Centenario de un Nobel

La amnesia cultural española se llama José Echegaray

La amnesia cultural española se llama José Echegaray

Pocas trayectorias culturales abarcaron tantas facetas, tocaron tantas teclas distintas, obtuvieron tanto éxito de público y lograron tanto reconocimiento internacional como la de este genio madrileño nacido en 1832 y fallecido en 1916 en la capital de España. No obstante, el recuerdo de José Echegaray apenas perdura en algunas calles de segundo orden, en párrafos sueltos en libros de Lengua y Literatura del Bachillerato y en los estudios de algunos expertos en la cultura y la política de la segunda mitad del XIX. Quizá los ciudadanos más veteranos todavía reparen hoy en que su cabeza calva, su mostacho blanco en punta y su perilla ilustraron, durante años, los billetes de 1.000 pesetas hasta la llegada del euro.

Pero poco más sabe el gran público de uno de los contados españoles que ha merecido el galardón de la Academia sueca. El Ateneo de Madrid, una institución que Echegaray presidió en los años del desastre de 1898, organiza ahora un ciclo de homenaje en el centenario de su muerte que incluye conciertos, lecturas dramatizadas y conferencias y se prolongará entre el 14 de septiembre y el 4 de octubre. Un intento del Ateneo de combatir el olvido, ese pecado de amnesia tan arraigado en nuestro país.

Sus contemporáneos de la luego famosa generación del 98 (Azorín, Valle-Inclán, Baroja…) arremetieron contra Echegaray e impidieron en parte que su legado tan poliédrico se proyectara hacia el futuro. Aquellos popes, entusiasmados con las nuevas corrientes literarias, descalificaron a Echegaray por mediocre y anticuado y llegaron incluso a sostener que no merecía el premio Nobel. Es bien cierto que este galardón no concitaba entonces el prestigio posterior, pero en cualquier caso Echegaray fue distinguido con el Nobel porque su teatro de un Romanticismo tardío se representaba en su época en las mejores salas de Berlín, de París o de Estocolmo. De este modo, las traducciones a varios idiomas, algo inusual en aquellos tiempos, de piezas como El gran Galeoto, O locura o santidad y otras de su extensa producción allanaron el camino del Nobel para Echegaray que, por otra parte, fue un dramaturgo muy popular que llenaba las salas en España. Una vez más, en una larga nómina histórica, Echegaray brinda el ejemplo de un intelectual español con éxito de público y con proyección internacional que, por contra, fue despreciado por la crítica y las élites de su tiempo.

Alejandro Díaz Torres, coordinador de los actos del centenario, ha admitido que los ataques de los escritores del 98, unidos a la falta de conocimiento sobre la historia reciente de España explicarían que Echegaray sea en la actualidad un personaje bastante desconocido en comparación con su talla como intelectual y político. “No fue un literato elitista, pero sí popular”, agrega el coordinador. Quizás también el hecho de que se dedicara a disciplinas tan variadas haya jugado en su contra. El historiador de la ciencia y miembro de la RAE, José Manuel Sánchez Ron, ha calificado a Echegaray como “una figura entre dos aguas, un genio entre las Ciencias y las Humanidades”. En definitiva, una rara avis. En contraste con el desprecio que le profesaron los santones del 98, Echegaray fue y es todavía hoy reconocido como el mejor matemático español del siglo XIX y como un reputado economista. Este brillante currículo como técnico, que se ampliaba a su titulación como ingeniero de Caminos, estuvo en el origen de los importantes cargos políticos que desempeñó este premio Nobel.

“Echegaray se mostró siempre reticente”, señala Díaz Torres, “a entrar en política, pero su vinculación con los temas económicos lo llevó a ser ministro de Hacienda en dos periodos y en uno de ellos, en 1874, Echegaray otorgó categoría de banco nacional al Banco de España, una condición que llevaba aparejada el monopolio de emisión de billetes”. Echegaray fue muy longevo para su época (vivió 84 años) y transitó desde su fervor por la Primera República (1873-1874) en el partido de Ruiz Zorrilla, cuando llegó a ocupar las carteras de Fomento y de Hacienda; hasta su moderado liberalismo con la monarquía de Alfonso XIII en la que volvió a ser ministro de Hacienda en 1905.

Es posible también que esta evolución política haya obrado como efecto bumerán sobre un Echegaray inclasificable, tanto en su faceta cultural como en la política. Tal vez sus colegas de la literatura tampoco le perdonaran, en un mundillo tan cainita, que se enriqueciera con sus obras de teatro, que acrecentaron sus modestos ingresos como profesor y funcionario. La guionista de radio Ana Vega Toscano o el arquitecto Fernando Ibáñez, organizadores también de los actos del centenario, han resaltado que la auténtica pasión del poliédrico José Echegaray fue el teatro.

Pero el teatro de aquel Nobel de Literatura no ha resistido el paso del tiempo y las piezas de Echegaray apenas se han representado en España en las últimas décadas. “Echegaray escribió un teatro de romanticismo tardío, de amores prohibidos, celos y pasiones sentimentales”, comenta Vega Toscano, “que dio paso más tarde a un realismo de autores como Ibsen, que se impuso en toda Europa. Aquel estilo ya en declive del romanticismo sirvió de base para las críticas de las vanguardias rupturistas del 98. No obstante, es justo defender hoy que el éxito internacional, en su tiempo, de los dramas de Echegaray demostró que sus personajes encarnaban dramas universales.” A juicio de Díaz Torres, “las vanguardias de comienzos del siglo XX trataron de sepultar o, al menos, de relegar a un segundo plano a las corrientes artísticas anteriores”.

El pasado miércoles, un día antes de la presentación del centenario de Echegaray, el boato de la presencia de los reyes y el respaldo del establishment cultural celebraban el año de actividades dedicado a otro Nobel de Literatura, Camilo José Cela. Ningún organismo oficial, ha apoyado por el contrario los actos del centenario de Echegaray. Un curioso doble rasero porque los dos premiados con el máximo galardón mundial de la literatura vivieron y escribieron acompañados de la polémica, entre las críticas de sus colegas de profesión y sus incursiones en la política, en tiempos históricos convulsos. Es muy probable que Cela tuviera más olfato para los negocios y para ganarse el favor de los poderosos, a pesar de que Echegaray llegara a ser ministro. En cualquier caso, misterios de la historia cultural española que ensalza a unos y relega a otros al desván.

La memoria de Nazario

La memoria de Nazario

Más sobre este tema
stats