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'Combatir la corrupción'

'Combatir la corrupción', de Manuel Villoria.

Manuel Villoria

infoLibre publica un extracto de Combatir la corrupción, del politólogo Manuel Villoria, un título que la editorial Gedisa lleva a las librerías el 18 de marzo. En él, el catedrático en Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid analiza qué es verdaderamente la corrupción, cómo se puede medir, cuáles son sus causas y consecuencias —siempre relacionadas entre sí, argumenta— y qué habría que cambiar en el sistema político para hacerla desaparecer.

El libro forma parte de una nueva colección de títulos breves y divulgativos llamada Más democracia, que se propone explicar de manera accesible algunas de las claves de nuestro sistema representativo y está dirigida por la politóloga —y colaboradora de infoLibre— Cristina Monge y el catedrático en Filosofía del Derecho Jorge Urdánoz. La serie recoge ya títulos como Comprender la democracia, de Daniel Innerarity; Reformar el sistema electoral, de Urdánoz y Enrique del Olmo; o Desprivatizar los partidos, de José Antonio Gómez Yáñez y Joan Navarro. Tras el ensayo de Villoria llegará Votar en tiempos de la Gran Recesión, de Pablo Simón. 

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  Causas y consecuencias de la corrupción

Hablar de causas y consecuencias de la corrupción es, en gran medida, hablar de lo mismo, dado que las consecuencias son a menudo causas y se generan círculos difíciles de evitar. En general, la corrupción tiene tres grandes tipos de causas: culturales, estructurales e institucionales. Cuando variables contenidas en las tres se unen suele producirse un círculo vicioso que da lugar a lo que llamamos corrupción sistémica: un tipo de corrupción expandido por todos los espacios políticos y económicos de la sociedad tremendamente difícil de reducir. Veamos brevemente estas causas y analicemos junto a ellas las consecuencias.

Causas culturales1

 

En estas causas se podrían incluir desde factores religiosos a creencias o expectativas profundamente insertas en la sociedad sobre el comportamiento ajeno. Hoy en día es difícil sostener empíricamente que alguna religión genere más corrupción que otras, aunque sí existe una cierta evidencia para distinguir, dentro del cristianismo, rasgos diferenciales entre los países protestantes por una parte, y los católicos y ortodoxos por otra. Algunos autores recogen la teoría weberiana y la actualizan. Recordemos que para Max Weber el origen y expansión del capitalismo estaba relacionado con el desarrollo de la ética calvinista, cuya motivación moral estaba en descubrir si se estaba predestinado al cielo o al infierno, siendo síntomas o muestras de lo primero el autocontrol, la capacidad de trabajar duramente y el éxito material; de ahí que trabajar duro, crear riqueza y llevar una vida ordenada fueran elementos clave de la profecía que se autocumplía. En consecuencia, en los países donde el protestantismo ha arraigado, el individualismo respetuoso del otro, el autocontrol y la vida austera, unida a las reglas sociales que se derivan de ello, como la transparencia y la cultura de la legalidad, han reducido las posibilidades de corrupción. Una explicación de la baja corrupción en países protestantes, derivada de la anterior, sería que el protestantismo se preocupó más por la educación de sus ciudadanos, lo cual generó también mayor riqueza, y a mayor riqueza mayor exigencia de buen gobierno (véase Dahlstrom y Lapuente, 2018: 128). Según Rothstein y Broms, pudiera ser también que la forma en que se recibían y administraban los fondos en las parroquias protestantes generase reglas de accountability y transparencia mayores que en otras religiones y que esas reglas institucionales para administrar fondos comunes se expandieran en determinadas sociedades. No obstante, en general, es difícil explicar empíricamente por qué religiones con mayor dimensión jerárquica, como el islam, el catolicismo o el cristianismo ortodoxo pueden ser más favorecedoras de conductas corruptas que otras, pues cuando se controlan variables las explicaciones causales no ofrecen soporte suficientemente robusto.

Por otra parte, como ya indicamos previamente, no existen hoy en día bases empíricas para sostener que existen países donde los sobornos son aceptados o tolerados sin más. Es cierto que en algunos países se pagan muchos sobornos, pero la razón es que las personas se sienten incapaces de luchar contra esta práctica y, dadas las asimetrías de poder y riqueza, su rebelión está condenada al fracaso. Millones de personas pagan sobornos cada día, pero los estudios de campo y las encuestas nos indican que el problema es más de acción colectiva que de asunción cultural. Son las expectativas sobre el comportamiento ajeno y, sobre todo, la conducta de las élites y los funcionarios las que llevan a seguir asumiendo esta práctica de explotación. Es la sensación de miedo y desamparo la que genera esta continua sangría, el miedo a que los familiares enfermos en los hospitales mueran sin cuidado, a que los hijos sean discriminados en los colegios, a que la policía abuse o a que no se obtengan certificados necesarios para poder acceder a bienes a los que se tiene derecho. Si todas las personas actuaran de acuerdo con sus intereses y deseos dejarían de pagar sobornos, pero ello exigiría o un movimiento colectivo y simultáneo de millones de seres humanos, que es casi imposible de conseguir, a menos que aparecieran unos emprendedores políticos dispuestos a sacrificios extra que arrastren al resto, como bien demostró Mancur Olson. En suma, las masas esperan que surjan los héroes para sumarse a la ola; pero la ola nunca surge porque nadie da el paso para ser héroe.

Y esta dificultad de acción colectiva se extrema aún más cuando a lo anterior se suman expectativas negativas sobre el comportamiento ajeno. De acuerdo con la teoría de los dilemas de acción colectiva de segundo orden de Elinor Ostrom, cuando la gente tiene la expectativa de que los demás pagan sobornos e incumplen las normas, cualquiera de ellos cree que quien rompa esa regla pagará cara la osadía y no otendrá nada a cambio. Estas expectativas congeladas sobre el comportamiento ajeno, insertas en la sociedad, explican bien la esquizofrenia de rechazar la corrupción y seguir pagando sobornos. La investigación empírica demuestra de forma bastante robusta que la baja expectativa en la cooperación ajena se relaciona con la desconfianza y, con ello, con la menor asociatividad para la acción colectiva.

Cuestión distinta es la que tiene que ver con ciertas prácticas como la de la reciprocidad y la entrega de regalos a quien entiendes que te hace favores. O la obligación de intentar ayudar a familiares o amigos en determinadas circunstancias cuando se tiene poder suficiente como para decidir con discrecionalidad. Estos ejemplos de corrupción gris o blanca puede que se den en determinados países africanos o en ciertas regiones de Centro y Sudamérica, Asia y Europa, pero la urbanización creciente de nuestras sociedades va reduciendo la confusión y situando poco a poco prácticas de nepotismo y reciprocidad particularista en el espacio del soborno o malversación. Hoy en día casi nadie asume una visión cerradamente culturalista de la corrupción. En un mundo globalizado y crecientemente urbanizado las culturas poco a poco se transforman. Los pueblos no están condenados a la corrupción por su inmersión en una cultura determinada que la promueve. Pero sí es cierto que determinadas prácticas y concepciones de lo que está bien o mal, socialmente compartidas y reforzadas, pueden dar lugar a que en algunos países la corrupción «gris o blanca» esté inserta en la vida social y para salir de ella sea preciso generar o favorecer cambios en el desarrollo moral de las mayorías y en su sistema de expectativas.

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1. En realidad, cultura es todo fenómeno humano que no es de origen genético. Por ello, todas las causas de la corrupción tendrían una base cultural. Aquí nos referimos a cultura como cultura cívica. La corrupción estaría vinculada a la ausencia o debilidad de una cultura cívica, valores y creencias que no permiten o dificultan el desarrollo de una democracia de calidad o una convivencia justa en libertad.

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