Carmen Peire

Sin memoria no hay democracia. Bella frase para despedir a una escritora que en las novelas se empeñó en rescatar parte de la memoria, la memoria perdedora, la memoria derrotada, la de una España que pasó y no ha sido, la de la cabeza cana, como rezaba Machado. Versos que nos acompañaron a los hijos de la cáscara amarga. Sin memoria tampoco hay dignidad. Y con ese empeño, Almudena Grandes siguió la estela del realismo social galdosiano, o del Max Aub de El laberinto mágico o de La gallina ciega, o como el Chirbes que retrató la posguerra, la transición, los pelotazos en Crematorio y la crisis económica de En la orilla. Son solo unos cuantos ejemplos, pero aún no son suficientes para poner las cosas en su sitio.

Nunca he escrito sobre Almudena Grandes porque cuando iba a hacerlo, otros más importantes que yo se me habían adelantado. Siempre pensé que lo que yo escribiera no podía ser significativo ni iba a resaltar cuestiones que no se hubieran dicho ya. Me arrepiento. Como hija de vencido, mis esfuerzos han tenido que ser en dar mi opinión, educada en aquello de “que no se enteren fuera de lo que hablamos en casa”. Frase que aún hoy me duele, parece que la tengo grabada en la piel a sangre y fuego. Por eso he agradecido a los escritores, cineastas y artistas que han dado voz a quienes no la tuvieron. Y me cuesta seguir escribiendo sobre ella, cuando todavía no hemos digerido el hecho de que no está.

Almudena Grandes ha conseguido lo que todo escritor sueña: una legión de lectores que le han permitido vivir de la literatura. Todo un lujo. Más siendo mujer. No me cansaré de decirlo. Y me alegro infinito de ello, algo tendrá el agua cuando la bendicen. Eso, el que una mujer escritora viva de los lectores, en este país cainita y machista, genera muchas envidias, aunque también muchas admiraciones. Pero es un hecho innegable, solo hacía falta ver las colas de sus seguidores en la Feria del Libro, sus ventas de cada uno de los volúmenes que ha ido sacando a lo largo de su vida, la fidelidad de sus lectores. Y no con insulsas historias, sino con novelas políticas, sociales en las que había amor, sí, pero muchas otras cosas.

Almudena Grandes ha conseguido lo que todo escritor sueña: una legión de lectores que le han permitido vivir de la literatura. Todo un lujo. Más siendo mujer

Cuando pienso en ella y en su escritura, pienso en otras antecesoras, sobre todo en dos: Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. Dos de las grandes que también fueron admiradas. ¿Nos hemos fijado en que hablamos de ella como Almudena y ya sabemos quién es? Como Don Benito, no hace falta añadir el apellido. Las jóvenes mujeres que quieran escribir ahora lo tendrán más fácil gracias a ellas y si  alguna quiere hacerlo y le dicen, no seas tonta, chiquilla, que de la literatura no se puede vivir, esa chica puede responder: sí, se puede, Almudena lo hizo, siendo mujer. Es ya un referente para todas nosotras, y un referente muy generoso, del que voy a contar una anécdota.

En el 2019, antes de la pandemia (a. de p.), desde la Asociación de Mujeres Escritoras e Ilustradoras a la que pertenezco, decidimos hacer una antología de escritoras vivas, en castellano, porque estábamos cansadas de que en las antologías de cuentos hubiera menos escritoras con el argumento de que no había suficientes. Decidimos ponerle un título largo: Esas que también soy yo, y un subtítulo: Nosotras escribimos, toda una declaración de intenciones. Casi todas las escritoras se entusiasmaron con el proyecto, aunque hubo algunas que no quisieron participar. Almudena Grandes, en cambio, no solo nos mandó un cuento, mandó cuatro, para que escogiéramos el que más nos gustara. Cuando le hablé de firmar un contrato de cesión, algo obligado para hacer las cosas bien, casi le dio la risa: venga, que no hace falta, conmigo no vais a tener ningún problema. Como así ha sido.

Cuando pienso en ella y en su escritura, pienso en otras antecesoras, sobre todo en dos: Ana María Matute y Carmen Martín Gaite. Dos de las grandes que también fueron admiradas

En los pequeños gestos se ve la grandeza de las personas. Escogimos de ella un relato de una abuela, porque no había ninguno en la antología, una abuela entregada, cuidando nietos, llevándolos al colegio, encargándose de ellos mientras la hija trabajaba, aunque terminara agotada. ¡Qué paradoja!  Ahora que Almudena Grandes iba a ser abuela, no va a poder disfrutar de esa faceta de la vida. Y lo siento, lo siento mucho, porque a los nietos se les malcría, lo mismo que a los hijos se les educa y reprime. Es un rol maravilloso.

Mi acercamiento personal (no el literario, que comenzó con Las edades de Lulú) vino a través de los homenajes a los republicanos, de conciertos como el de Rivas Vaciamadrid que, bajo el título Recuperando memoria, reunió a miles de personas, a muchos artistas y escritores para rendirles el tributo que se merecían y que nadie les había brindado. Después vino Valencia, Canarias y, como en el viaje a ninguna parte, fuimos haciendo asendereados caminos, ella hablando, otros cantando, y yo en la regiduría y organización. Nunca le dije que me he leído muchos de sus libros, que los he regalado en cumpleaños a mis amigas, que unos me han gustado mucho y otros menos, que tengo algunos pendientes, pero que con su saga galdosiana me rendí a sus pies. Por eso escogí un texto de Los pacientes del doctor García para leer en voz alta en el cementerio, el día de su despedida. Un día luminoso, frío, pero sin viento, con un sol que nos fue calentando a todos los que estuvimos esperándola desde las diez y media de la mañana, porque ya a esa hora había gente. Y me acordé de Flaubert, que describió una mañana soleada y brillante para enterrar a su protagonista, Madame Bovary. Los madrileños le brindamos como despedida ese día de otoño, soleado, sin mucho viento, con las hojas secas crujientes en el suelo, los árboles amarilleando, las flores que la acompañaron y los allí presentes, con sus libros en la mano, como ramas de un tronco común llamado Almudena Grandes, para dejar constancia, para leer allí mismo. Un día me la encontré en la librería Alberti y le dije que me había pasado las navidades leyendo Los pacientes del Doctor García, pero no pude decirle por qué me había gustado, ni la emoción de encontrarme entre sus páginas con el camarada Norman Bethune, uno de los mitos románticos de mi época universitaria y militante pro china, porque cuando fui a hablar, se me agüitaron los ojos y el nudo impidió que las palabras salieran con fluidez. Como tengo los ojos agüitados (qué bonita palabra mexicana- poblana) desde el sábado pasado, 27 de noviembre.

De ese libro salió por azar un texto que leí, en el que cuenta cómo se camuflaron los nazis en nuestro país tras la segunda guerra mundial, cómo se cambiaron algunos de ellos el nombre y cómo se hicieron millonarios. Al acabar, una mujer, guía del cementerio civil, también con un libro de Almudena Grandes, me dijo: ya que has leído ese texto, te diré que estás delante de la tumba de un nazi. Miré hacia atrás y vi un apellido alemán. Me contó que también en ese cementerio hay bastantes nazis enterrados porque eran protestantes, y que muchos de ellos variaron las fechas para borrar su pasado. Ese pasado del que Almudena Grandeshizo memoria, recogió historias de la Historia y las devolvió al público en forma de novelas. Pero qué paradoja: en el cementerio donde está Pablo Iglesias, la Pasionaria, Marcelino Camacho o Rosario la dinamitera, donde está Almudena Grandes o Santiago Carrillo, hay también nazis enterrados. La vida se entrecruza hasta en los cementerios.

Me gustaba de ella ese aire a lo Ana Magnani que tenía, latina, racial, madrileña, castiza de voz aguardentosa que le acercaba a los que no la conocían, como si fuera alguien de la familia, alguien afín. Esa capacidad que tienen ciertas personas de ser como “de toda la vida”, alguien a quien esperas en una comida familiar para que te cuente lo último que ha hecho, su último viaje, o el consejo que en un momento necesitas para seguir adelante. Quiero recordar a Almudena Grandes como una mujer afortunada: una mujer afortunada y torrencial como la Magnani, en la literatura, en el amor y en la amistad, una mujer afortunada entre sus lectores. Lástima que no haya podido culminar sus episodios y no podamos leer más, nos ha dejado huérfanos de historias, que habrá que buscar en otra parte. Quiero recordarla también como una mujer alegre que, al sonreír, enseñaba el espacio que había entre sus dientes delanteros y que le daba cierto aire de niña traviesa.

Fui a despedirme de ella al tanatorio como amiga, dar un abrazo a su marido y a los conocidos allí presentes, pero fui al cementerio civil a despedirme de ella como lectora y ciudadana de Madrid, de ese Madrid que tanto ha querido, que ha sentido tan de ella, tan presente en sus novelas, tan presente en uno de los pregones más emotivos y de reconocimiento a esta ciudad, el que dio cuando era alcaldesa Carmena; un Madrid Villa y Corte, con una doble vida, una doble corriente, la oficial y la subterránea, con unos ciudadanos que le rindieron un justo homenaje en su despedida, ya que sus autoridades, me refiero a las municipales y autonómicas, no lo iban a hacer. Y lo sabíamos. Que les den. Nadie nos roba a Almudena Grandes.

Posdata: Al terminar estas líneas, me entero de que el Gobierno ha decidido otorgarla la medalla de Bellas Artes a título póstumo. Bienvenida sea. Pero digo yo: ¿no podían habérsela dado en vida? ¿Es que antes no se la merecía? De lo de negarle ser hija predilecta, mejor ni hablamos.

Carmen Peire es escritora y su último libro es Cuestión de Tiempo (Menoscuarto).

Lo que nosotras aprendimos de Almudena Grandes

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Publicado el
2 de diciembre de 2021 - 21:43 h
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