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ROMANCE DE LA OTRA

Sobre los celos y la escritura del desasosiego en 'La ocupación', de Annie Ernaux

Encuentros así no se dan nunca en los cuentos de hadas…

Sylvia Plath — Incomunicada

...ni en los cuentos de hadas ni en casi ninguna parte. Tal vez en la película Alien o en otras parecidas, como una que me gusta muchísimo: La invasión de los ladrones de cuerpos. En sus dos versiones, la de 1956 y la de 1978. En el cine se entiende mejor lo que cuenta Annie Ernaux en La ocupación. Aunque en la literatura de ficción aparezcan muchas historias de celos. Los celos. Esa bicha que se enrosca como una culebra en el cerebro y lo seca como pasaba con los higos en los veranos de mi pueblo. Seco el cerebro, lo que expulsa afuera es un delirio. La razón se estrella contra el muro de unas lamentaciones que no se alivian ni a la de tres. Hablas por dentro contigo mismo porque el otro o la otra ni se enteran de tus neuras. Entre tú y tu enemigo no existe ninguna relación. O sí. Pero no es ése el caso que llena las noventa paginas justas que dura la okupación de la rival en la mente de la protagonista de esta novela. Es Annie Ernaux una de las escritoras que más amo. La he leído entera. Ya no me acuerdo de cuál fue la primera novela suya que leí. Pero no se me ha escapado ninguna. Unas me interesaron más que otras, pero en cada una de ellas había algo que valía la pena. Cuando escribo esto, tiene la escritora francesa casi ochenta años. Alguien me contaba en su país, no hace mucho, que estaba enferma, o que había salido de una enfermedad grave. No lo sé. Lo que sé es que hace unos días repasaba las hileras de libros en los estantes para colocar allí los últimos en llegar a casa. Y ahí estaban los de Annie Ernaux. Todos son más o menos breves. Por eso, también, me gusta. Saqué de su sitio el más flaco. Lo recordaba vagamente: siempre hay algo felizmente repetitivo en la gran literatura. Miren, si no, eso que digo en Faulkner. O en Thomas Bernhard. O en el mismo y más cercano en el tiempo Patrick Modiano. O por qué no, en esa ristra de calamidades que sufren las protagonistas de Jean Rhys. Por no hablar de la turbiedad de los personajes que se saca de la manga Patricia Highsmith en todas sus novelas y cuentos. Según pone en la página destinada a esos detalles, la edición española de La ocupación es de 2008. O sea, que la leí hace ahora -insisto: cuando escribo estas líneas en el verano de 2019- once años.

Después de seis años de relación, la mujer protagonista rompe con W., su joven amante. La ruptura la ha decidido ella. No quería compartir todo con el hombre. Los espacios personales son importantes para que nadie desaparezca en el sitio de otro. En el otro. El tiempo también ha de preservarse de cualquier ocupación ajena, por muy cerca que se viva de esa ajenidad. La pareja se sigue viendo con una cierta regularidad. Pero él ya vive con otra mujer. Y esa mujer se mete en la cabeza de la protagonista y la llena de un desasosiego insoportable. Enfermizamente insoportable: “Tenía una okupa, una mujer a la que no había visto nunca”. Y empieza a sentir “esa socavación de la propia persona que son los celos”. A ratos, la escritura me recuerda la de Marguerite Duras, como digo también de la de Monique Lange en otro apartado de este libro. La brevedad de las frases. La palabra que apenas sale al exterior, como una especie de monólogo interior que se agota en sí mismo antes de salir en busca de algún destinatario. Veo los subrayados de la primera lectura. Algunos tienen dibujados pequeños globos como los que aparecen en los documentos en formato PDF. Otros han sido dibujados con un trazo de extraña violencia: tal vez los párrafos o frases que más me gustaron entonces. O algunos otros que a lo mejor detestaba, no puedo recordar ahora por qué motivos. Voy añadiendo en esta lectura subrayados nuevos y pequeños globos que a veces son círculos concéntricos, como los garabatos del agua en el río los días de lluvia.

Siempre pensando la protagonista sin nombre en la otra mujer. Aunque ahora sea ella la verdadera “otra”. El romance de Rafael de León que tantas voces cantaron en el momento de esplendor de la copla: “Yo soy la otra, la otra / y a nada tengo derecho / porque no llevo un anillo / con una fecha por dentro”. El círculo vicioso de los celos que nunca desaparece. Que ahoga cualquier posibilidad de salida razonable. La razón no existe en ninguna de sus cavilaciones. Sólo el delirio: “Una noche, en el andén del RER me acordé de Ana Karenina cuando está a punto de tirarse a las vías del tren con su bolsito rojo”. No recuerdo si el bolso de Ana Karenina es rojo en la novela de Tolstoi o aparece así en las versiones cinematográficas en color de ese relato magistral. Tiene que encontrar a la mujer okupa sea como sea. La imagina físicamente, intelectualmente. Como en un despacho lleno de policías, dibuja el retrato robot de la asesina. La búsqueda tiene lugar desde ese retrato: en el Metro, en las calles, en los cafés de St. Germain, en su propio cuerpo cuando se mira en el espejo y prueba inconsistentemente a descubrir sus diferencias. Se construye una realidad nueva a través de la escritura: “Escribir ha sido una forma de salvaguardar lo que ya ha dejado de ser mi realidad”. Y pasa de querer lanzarse al tren como Ana Karenina a convertirse en el retorcido Vic Van Allen de Deep water, la primera novela que leí de Patricia Highsmith: “En el fondo lo que me hacía sufrir era que no podía matarla”. Claro, Vic era más decidido y liquidaba a quien se colgaba de Melinda, su mujer, que llenaba de “otros” la copla del marido. Le gustaba a Melinda ser la reina del baile en todas las fiestas. Como a ella, la mujer desposeída del amante, le gustaba bailar I will survive, de Gloria Gaynor, en el piso de W., antes de que ella le dijera que no quería compartirlo todo con él y de que él se fuera a vivir a tiempo completo con la mujer que, desde ese mismo instante, iba a perturbar del todo su existencia. Matarla no, pero ¿y hacerle vudú, y “clavarle agujas” a una figurita de pan con la pinta de la rival?: “Es posible que escribir esto no difiera gran cosa de clavar agujas”.

El viaje final a la Venecia que conocieron juntos. Ya no busca a la mujer que le ha robado al amante y la razón. Ni W. existe sino sólo en el mensaje que ella ha dejado en el contestador más decidida que nunca: “No quiero volver a verte. ¡Pero no pasa nada!”. Regresa a la Venecia de cuando fueron felices. Sin saber -o a lo mejor sí que lo sabe y por eso vuelve- que nada es como era antes: “El café Cucciolo tiene echado el cierre metálico y ya no hay rótulo. En el hotel La Calcina me dijeron que el anexo llevaba cerrado dos años. Lo más seguro es que lo conviertan en pisos y los vendan. Seguí hacia la Aduana del Mar, pero no se puede llegar, por las obras. Me senté junto al muro de los Almacenes de Sal, en ese sitio en que el agua se desborda y se estanca en charcos en el muelle. Del otro lado del canal, en la Giudecca, las fachadas de San Giorgio y del Redentore están tapadas con lonas. En el extremo opuesto se alza la mole negra, intacta, del Mulino Stucky, fuera de uso…”.

Cuando este libro está a punto de llegar a la imprenta, recibo otro sobre el Premio Formentor, que en 2019 le fue otorgado a Annie Ernaux. Es un libro extraño, editado como casi a golpes, lleno de textos y autores interesantes y otros para llorar. Todo va sobre las circunstancias de ese premio tan reconocido en el mundo canónico de la literatura. Intensamente, leo lo que escribe la autora galardonada. Los recuerdos que la llevan a la infancia, a una adolescencia en que se sentía un bicho raro entre sus compañeras de instituto, a la necesidad de contar historias porque era una manera -tal vez la más certera- de contarse a sí misma. Su vida eran los libros, todos los libros. Leía muchas veces sin saber muy bien lo que leía. Y nunca olvida “ese montón de novelas catalogadas como infraliteratura… entre las que se encontraban algunas cuyo recuerdo conservo, aunque sea de manera muy difusa, y que han contribuido sin duda a la evolución de mi sensibilidad. Archibald Joseph Cronin, Daphne du Maurier, Alba de Céspedes, Carmen de Icaza o Luisa María Linares, esos nombres significaron para mí la irrupción de un universo desconocido”. La infraliteratura, las periferias del Canon que tanto han alimentado mis lecturas adolescentes y que habitan las páginas de este libro escrito, como también dice Annie Ernaux en su texto en la recepción del Premio Formentor, desde un yo no sólo personal sino, como ya dije en alguna ocasión, seguramente intransferible: “ese yo -escribe Annie Ernaux-, el de mi sitio en el texto, sólo podía ser verídico y concebido como un espacio de fusión entre lo íntimo y lo colectivo”. Siempre me fascinó su escritura, la violencia de su compleja sencillez, lo que intuía de respeto al oficio de narrar. Por eso es también una inmensa satisfacción, tantos años después de empezar con sus novelas, reproducir como final lo que ella dice que dijo Marx, y luego Georges Perec, sobre el proceso de escritura: “El medio forma parte de la verdad, tanto como el resultado. Es preciso que la búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera”. 

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