Comprar un búnker barato

Begoña Curiel (El libro durmiente)

El libro durmiente comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.

Lugar seguro

Isaac Rosa

Seix Barral (2022)

Rentabilizar el miedo es el filón empresarial de Segismundo García. Otra cosa es lo miserable que sea su existencia mientras vende "lugares seguros" que aplaquen las ansiedades de esta sociedad que él mismo sufre. Esta es una novela profunda e inteligente pese a la pátina cómica que la envuelve.

Los García llevan el pillaje en el ADN. El segundo de la saga, la voz narradora, vende búnkeres baratos. Su padre, ahora perdido en una enfermedad mental, estuvo en la cárcel por sus malas prácticas como empresario. El hijo se maneja bien entre negocietes de medio pelo con apuestas entre compañeros de clase y colegas. De tales palos, tales astillas.

Durante veinticuatro horas acompañamos al "segundo" a esos hogares donde trata de colocar su producto. Con su pico de oro no hacen falta carteras abultadas: amolda el discurso a las posibilidades económicas del incauto aterrorizado por las noticias que diariamente advierten del posible fin del mundo con la suma de catástrofes. El miedo se adapta como un guante al posible euro a rapiñar.

La seguridad no necesita de una gran infraestructura: un garaje lleno de trastos o una piscina son potenciales ubicaciones del refugio ante todo tipo de amenazas globales.

Isaac Rosa no inventa nada con su Segismundo. Exprime la incertidumbre del alma angustiada y si no lo está, crea "necesidades" para meterse en el bote al comprador. Contemplar el futuro como un pozo sin salida desgasta y debilita; la anticipación de realidades que no existen –por muy probables que parezcan– es un peligro que quiebra el ánimo de manera efectiva. Segismundo García azuza ese filón de dudas para cazar clientes.

No es un personaje simpático, ni mucho menos. Apesta aunque en realidad cause más lástima que alguno de sus compradores. Hasta de su patetismo rebaña el autor en busca de las carcajadas del lector aunque sean de las que dejan un poso amargo que revela que ni mucho menos estamos ante una comedia.

Sin embargo tienes que reírte con sus "botijeros" y "prepas". Me recuerdan a la "mochufa" de la estupenda novela Los asquerosos de Santiago Lorenzo etiquetando algo parecido a las tribus que reúnen determinadas características.

A Segismundo García narrador le tiran para atrás los "botijeros" aunque sea él experto en vender humo y desprecie a esos "ecocomunales" que intentan mejorar el mundo con pequeños granitos de arena. Es lógico que los aborrezca: representan una alternativa que podría recortar su bolsa de compradores entre desorientados y zombis que compran el discurso del "sálvese quien pueda" y "el que venga detrás, que arree".

El escritor dice entre líneas que sí es posible un futuro mejor o que, al menos, no habría que abandonarse a la apatía de los hombros caídos. Parece que el mensaje derrotista inunda este Lugar seguro pero no; hay puertas por las que se cuela la luz si se está por la labor de empujarlas. A su manera insufla ánimos –pese a la abundancia de "Garcías por el mundo"– sin moralejas simplonas ni cuentecitos para niños pequeños antes de dormir.

Los gestos, invisibles quizás a los ciegos de mente, importan y mucho aunque procedan de anónimos que, inmunes a la desesperanza, van a por la solución en vez de tirarse de los pelos, medrar como estos señores García o ningunear a las víctimas al más puro estilo de la administración y/o político que alardea de conocer la calle sin haberla pisado.

Isaac Rosa no escribe para entretener aunque de paso lo haga. Lo conocía ya por La mano invisible, otra obra que grita al ciudadano para que no se quede repantingado en el sofá. Es un escritor diferente, con estilo propio y reflexivo que a su manera exige pensar al que pasea por sus páginas. Y no le hacen falta frases ni expresiones sesudas. Su lenguaje es directo, el ritmo fluido en el monólogo de Sebastián II, la escritura certera.

La portada es genial. La sonrisa de la mujer en el centro y la despreocupación del resto de la familia que esquiva la mirada a la explosión al fondo es un acierto. Otro Premio Biblioteca Breve de Seix Barral que me ha cautivado después de la maravilla del año pasado de Juan Manuel Gil conTrigo limpio.

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