Cultura

Escritores en casa ajena

Imagen de Jorge Semprún, imagen de archivo.

“Tanto como el español, en efecto, el francés era mi lengua materna. Se había vuelto mi lengua materna, por lo menos”. Decía y escribía Jorge Semprún que eso, tener dos lenguas maternas, constituía una situación delicada desde el punto de vista de las filiaciones. “Tener dos madres, como tener dos patrias, no simplifica realmente la vida. Pero sin duda no siento ninguna inclinación por las cosas demasiado sencillas”.

En Extraterritorialidad, George Steiner admitía que la idea de un escritor lingüísticamente “sin casa”, que se sienta como en casa ajena al manejar la lengua en la que escribe, que se sienta marginado o dudosamente situado en la frontera, puede resultar extraña. “Sin embargo, esta sensación de extrañeza es más reciente de lo que podemos pensar. Gran parte de la literatura europea vernácula tiene detrás la influencia activa de más de una lengua”. Mencionaba a Beckett, Pound o Nabokov, que se encuentran entre los más destacados de nuestra época. “La ecuación entre un eje lingüístico único –un arraigo profundo a la tierra natal– y la autoridad poética es puesta en tela de juicio”.

La pregunta es por qué un escritor que tiene a su disposición más de una lengua literaria elige una u otra en el momento de la creación.

Francia y el francés

Michel del Castillo nació en Madrid en 1933, hijo de francés y española. Sus primeros años de vida fueron más que complicados, y “escribir en francés es lo que le permite sobrevivir a una infancia rota e intolerable”. Así lo explica María Carmen Molina Romero, profesora del Departamento de Filología Francesa de la Universidad de Granada: “a través de su prolífica narrativa en francés, ficciona propia autobiografía. El mundo de los adultos y los lazos familiares con su progenitora ocupan el primer plano en un decorado”. El propio autor (que aquí explica su historia) ha admitido que tuvo muchos problemas con España. Ya no. “Estoy bastante contento con mi posición, ser un escritor francés de origen español me permite tener una cierta distancia con respecto a los dos países.

La biografía de su coetáneo (ya fallecido) Claude Esteban dice que nació en París, de padre español y madre francesa. Y también estuvo dividido entre dos idiomas, es decir, entre dos identidades, dos culturas. “Es que las palabras no sólo vehiculan conceptos, incluso si los idiomas son muy próximos, cada uno vehicula una visión del mundo”. Esteban llegó a definir su experiencia del bilingüismo como “dolorosa”.

Afrancesados

Hemos mencionado a Semprún, no podemos olvidar a Agustín Gómez Arcos. Almeriense de Enix, salió de España en 1968, cuando su talento literario despuntaba y la censura vigilaba. El cambio de lengua no fue un tránsito sencillo: tuvo que imponerse un silencio literario de nueve años antes de empezar una segunda carrera en la que llegó a ser finalista del Goncourt 1978. No sin consecuencias: en España, lamentaba, “soy un fantasma, un escritor español al que no se puede leer en su lengua”, anomalía a la que ha puesto fin la editorial Cabaret Voltaire.

El nuestro es país de afrancesados, algunos a la fuerza. Recuerda la profesora Molina que, desde hace más de tres siglos, el país vecino ha sido destino de los sucesivos exilios. Así ocurrió durante el XIX con sus convulsos cambios políticos, y no solo por proximidad, sino porque París abanderaba la libertad de expresión e irradiaba creatividad. “Políticos e intelectuales decidían escribir en francés para dar a conocer sus ideas políticas y/o su creación literaria. Más tarde, en el siglo XX, el exilio republicano tras la Guerra Civil adquiere las dimensiones de un éxodo”.

Pero, ese exilio a veces se escribió en castellano, “los republicanos en Francia publican numerosísimos los libros en español, por lo que no siempre el intelectual o escritor va a cambiar forzosamente de lengua”. Algo que incluso ahora, y en circunstancias completamente distintas, es una elección personal y, a menudo, un reto lingüístico.

Mercedes Yusta Rodrigo, zaragozana, profesora de la Université Paris 8, elabora en francés sus trabajos académicos. “El nuevo idioma conlleva un sistema de pensamiento diferente. Como escribo principalmente ensayo de investigación, las hipótesis y los problemas que planteo reflejan la idiosincrasia propia del pensamiento francés, más especulativo que el español, más retórico también. El idioma francés tiene tendencia al circunloquio y la perífrasis, a ‘dar vueltas’ en torno a lo que se quiere expresar: es más barroco que el español, por no hablar del inglés”. Un efecto colateral es que piensas los objetos de investigación de forma diferente, adoptas las tradiciones de pensamiento asociadas a la lengua.

La narrativa es otra cosa… Aunque apenas ha publicado, Yustas escribía bastante ficción cuando residía en España, y durante años, “el vivir en esta dualidad de idiomas ha sido una barrera para seguir haciéndolo. Simplemente porque mi realidad se desarrollaba en dos idiomas y siempre que me ponía frente a la pantalla en blanco me surgía la duda de en qué idioma escribir, y esa duda me bloqueaba todo el proceso creativo”. Sin embargo, ha comenzado a confiar en el francés para sus textos de ficción, en los que mezcla los dos idiomas (tal y como sucede en su realidad cotidiana) y, sobre todo, para la autoficción. Ésta última es “escritura con una vocación más bien terapéutica, en la que narro pasajes difíciles de mi biografía personal. El hecho de escribirlos en francés me ha sido de gran ayuda para poner distancia con acontecimientos traumáticos y verlos como un objeto exterior a mi propia vida”.

En Alemania

Buscando, buscando, pregunté a escritores españoles residentes en Alemania si se atreven a escribir en alemán… incluso quienes usan el idioma con soltura admiten sus limitaciones literarias.

Dos excepciones relevantes son Guillermo Aparicio y José F. A. Oliver. Aparicio, explica Ana Ruiz Sánchez, “nació en Castilla en 1940 y no fueron razones económicas las que le llevaron a Alemania”. Tras una breve estancia, conoce a Josephine Vogl, con quien se casará y tendrá dos hijas. “Según sus palabras, fue esta experiencia de amor la que motivará y dominará no sólo su permanencia hasta la actualidad en suelo federal, sino también (…) su relación con la lengua alemana, y por ende la cultura alemana, que él calificará por ello de erótica”.

Oliver nació en 1961 en Hausach (Selva Negra) adonde, a principios de los 60, llegaron unas treinta familias de Andalucía. Me puse en contacto con él, y contestó a mi primer correo, pero sus respuestas al segundo nunca llegaron. Así que recupero una entrevista: “Lo español ya se ha vuelto esencia de la lengua alemana que esbozo. Están mi pasado y su ritmo, y está el reto de mi presencia, que, de origen, no es alemana, pero que sí pretende vivir lo alemán e impulsar la evolución de su idioma. Alemania, hoy día, es también un poeta turco, griego, italiano o español, o, mejor dicho, la literatura escrita por éstos en lengua alemana. No soy un poeta alemán, pero sí un poeta en alemán”.

La nueva lengua franca

Busqué luego en Suecia, Reino Unido, también Canadá. Aquí me sugirieron que hablara con Martha Bátiz, mexicana.

“La adopción de un nuevo idioma para escribir me alteró por completo el mecanismo creativo. En primer lugar, lo hizo más lento. Al estarme cuestionando constantemente si debía usar tal o cual preposición, o si lo que estaba en mi cabeza claramente en español se estaba mostrando con igual nitidez en inglés, tuve que ponerme un freno y replantearme muchas cosas. ¿Para quién escribo, en este país llamado Canadá? Mi audiencia en México, por así decirlo presuntuosamente, era más homogénea. Había mucho que yo no necesitaba explicar, que la gente entiende apenas se insinúa. Aquí no. Entonces he tenido que empezar de cero.”

Publicar en un idioma que no es el tuyo, para un público que no es ése al que parecías destinado, te llena de preguntas. “¿Para quién escribo? ¿Qué quiero decir? ¿Qué necesito decir? ¿Qué imagen puedo usar y cómo puedo tejerla con las palabras que domino? ¿Qué me nutre a mí como escritora en mi lengua adoptiva? ¿Cómo seleccionar lo que quiero leer porque me gusta, y lo que tengo que leer porque me va a hacer bien para ejercitar los músculos lingüísticos? Es todo un reto. Pero cada vez se va haciendo menos difícil. Cada vez es más natural”.

Tras esta parada en Canadá me vine arriba. ¿Y si doblo el mapa? Australia no parecía una tierra propicia, pero encontré esto en la Sidney Review of Books: “La narrativa de Calvino, además, parece estar regresando al pueblo. Las historias de So Much Smoke se basan en el efecto de extrañamiento utilizado en sus libros anteriores: Galicia se hace extraña a través del idioma inglés; Australia se hace extraña por el inglés no nativo y una cosmovisión gallega. En esta colección, sin embargo, el mundo social del pueblo se apodera, amenazando con derramarse más allá de los límites de la forma corta”.

El autor reseñado es Félix Calvino, cuyo nombre de pila he visto escrito con y sin tilde, y cuyo apellido original imagino con virgulilla sobre la “n”.

“Esta colección ―sigo leyendo― confirma a Calvino como un estilista en prosa inglesa. La influencia del minimalismo modernista anglófono es aparente y apropiada. A través de la ausencia y la implicación, las historias registran sentimientos de pérdida que los personajes a menudo carecen del lenguaje para articular. Si, como escribió Rosalía de Castro, cantar gallego en lengua gallega ofrece ‘consuelo contra el mal, alivio del dolor’, escribirlo en inglés implica algo completamente distinto”.

La referencia a Rosalía no es baladí: Calvino es el último eslabón de una cadena literaria que une Galicia y Australia (que aquí reconstruye la profesora María Jesús Lorenzo Modia). Llegó a Australia como adulto, dice Roy Boland, de la Universidad de Sidney, “eso es muy importante. No tuvo período de aprendizaje infantil, porque él se crio en Galicia, pero sí que nos sorprendió a todos cuando apareció con su colección de cuentos en inglés, en un gran inglés: fue una decisión personal, claro, pero no hay duda alguna de que utiliza un inglés muy persuasivo para el lector”.

A modo de coda

En opinión de Santiago Posteguillo, expresada en La sangre de los libros, Elías Canetti debería ser considerado un Nobel español. Porque Canetti, nacido en Bulgaria, nacionalizado británico y autor en lengua alemana, descendía directamente de judíos españoles expulsados de Cañete (Cuenca) en 1492; hablaba sefardí, inglés, alemán y algo de francés, y decidió escribir y publicar en alemán, pero no renegó de sus raíces históricas. Se sentía como un escritor español que escribe en alemán.

Lo que durante un tiempo nos pareció excepcional, que los escritores se manejen en varios idiomas y naden con naturalidad entre varias tradiciones literarias, está dejando de serlo (si es que, en verdad, alguna vez lo fue). “Globalidad y desterritorialización hacen que etiquetas como ‘literaturas nacionales’ se pongan en entredicho actualmente e intenten superarse por otras como littérature-monde, littérature de l'entre-deux, littératures extraterritoriales, literatura del extremo occidente (para la literatura hispanoamericana), en donde espacio y lengua se disocian para articularse de forma independiente y múltiple. Así, es cada vez es más frecuente encontrar escritores que no viven ni escriben en la lengua ni en el país de sus padres”.

En este punto, Mª Carmen Molina evoca el caso de Jonathan Little: nacido en EEUU, reside en Barcelona y escribe en francés (Les Bienveillantes, premio Goncourt). Pienso en Valeria Luiselli, mexicana que sí, considera el español su lengua materna, pero ha pasado muchísimo tiempo en contextos angloparlantes y toda su vida escribiendo en inglés.

Son, todos ellos, escritores en casa ajena.

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