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Creer y crear: Angelina Muñiz se enfrenta a un presente 'en-red-ado' y ruidoso

Carta a una ardilla y otros especímenes

Angelina Muñiz-Huberman

Renacimiento (Biblioteca del exilio, 69) (Sevilla, 2023)

 

La fórmula cartas a… ha gozado de fortuna: Feijoo, Cadalso, Blanco White, Daudet, Benavente, Maurois, se han valido de ese enunciado, por solo citar unos pocos antecedentes. Pero quizá sean las Cartas a las golondrinas (1949), de Ramón Gómez de la Serna, quien también publicó unas Cartas a mí mismo (1956), las que estén más cerca de nuestro libro, a pesar de las notables diferencias entre ambos. Sin embargo, tienen en común el yo del autor que se manifiesta de forma explícita, la presencia de la realidad histórica y social, la crítica que suscita el presente, y la interlocución de las golondrinas ("posadas en los hilos del telégrafo", escribe Ramón) o, en nuestro caso, de las ardillas.

El libro de Angelina Muñiz-Huberman se compone de un prólogo, un segundo texto que puede servir como zaguán a las cartas, en el que el narrador se limita a observar a dos colibríes que están revoloteando, y de sesenta cartas relacionadas entre sí, formando lo que podría llamarse un ciclo de cartas, en el mismo sentido en que hablamos de ciclo de cuentos o de microrrelatos. Con este propósito, se ha valido de un punto de vista, de una perspectiva desde donde poder observar el mundo, las personas, y juzgarlo. Veintiuna de ellas se dirigen a la ardilla del título, que se pasea por los cables de la luz, haciendo equilibrios; once, a un adolescente problemático, y el resto, entre una y cuatro cartas, a diferentes emisarios, que pueden ser animales diversos (un pinzón, una tórtola, unos gatos y el pájaro-primavera o mirlo), lugares (la ventana), u otros más generales o inconcretos aún, como los paseantes, un trompetista, los ruidosos, los muertos, una mera fórmula (a quien corresponda, a nadie o a nadie en especial, no sé a quién, a qué, a un tú, a todos), e incluso se dirige a una persona concreta (Lydia) o a la luna, pues a todos aquellos que observa al pasar por debajo de su balcón les adjudica una historia. En la carta dirigida "a quién", por ejemplo, la número 22, defiende el inconformismo, el poder "destruir a toda velocidad. Romper, romper y romper" (página 65); aunque luego cuestione la violencia de los manifestantes (página 114).

De entre todos ellos, sólo dialoga con la ardilla. Así, no resulta menos significativo que se dirija, sobre todo, a un pequeño animal y a un adolescente, sintiendo más aprecio por el primero, pues al segundo casi sólo le hace reproches. Al respecto, confiesa la autora: "Prefiero a los animales, son mejores y más comprensivos. No se drogan" (página 73). Se pone de manifiesto, por tanto, la necesidad de disponer de un interlocutor, obtenga respuestas o no. Y como no encuentra un ser humano con quien hablar, pues confiesa: "hablar con los humanos es difícil" (página 111), se inventa las cartas.

El caso es que casi prescinde de los animales de compañía más obvios, ya sean gatos (aunque les dirige dos cartas, en una de ellas exalta la anarquía gatuna), perros (la carta número 11 está dedicada a nueve dueños o paseantes de perros, pues tener perro se ha convertido, nos dice, en una moda), canarios o periquitos, y se centra en animales que vuelan, quizá porque pueden acercarse al séptimo piso en que ella vive, quien observa "la vida que desfila", situada en esa alta atalaya, tanto desde el balcón, como desde la ventana de su casa. No en vano, la cita inicial de León Felipe dice: "Todo el ritmo de la vida pasa por el cristal de mi ventana". Recuérdense, además, las reflexiones de Carmen Martín Gaite sobre cómo las mujeres veían el mundo a través de las ventanas, de ahí que las llamara ventaneras. Desde ese encuadre, la autora observa el mundo y los seres que lo pueblan, ya se trate de humanos, animales o de cosas (tales como coches, motos, ciclistas o patinetes, entre agresivos y ruidosos), y reflexiona con una actitud crítica, mostrándose pesimista con "lo contemporáneo" que, para ella, "carece de atractivo", pues "estamos en la Edad Media de la Fealdad", y que divide "entre lo impreciso y lo inmediato. Desconoce la perspectiva y lo oblicuo. El equilibrio y la lentitud (…) Es decir, lo interesante" (página 31). En suma, denuncia el deterioro del ecosistema (páginas 84, 113 y 129), el abuso que se hace de los móviles, de las máquinas de todo tipo "que se han adueñado de nosotros" y que nos tienen en-red-ados (página 79). Las ardillas, en cambio, como la misma autora nos dice, viven en equilibrio y tienen más inteligencia que los humanos. Así, concluye: "No sé qué ha pasado con nuestra especie. Cómo la hemos ido estropeando poco a poco. Perdiendo la inteligencia vital y quedándonos con la mecánica" (página 84).  

Son también unas cartas escritas en México, pero que ven la luz en Sevilla, en una especie de tornaviaje. El caso es que se impone, en suma, la voz de la autora, su yo personal, el cual no se distingue de quien escribe las cartas, reflejando su visión del mundo en una época de pandemia, con el coronavirus al acecho. Una experiencia que ya había tentado a otros narradores españoles, como Antonio Muñoz Molina (Volver a dónde, 2021). Otra de las singularidades de nuestro libro es que, en numerosas ocasiones, salta de la prosa, más propia de las cartas, al verso.

En diversos momentos, alude a su propia biografía: su infancia en Hyères (Francia) y en una aldea en Cuba (páginas 54, 56); la trágica muerte de su hermano a los ocho años (página 140); su tía andaluza, la bailarina (página 49); Lydia, su mejor amiga, perdida hace años, cuya relación conocíamos por otros libros suyos (páginas 89 y 105-107); las clases de latín de una profesora del exilio español, que había participado en el célebre crucero por el Mediterráneo de profesores y alumnos, en 1933, organizado por la Institución Libre de Enseñanza (página 108); o a su vida presente, como cuando critica a México ("país desatado", lo llama, página 39) o a su capital (la tacha de infortunada, despiadada, enredada, ruidosa, páginas 15, 21, 39, 117), toda una tradición entre los escritores residentes en la ciudad, entre ellos algunos de los exiliados republicanos españoles, como José de la Colina, muy crítico también con la ciudad de México. El ruido es, para ella, otro de los desastres de nuestra época, pues confiesa que padece algiacusia, hipersensibilidad auditiva (páginas 115 y 117).

Con estos mimbres, le escribe a la ardilla, a cuya especie le atribuye el "verdadero progreso", en contraste con la vida de los hombres, y quien se declara atea, mientras que la autora confiesa que creer "es la fuente de la esperanza" (página 40). En cambio, al adolescente, que no ha aceptado el divorcio de sus padres, lo tacha de drogadicto y bebedor, ensimismado, paralizado, perdido e inestable. Y aunque la autora confiesa que es producto de su invención, contiene las trazas propias de un origen autobiográfico. Quizá podría haber sido más comprensiva con esta trágica y desangelada figura, pues carga demasiado las tintas contra lo que representa. Confiesa, en suma, que con la ardilla se divierte, pero con el adolescente, su contrapunto, se deprime, pues su vida no le parece interesante y no merece la pena preocuparse por él. 

De lo que se va comentado en las diferentes misivas, se desprende una poética sencilla, pero que nos sirve para entender mejor las ficciones de Angelina Muñiz. Pues confiesa que "a veces veo sonidos y oigo visiones/ (…) No me conformo con lo que veo. O lo que oigo. Debo inventar/ (…) Cambio la realidad a mi gusto" (página 103). Así, la realidad, afirma, debe ser reinventada, para presentar "Lo extraño como natural/ Lo natural como extraño" (página 50); aparece una reflexión sobre el funcionamiento de la memoria: "Esos cajones de la memoria/ ¿Por qué se abren y se cierran? ¿Quién los maneja?/ (…) Recuerdos que son inventados/ (…) Que si sueño aparece el recuerdo./ El recuerdo desvirtuado./ El recuerdo que no es sino la obsesión" (páginas 51 y 52); defiende que "la gran posibilidad del conocimiento es imaginar" (página 53); pero también que no es necesario contarlo todo, apelando a la seducción del misterio, pues "el vuelo de la imaginación es lo que cuenta" (página 77). Nos encontramos, además, con una crítica de las palabras ("todo el problema radica en las palabras"), que parece que fueron creadas para enredarnos, las llama las palabras engañosas, mientras que, con la ardilla, se entiende a base de sonidos, lo que denomina "sonidos-ideas" (páginas 40 y 78); por el contrario, defiende lo que considera "la palabra verdadera, la congruente, la establecedora. La única palabra que es el gran hallazgo conciliatorio. Porque las otras palabras vuelan, se atropellan, se arrepienten" (página 77).

Tanto la carta 24, destinada a la ardilla, como la 56, dirigida a Nadie, se sustentan en juegos con el lenguaje, que no resultan infrecuentes en su obra. En otros textos, se vale de la intertextualidad, de fragmentos de canciones, dichos, refranes, trabalenguas, referencias a títulos, versos o motivos conocidos. Recuerdo ahora solo unos pocos ejemplos, de Jacques Monod, Neruda, Proust, Pascal ("es lo malo de los humanos: no saben estar solos", página 115) u Olivier Messiaen, a quien Mario Cuenca Sandoval le dedicó recientemente una buena novela.

Es difícil no estar de acuerdo con la visión crítica y pesimista de la autora sobre el presente, con quienes nos gobiernan: "no sirven para nada y todo lo echan a perder. Solo piensan en su breve momento de poder. Ser como reyes. Autoritarios. Todopoderosos. Arbitrarios" (páginas 84 y 113). Denuncia la invención de noticias que a veces se demuestran falsas. En suma, concluye pesimista: "El ser humano ha perdido el rumbo" (página 113). Pero, para que no haya malentendidos, aclara que "ningún tiempo pasado fue mejor" (página 113).

Conviven aquí, en suma, la memoria, la invención y la reflexión crítica. En las cartas se entremezclan los recuerdos del pasado con las sensaciones que le produce un presente problemático (el presente narrativo transcurre entre el 2019 y el 2020), en época de pandemia, con la crítica al mundo actual, globalizado, nada respetuoso con el ecosistema, y todo ello, en manos de malos gobernantes.

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Es una lástima que no se conozca mejor en España la variada e importante obra literaria de Angelina Muñiz-Huberman, nacida en 1936, exiliada republicana de la llamada segunda generación, o de los hispano-mexicanos, como ella misma los denominó, quien ha pasado casi toda su vida en México. Estas misivas podrían ser entendidas también como unas cartas a mí misma, a la manera de un soliloquio, que le han servido a la autora para reflexionar sobre el mundo actual, sin por ello dejar de ser unas cartas dirigidas a todos aquellos lectores curiosos.

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* Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario.  

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