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Ryan Gosling y la odisea de Ken: cómo un Marlon Brando de plástico conquistó Hollywood

Ryan Gosling en 'Barbie'.

Hablemos un poco de Ken. Ken era un habitante amargado de Barbieland, infeliz con el rol subsidiario que la Creación (de Mattel) le había asignado frente a Barbie. En el film homónimo Ken resultaba graciosísimo por la combinación de esta angustia —no solo la de ser el segundón, sino la que avivaban sus confusos sentimientos hacia Barbie— con su físico imposiblemente heteronormativo. Ryan Gosling marcó abdominales, se tiñó el pelo y exhibió un rutilante bronceado para interpretar a este personaje de Barbie. Le nominaron a un Oscar por ello, seguramente gracias a haber tenido un número musical para él solo.

Consideremos I’m Just Ken el punto culminante de la película de Greta Gerwig o no, está claro que su interpretación sí fue la cumbre de la última ceremonia de los Oscar, rematando la burla sociocultural que su personaje tejía de partida. Cuando Gerwig le escribió junto a Noah Baumbach, el objetivo era reírse de la masculinidad y sus manifestaciones mediáticas. Gosling entonaba una balada rock con el histrionismo de Axl Rose, pero antes había vinculado ingenuamente el patriarcado a los caballos, e instaurado este sistema en Barbieland mientras pretendía encandilar a las mujeres con su guitarra frente a la hoguera, combinando la agresiva imposición de poder con chispazos calculados de sensibilidad.

Ken era el rostro del hombre torturado, pero también una sátira del mismo. Su sentimiento de inferioridad, su torpe expresión de género, su ambiguo trabajo (“ser playa”), marcaban la creación más ingeniosa de Barbie, fortalecida por el recuerdo de otros hombres similares en la ficción. Chicos malos, tipos duros con su corazoncito. Como un Marlon Brando, quizá, y por eso el fichaje de Gosling se antojaba tan decisivo. Durante años la prensa le había apodado el nuevo Marlon Brando, pero bastante antes de eso Gosling ya había querido vincularse al protagonista de Un tranvía llamado deseo. Fue en el instituto, cuando había intentado disimular su timidez e inseguridad… imitando la forma de hablar de Brando.

La intensidad del especialista

Ryan Gosling estrena ahora El especialista. En esta comedia de acción y romance interpreta a Colt Seavers, un doble de acción que tiende un puente obvio con otro personaje que ha marcado la carrera del intérprete canadiense. Y es que Gosling ya ha interpretado a otros especialistas en el pasado. Lo hizo en Drive allá por 2011, luciendo la famosa chaqueta del escorpión, y hubo quien ese mismo año percibió una fuerte similitud con su aparición en Cruce de caminos, donde el personaje de Gosling pasaba a ser un motero de acrobacias. Fue en el rodaje de Cruce de caminos, por cierto, cuando conoció a su actual pareja Eva Mendes, en paralelo a constituirse una imagen de Ryan Gosling fácilmente parodiable. 

Esa imagen —volvamos a Marlon Brando y a aquella tradición que Barbie humillaba alegremente— nos presentaba a un hombre meditabundo, de pocas palabras y brusco ademán, arrastrado por un pasado traumático que a sus intereses amorosos, presumiblemente, les encantaría esclarecer. Gosling se paseaba entonces por Drive como un nuevo representante de la clásica masculinidad cinematográfica: el forajido impasible, el gángster frío, a la espera de que la mujer indicada le suavizara el gesto. La conversación ya se había hecho lo bastante descreída entonces como para que una facción del público pudiera burlarse de esa pantomima, pero por lo demás Gosling lo había logrado. Era un actor “serio”.

Su trabajo le había costado. Como todo el mundo sabe, la carrera de Gosling empezó en el Mickey Mouse Club, siendo uno de los Mouseketeers —el menos talentoso y fotogénico, a decir verdad— junto a Britney Spears, Christina Aguilera y Justin Timberlake. A mediados de los 90 Gosling tuvo su primer papel protagonista en la ficción con El joven Hércules, serie precuela que nos hacía creer que este joven retraído tendría en algún punto el rostro de Kevin Sorbo. De esa experiencia Gosling sacó en claro que no le gustaba nada la televisión, pero tampoco los personajes heroicos, sin ninguna cualidad grisácea o coerción emocional. Tardó menos de dos años desde entonces en interpretar a un joven neonazi.

Los primeros años de Gosling, a partir de las buenas críticas que recibió con The Believer —film dirigido por Harry Bean—, están marcados por la búsqueda ansiosa de personajes extremos. Entre Asesinato 1, 2, 3, El mundo de Leland o Stay el rostro de Gosling fue inseparable de asesinos perturbados, cuya tensa subjetividad generaba un repliegue en sus facciones de forma que emitieran un rictus continuo e impostado, más convincente cuanto mejor fuera el guion a defender. La primera y auténtica fama, aún así, le vendría de poner esta contención facial al servicio de un drama romántico, en El diario de Noa. Con su MTV Movie Award, con su repentina transformación en sex symbol, Gosling se sintió cómodo al creer estar en control perfecto del espíritu de Brando. Intensidad, talento, atractivo varonil.

Sin alejarse de Brando, lo que ahora tocaba según el Manual del Actorazo era proceder a las transformaciones físicas. Gosling apenas se permitió disfrutar de su merecidísima primera nominación al Oscar (por protagonizar Half Nelson), ya que corrió a engordar para Lars y una chica de verdad en 2007, haciendo lo propio de cara a un papel muy jugoso que Peter Jackson le había ofrecido en The Lovely Bones. Pero entonces ocurrió algo. El ridículo más grande y traumático de su carrera: engordó 27 kilos para meterse en el personaje, sin que nadie se lo pidiera. “No hablé mucho con Jackson durante la preparación”, confesó después de que le sustituyeran por Mark Wahlberg. “Me presenté en el rodaje y me había equivocado por completo. Así que ahí me quedé, gordo y sin trabajo”.

Aunque este error de cálculo le dejara en shock, no se puede decir que Gosling abandonara del todo la intensidad. En Blue Valentine, inmediatamente después, se notaban retazos, y por supuesto luego vendría el fenómeno Drive. Pero con el tiempo la intensidad se fue matizando una vez se abría camino una idea pequeña, aunque venenosa. ¿Y si ese tormento constante, ese vagabundeo de alma en pena, no tuviera necesariamente que estar acompañando a una persona excepcional? ¿Y si fuera solo un trampantojo para la mediocridad masculina?

El descubrimiento de K

En Blade Runner 2049 Gosling interpretaba a un replicante, K, programado para cazar a otros replicantes. Sus circunstancias le empujaban a descartar que fuera alguien especial, pero un abrigo increíble y el holograma de una sexualizada Ana de Armas regalándole los oídos forzaban otra forma de pensar. También la creencia de que K era superior a sus hermanos replicantes y estaba destinado a liderar una rebelión, solo que la conclusión del film de Denis Villeneuve le llevaba al desengaño. K no era especial. Solo era uno más, condenado al desvanecimiento como lágrimas en la lluvia. ¿Se habría dado cuenta Gosling de lo mismo?

Pues el caso es que hacia 2017 el actor ya había conseguido su segunda nominación al Oscar (por La La Land), pero algo había cambiado. Su carrera no tenía la misma energía, su imagen mediática carecía de gravedad. Antes de Blade Runner 2049 Gosling se había hecho eco de un ocurrente meme que venía dando vueltas desde 2013 —Ryan Gosling Won’t Eat His Cereal, respondido con un tuit donde Gosling replicaba enfáticamente que le encantaban los cereales—, y había protagonizado uno de los sketches más memorables de Saturday Night Live. En Papyrus, Gosling ponía su acting solemne al servicio de una trama genial: un pobre hombre que se obsesionaba con la idea de que Avatar, un blockbuster que había costado millones de dólares, se hubiera limitado a usar para su logo la fuente “Papyrus”. 

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Pero Papyrus —que ha tenido secuela para promocionar El especialista— no había sido su primera incursión en la comedia chorra, claro. Dejando de lado Crazy, Stupid Love —aparición dominada por lo más superficial de su faceta sex symbol—, en 2016 Ryan Gosling había protagonizado junto a Russell Crowe Dos buenos tipos. Una de esas comedias policíacas que siempre se le habían dado tan bien a Shane Black, y que descubrió al mundo un nuevo lado de Ryan Gosling. El mismo actor que había convertido su rostro compungido en marca, que se había ganado las burlas en el Festival de Cannes con un pomposo debut a la dirección —Lost River—, de repente se convertía en un cómico nato, con un control milagroso de su gestualidad y movimiento en pantalla.

La jugada había sido tan sencilla como mantener el habitual rictus y aprovechar la disonancia que provocara su choque contra una narración alocada, sin tiempo que perder en la tristeza que pudiera sentir el personaje. Gosling, invocando la “cara de palo” de Buster Keaton, pasó a ser ridiculizado y a recibir golpes sin parar. Su expresión seguía siendo la misma, pero donde antes había desazón interna ahora solo había relajación, estoicismo inofensivo. Descubrió, entre disfrutones conciertos con su banda Dead Man’s Bones (en activo desde 2009) y contratos millonarios con los que limitarse a posar como estrella (caso de la asombrosamente cara, y asombrosamente mala, El agente invisible), que estaba mejor así.

Y así se ha quedado. La intensidad viril pertenece al pasado. Puede seguir sirviendo de motor para meterse en la piel de Neil Armstrong en esa First Man tan propia del Gosling de 2006, pero de forma bastante sintomática —y confirmando que el canadiense ha hecho lo que debía— la siguiente nominación al Oscar se la ha dado Ken. Un personaje que trasciende todas estas mutaciones como vía para la risa cómplice, y que ha precedido de forma orgánica al Colt Seavers que protagoniza El especialista. Un tipo majo que cobra por sufrir caídas, llora con Taylor Swift y no duda en proclamar con honestidad inmaculada el amor que siente por el personaje de Emily Blunt. Ahora Marlon Brando es solo Ryan. Pero es suficiente.

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