Cultura

Por fas o por nefas: lo que podemos aprender de la literatura para las discusiones familiares por Navidad

Varias personas caminan por una calle iluminada con motivo de la Navidad en Sevilla, este sábado. La iluminación navideña de la ciudad ha sido por sorpresa a las 18.30 horas de este sábado.
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Con sus limitaciones y todo, la sucesión de festivos que se nos viene encima nos sitúa frente a un riesgo no por repetido, cada año, menos odioso: el de sucumbir, por insidia o por aburrimiento, en el vicio abominable de la discusión familiar, que estropea el ambiente navideño (¿noche de paz, noche de amor?), arruina digestiones y devasta las relaciones personales.

Si acaso, al cabo de este 2020 aciago, en el que a la crisis epidémica hay que sumar las crisis sanitaria, social y política, llegamos más entrenados, a fuer de asistir a debates en los que, más que intercambiar argumentos, los padres y madres de la patria se arrean con certezas pétreas.

Pensé en esas exhibiciones cuando leí, en el prólogo del último libro de Daniel Tubau, lo que reproduzco a continuación: “No pretendemos que aprenda a razonar ni a construir argumentos plausibles, sino que deseamos darle las herramientas para resultar convincente (y que) al menos logre imponer su criterio”. Y pensé: parece el manual perfecto para los tiempos que corren, tiempos de polarización, descalificaciones, tertulianos y cuñados.

Así que me puse en contacto con él. “Sí, no sé si ha sido debido a una feliz casualidad, pero, aunque escribí el libro hace ya unos cuantos años, se ha publicado en el momento histórico en el que quizá hay más polarización y discusión en la sociedad ―me dijo―. Así que es el libro perfecto para estos tiempos y para estas extrañas fiestas de la pandemia. Quienes busquen cómo triunfar en las discusiones (navideñas o no) podrán encontrar algunos buenos trucos, y quienes quieran detectar esos trucos y no quedar a su merced, también lo encontrarán útil. Porque hay que advertir que el libro está cargado de ironía”.

Se titula Cómo triunfar en cualquier discusión y es fruto de la observación. El autor asegura que, a lo largo del tiempo, ha ido anotando los diversos ardides dialécticos que observaba a su alrededor, así como las estratagemas para imponer el criterio propio o, al menos, para escapar con donaire de una situación dialéctica difícil. “Los mejores trucos del libro se los debo a mi padre, Iván Tubau, y por eso el libro está dedicado a él (le divirtió mucho leerlo y verse reconocido). Pero, una vez en marcha la idea de ir anotando trucos dialécticos, los debates parlamentarios y las tertulias políticas fueron una gran fuente de inspiración”. Y eso que la calidad de la discusión ha descendido mucho en los últimos años, “así que espero que el libro contribuya a elevar un poco el nivel y a no conformarnos con lo más obvio”.

La obra, organizada al modo de un diccionario, se acoge al magisterio de nombres gloriosos del pensamiento y las letras, algunos de ellos grandes polemistas, impugnadores porfiados. Pido a Tubau un nombre que destaque por encima de otros: “Schopenhauer ―responde―, probablemente uno de los mejores discutidores, aunque también se dejaba llevar por el mal genio, lo que no es recomendable (solo se tiene que recurrir al enfado y ‘la santa indignación’ en situaciones desesperadas)”.

Schopenhauer, que escribió un libro que puede considerarse precursor del que ahora nos ocupa, El arte de tener siempre razónEl arte de tener siempre razón. “La dialéctica erística es el arte de discutir ―empieza―, y de discutir de tal modo que uno siempre lleve razón, es decir, per fas et nefas”, es decir, justa o injustamente. “Uno puede, pues, tener razón objetiva en el asunto mismo y sin embargo carecer de ella a ojos de los presentes, incluso a veces a los propios ojos. Ese es el caso cuando, por ejemplo, el adversario refuta mi prueba y esto se considera una refutación de la propia afirmación, para la cual puede no obstante haber otras pruebas; en cuyo caso, naturalmente, la situación se invierte para el adversario: sigue llevando razón, aunque objetivamente no la tenga. Por tanto, la verdad objetiva de una proposición y su validez en la aprobación de los que discuten y sus oyentes son dos cosas distintas. (De esto último se ocupa la dialéctica.) ¿A qué se debe esto? A la natural maldad del género humano”.

Organizado en 38 estratagemas, el libro se publicó tras la muerte de su autor, lo cual “nos hace sospechar que quiso guardarse sus trucos para contar con ventaja en las discusiones. Yo he sido más generoso y ofrezco todos estos trucos dialécticos en vida”.

La gran, y no siempre bien avenida, familia de la literatura

Llegados a este punto, pido al perito en escaramuzas que evoque alguna discusión literaria memorable, un libro cuyos protagonistas discutieran y él pensara: pero qué bien lo hacen. “Me parece que hay pocas dudas de que ese libro es la Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, que está lleno de discusiones y disputas en las que casi siempre sale triunfante Johnson. Un libro delicioso en el que disfrutamos de las conversaciones ingeniosas, pero también de las discusiones encendidas”. Por cierto, añade, que Johnson era un maestro en usar el enfado o el mal genio ocasional de manera muy hábil. “Ha dejado inolvidables fintas dialécticas, como aquella dirigida precisamente a un escritor. Dijo Johnson: ‘Su libro es sin duda original e interesante, pero la parte original no es interesante y la parte interesante no es original’”.

El paisaje literario, poblado por personajes cargados de ingenio, es rico en este tipo de afirmaciones con las que se inicia o se pone fin a una pelea, quizá porque la única manera de salir airoso de una pelea literaria, incluso si no tienes razón, es insultar haciendo gala de gran ingenio. Así, Gustave Flaubert aseguró que George Sand era “Una gran vaca rellena de tinta”; Ortega y Gasset, que Salvador de Madariaga era “tonto en cinco idiomas”; Mary MacCarthy, que Lillian Hellman mentía en “cada palabra que escribe, incluyendo ‘y’ y ‘el’” [including “and” and “the”]”; y Gore Vidal, que "las tres palabras más desalentadoras en el idioma inglés son: 'Joyce Carol Oates'".

No hay que estar de acuerdo, tampoco en desacuerdo, para admirar la precisión pugilística de esas descalificaciones. Y no traigo la palabra “pugilística” a tontilocas, sino porque me sirve para recordar el puñetazo certero que Vargas Llosa propinó a García Márquez, se dice que por un asunto de faldas. Claro, que un guantazo es menos peligroso que un duelo con pistolas como el que enfrentó a Marcel Proust y Jean Lorrain, como consecuencia de una crítica literaria. Pueden leer sobre esos y otros en infinidad de artículos accesibles con un clic, por ejemplo, aquí (en español) o aquí (en inglés). Pero también hay libros, como el sabrosísimo Literary Feuds, de Anthony Arthur, subtitulado: “Un siglo de disputas célebres, de Mark Twain a Tom Wolfe”.

Y luego están sus criaturas

Vale, es una obviedad: la literatura está llena de buenas peleas, incluso de grandes discusiones. Entre las primeras, algunas que han pasado al acervo popular: Capuletos y Montescos, el capitán Ahab y Moby Dick, querellas que van mucho más allá de la mera rivalidad familiar, o de la pesca de riesgo; la lucha entre el bien y el mal se ha encarnado el héroes y villanos de todos los tiempos (pensemos en El paraíso perdido de Milton, o en la batalla de Harry Potter contra Voldemort).

Hay cruzadas que se libran, como la que enfrenta al humanista Settembrini y al radical Naphta en esa novela de ideas titulada La montaña mágicaLa montaña mágica, de Thomas Mann, y combates que se evitan: “Elinor estuvo de acuerdo con todo, porque no creía que él mereciera el cumplido de una oposición racional”, leemos en Sentido y sensibilidad, de Jane Austen. No hacen falta más ejemplos, todos los lectores pueden recordar conflictos nimios que la literatura hizo grandes, y contiendas grandes que la literatura nos explicó mejor que los libros de filosofía e historia. Y cada uno, autores y personajes, elige los combates que quiere pelear y, a veces, en terreno en el que quiere hacerlo. “Nunca discuto nada más que de política y religión. No hay nada más que discutir”, dejó dicho G.K. Chesterton.

Por lo demás, los tiempos que corren parecen confirmar lo adelantado por Romain Rolland en Más allá de la contiendaMás allá de la contienda: "La discusión es imposible con alguien que afirma no buscar la verdad, sino que ya la tiene". Él lo afirmaba en un contexto, la Primera Guerra Mundial, propicio para la sinrazón, pero (me perdonarán la frivolidad), también vale para las disputas intrafamiliares. También es aplicable a nuestro día a día lo que Hannah Arendt escribió en Los orígenes del totalitarismo: “Difícilmente hay mejor manera de evitar una discusión que la de liberar a un argumento del control del presente, asegurando que sólo el futuro puede revelar sus méritos”.

Lo cual me permite bajarme de las ramas, que aquí de lo que se trataba era de saber cómo ganar una discusión, y no necesariamente apoyándose en los hechos irrefutables y la razón argumentada. Vuelvo a Tubau y le pido un consejo, y solo uno, para triunfar en una discusión. “En el libro recuerdo una frase de San Agustín, que dijo: ‘La discusión es la única batalla en la que el que pierde, gana’. Les recomiendo a mis lectores que recuerden esa frase y que, a continuación, la olviden. Porque ellos deben triunfar machacando dialécticamente a su rival. Pero como estamos en unas fiestas entrañables y hemos pasado un mal año, confesaré que para mí el consejo de Agustín es el mejor y que obtengo un gran placer perdiendo discusiones (de manera justa y razonable), porque eso me permite dejar atrás un error y aprender algo nuevo”.

Felices y discutidas fiestas.

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