‘Blonde’ simplifica la vida de Marilyn Monroe en una película de terror y pornografía del dolor

Fotografía de la película 'Blonde' de Netflix.

“Quizá es porque soy tonta. No, idiota simplemente. Si yo tuviera un poco de cerebro no estaría en este tren con esta orquesta de chicas”. Blonde, la película de Netflix sobre Marilyn Monroe, recrea una de las muchas escenas divertidísimas e inolvidables de Con faldas y a lo loco. Con una mezcla de deepfakes y un incisivo trabajo de dirección artística, el director Andrew Dominik (Mátalos suavemente) introduce a Ana de Armas en algunas de las películas más icónicas de la que quizá sea la estrella más fulgurante e imperecedera de la historia de Hollywood. El resultado, gracias en parte a una abrumadora interpretación, es sorprendente, algo inquietante y, para los fans del cine clásico, delicioso. 

Pero todo se acaba torciendo en Blonde, que es mucho más que un trágico biopic (de hecho no es un biopic en absoluto, ya que se basa en la novela de Joyce Carol Oates, que rellenó los muchos huecos de la vida de la actriz con ficción, dramatización y conjeturas). Marilyn no es capaz de concentrarse y decir sus líneas, y acaba gritándole a Billy Wilder mientras escapa corriendo a su camerino, donde le administran un pinchazo de calmantes. Con faldas y a loco es una de las mejores comedias jamás rodadas, pero Dominik quiere que no nos olvidemos de que Monroe la rodó tres años antes de morir de sobredosis, completamente atrapada en una espiral de drogas, sobreexposición mediática y enfermedad mental, deprimida por sus muchos abortos y víctima de una misoginia constante y omnipresente. 

Marilyn Monroe era una actriz cómica excelente, una estrella carismática y una mujer inteligente, pero Blonde no muestra nada de eso. A Blonde solo le interesa la Marilyn víctima, la Marilyn cosificada, la Marilyn maltratada, la Marilyn violada, la Marilyn engañada, la Marilyn deformada por la fama, la Marilyn forzada a abortar. Esto no es un trágico biopic sino una película de terror, algo más parecido a un slasher en el que la rubia acuchillada es siempre Marilyn Monroe; su madre, un puñado de hombres, una industria explotadora y un público insaciable llevan el metafórico cuchillo, pero la hoja siempre corta, y Dominik se empeña en que duela. 

El empeño es tan artificioso y efectista que acaba resultando agotador. Blonde está rodada en diferentes formatos, aunque el más utilizado es el cuadrado de cuatro tercios, que le sirve al director para encerrar aún más a la protagonista en su soledad y su dolor. Hay escenas rodadas en blanco y negro y otras en color. Otra, con visión nocturna. Dominik aplica todos los filtros posibles, utiliza todos los objetivos, echa mano de todos los efectos a su alcance, borra rostros, quema los colores, imagina fetos digitales (a los que les da voz). Una verborrea y una incontinencia estilísticas sin razón de ser que, en vez de introducirnos en la psique de la protagonista, nos recuerda en todo momento que el director, acaso el verdadero protagonista de la película, está ahí tomando todas esas decisiones. Si no fuera porque es inconcebible, parecería que Dominik no confía en la historia que tiene entre manos. 

Menuda historia. Más allá de qué es cierto y qué no en el relato escrito por Oates, hay una base de realidad que convierte a Marilyn Monroe en una figura aún más fascinante. La esquizofrenia paranoide de su madre, que ella heredó; sus diversas relaciones con celebridades como Joe DiMaggio, Arthur Miller y Kennedy; el frustrado deseo de ser madre, la ausencia de su figura paterna; la espectacular belleza que le granjeó tanto deseo como condescendencia, desdén y desprecio por parte de los hombres. Hay ingredientes de sobra para disfrutar (o más bien, sufrir) de lo que Blonde cuenta, pero lamentablemente lo cuenta con una recreación más propia de una snuff movie. Si alguien quiere un retrato complejo y poliédrico de la mujer que había detrás del mito, aquí no lo encontrará; pero si van buscando un relato terrorífico y desasosegante y un cruel ejercicio de pornografía del dolor, Blonde será muy satisfactoria. No es una película fallida, pues consigue lo que se propone; pero sí es excesiva y facilona en su abuso de los manierismos. 

Tiene hallazgos, eso sí (lo cual es de agradecer en un metraje de casi tres horas). Ana de Armas hace una impresionante reconstrucción de la máscara, imitando con fineza los gestos, las poses y la forma de hablar (y respirar) de la Marilyn Monroe que se proyectaba ante el público. Lo más interesante del guion es la dualidad entre esa proyección y la mujer real, Norma Jeane, a la cual Blonde pretende desenterrar sin éxito. Pero esa relación tóxica, de negación y necesidad, de mentira y empoderamiento, de Dr. Jekyll y Mr. Hyde, es una trágica y enigmática exploración de los estragos de una celebridad devoradora (aunque tristemente Dominik sienta la necesidad, también aquí, de subrayarla con frases como “Esa que ves en la pantalla no soy yo”, recitadas por de Armas en voz en off). Y resulta seductora su etérea estructura, que cuenta la vida de Marilyn como un río de dolor, imparable y arrollador, en el que la protagonista se ve arrastrada en todo momento. A veces de forma figura, a veces de forma literal (ese segmento en el que Monroe visita al presidente, la cima del relato abrasivo tras la cual todo acaba por desmoronarse).

En su centro, Blonde es una extraña contradicción que pretende desmontar el mito de Marilyn Monroe sin reconstruir a la mujer que había detrás de él. No parece sentir empatía, respeto, ni interés siquiera, por ella. Igual que los hombres que, según la misma película cuenta, pasaron por su vida: su desdén y su desprecio se cambian por una compasión infantilista. El objeto de deseo es ahora objeto de lástima, pero sigue absolutamente falto de toda voluntad propia, inteligencia o fortaleza. 

Decía Andrew Dominik que esta película es consecuencia del #MeToo, que gracias al fenómeno ahora somos capaces de ver lo mal que el mundo trató a Marilyn Monroe. Es comprensible entonces que le haya salido una película sensacionalista y simplista, como el trato que los medios han dado al problema de los abusos de poder en la industria. No sé si sabremos algún día a ciencia cierta quién era Norma Jean, la mujer detrás de Marilyn Monroe, pero estoy seguro de que fue mucho más que esa mártir apaleada que Blonde imagina.

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