que rescataron sus cuerpos. Una hazaña harto difícil en montaña y más en altitud. Pocos hombres y mujeres hay capaces de arriesgar sus vidas por recuperar los cadáveres de unos desconocidos y darles una sepultura digna, lejos de aludes, seguramente pensando en la visita futura de sus familiares. Tal heroicidad se cumplió con mis hermanos, lo que no resulta habitual a más de seis mil metros, donde te quedas donde caes. El 15 de octubre de 2016, por fin, se produjo el reencuentro.

Traigo a colación esta experiencia personal por esa vieja cuenta pendiente que tiene este país nuestro con los asesinados por la represión franquista, esos cientos de miles de víctimas del odio sectario, que siembran cunetas y parajes dispersos por nuestro territorio. Precisamente porque sé lo que se sufre con la imposibilidad de llegar hasta ellos, se me ponen los pelos de punta ante semejante canallada, y más cuando compruebas que tal injusticia continúa sin reparación por no sé qué estúpidas razones de no querer abrir viejas heridas. Al principio de la democracia porque era muy pronto, y ahora porque es muy tarde, la vergüenza sin barrer. Se trata de desenterrar personas injustamente asesinadas para que sus seres queridos puedan cerrar su círculo emocional, no de exhumar causas contra sus asesinos. Reconozco que la muerte de mis hermanos por accidente, dentro de la desgracia, resulta más fácil de encajar que la acaecida por obra de la maldad humana, como es el caso de las víctimas de las cunetas. Y por esto mismo, merece mucha mayor atención y cuidado. España es el segundo país del mundo, después de Camboya, en personas desaparecidas por la violencia. Cuesta creerlo pero es así. Pero hay una diferencia con el país asiático, una diferencia que nos envilece aun más: en España mantenemos en pie un monumento monstruoso en homenaje del autor intelectual de aquella matanza indiscriminada. Si no somos siquiera capaces de extirpar ese apéndice cruzado de la vergüenza, cómo esperar que se haga justicia a los mandados asesinar por el verdugo que yace plácidamente en su mausoleo. Puedo entender que la familia de Franco no desee sus despojos, pero los de sus víctimas han expresado su deseo inequívoco de recuperarlos. Ayudémosles.

A mi familia le costó importantes esfuerzos físicos y materiales alcanzar su objetivo y ni siquiera pudimos hacerlo todos. 27 años tardamos en llevar flores al lugar en que reposaban sus cuerpos, cuatro expediciones invertidas en localizar un túmulo ya vacío, pues si alguna huella podría haber quedado, la avalancha gigantesca proveniente del Pumori, causada por el terremoto de 2015 y que sembró el terror en el campamento base del Everest con decenas de muertos, se encargó de borrarla. Sabemos bien que volver a visitar a nuestros muertos es misión imposible o casi. Solo nos queda el vídeo del trayecto final hasta su tumba, una tumba con sabor a cima, un trayecto soñado que nunca más volveremos a andar. A veces pienso que sin esa intervención milagrosa de los alemanes, sin esa ubicación en el mapa, como si de un tesoro se tratara, nunca se habría encendido en nosotros ese deseo profundo de visitar aquella morrena apartada del glaciar, más parecida a Marte que a este planeta.

Pero lo cierto es que no hay que irse al fin del mundo para comprobar que las dificultades para hallar a familiares desaparecidos no son patrimonio exclusivo de familias marcadas por tragedias en tierras lejanas. Los familiares de las víctimas de Franco llevan sin descansar 80 años. Aparentemente no hay razones objetivas que lo justifiquen. Pero las hay. En España los obstáculos civiles y administrativos para localizar y exhumar a las víctimas del franquismo constituyen pilares rocosos y espolones verticales más insalvables que los que puedan encontrarse en las cordilleras más altas del mundo. Quiero decir que somos un país indigno que no facilita a sus ciudadanos y ciudadanas reencontrarse con sus seres más queridos, padres, madres, hermanos, hermanas, abuelos, abuelas, tíos, tías, primos, primas, desaparecidos violentamente. Que si nosotros nos topamos allá lejos, en Nepal, en el país más pobre del mundo, con los elementos naturales como principales rivales, aquí, en el mundo rico, los familiares de los desaparecidos, pero hallados, chocan con elementos mucho más ciegos e irracionales que los meteoros. Los familiares de las víctimas de Franco se dan de bruces con la incomprensión de un Estado cobarde, incapaz de razonar y de actuar con un mínimo de humanidad. Necesitamos más que nunca un gobierno que permita y colabore de manera activa en la recuperación de los cientos de miles de muertos desperdigados por España, y de paso, que se acabe con esa infamia que representa el Valle de los Caídos, símbolo viviente del dictador que aherrojó a este país durante cuarenta años. Parece que el Gobierno de Sánchez ha anunciado dar pasos en la buena dirección. Ojalá culmine su tarea y permita el descanso eterno del avergonzado pueblo español, y en especial, de los familiares de las víctimas de Franco. ____________

Gonzalo de Miguel Renedo es socio de infoLibre

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