Edición biológica, entre la precaución y la temeridad

Albino Prada

Editando genes: recorta, pega y colorea - Las maravillosas herramientas CRISPR

Lluís Montoliu

Next-Door (2021)

En la tercera edición del ensayo Editando genes: recorta, pega y colorea (Next-Door, 2021), Lluís Montoliu ofrece una muy útil panorámica sobre la vertiginosa evolución de las técnicas CRISPR-Cas9 en los últimos años. Contabiliza desde 2013 más de 22.000 publicaciones, de las que da cuenta en una bibliografía especializada que ocupa treinta páginas al final del libro, referidas a la biotecnología, la biomedicina o la microbiología. 

En esa panorámica no falta el hilo conductor desde procedimientos anteriores para conseguir variaciones de plantas, animales o humanos; ya sea con alguna característica de resistencia a enfermedades o de mayor utilidad para alguna necesidad humana. Lo que el autor llama consecuencias clínicas o biotecnológicas. Por ejemplo para detectar ayer mismo el SARS-CoV-2 de la pandemia covid-19, o llegar a manipular la línea genética hereditaria de nuestra especie, lo que se ha dado en llamar trans humanismo.

Una técnica con 3.500 millones de años

Cuenta el autor que en el año 2011 decidió centrar su atención en la parte del genoma no codificante, el que no es el dos por ciento que contiene nuestros veinte mil genes, lo que se denominaba por entonces “basura”.

Muy pronto se vio que en ese 98 %, múltiples secuencias repetidas funcionaban como sistemas de defensa de las bacterias con un rastro evolutivo nada menos que de 3500 millones de años. A estas repeticiones (CRISPR) se les reconoció una parte esencial de dichos sistemas de defensa contra los virus.

No aparecen como artistas principales entre los 20.000 genes que regulan nuestras funciones vitales (ARN, proteínas) pero, aparte de ser un recordatorio evolutivo de tales sistemas, contendrían otros elementos reguladores que gobiernan la funcionalidad (interruptores, instrucciones) de los genes. Se explicaría así que teniendo un número de genes no muy distante (por ejemplo un gusano y un humano) tengamos una muy distinta complejidad biológica.

Entre 2003 y 2013 se habría identificado la importante función de dichas repeticiones antes denominadas basura o materia oscura. A partir de ese momento “podíamos promover cambios en cualquier ADN de cualquier organismo de forma precisa usando las herramientas que las bacterias utilizaban para defenderse de virus invasores” (página 115). De las bacterias a cualquier organismo.

Cierto es que un proceso que en la naturaleza era de suyo lento pasará ahora a ser potencialmente muy rápido, con un ahorro de tiempo (por ejemplo en ratones) de dos tercios del antes necesario. Rapidez y reducción de la variabilidad que, si bien podría resultar provechosa para unas cosas, “podría tener consecuencias ecológicas catastróficas” (página 285) cuando de ratones gestionados en cautividad, pasamos a moscas o a otros seres vivos (animales o vegetales) en libertad.

Intereses y necesidades

No son muchas las referencias que en este ensayo se hacen al trasfondo económico que actúa en torno a estas líneas de investigación científica. Aunque el contexto económico podría resumirse en dos vectores: temeridad en la oferta y en la demanda.

Desde la perspectiva de la demanda (de las industrias agro alimentarias, farmacéuticas o sanitarias) el solucionismo que se atribuye a estas tecnologías es de tal magnitud que sus intereses multimillonarios no se van a parar en detalles de precaución. Si, como veremos un poco más abajo, las incertidumbres se gestionan como riesgos en marcos normativos (excepto en Europa) muy laxos.

Hablo de solucionismo porque el autor, según la FAO, la producción de alimentos se deberá incrementar un 70% para 2050, para poder dar respuesta a toda la demanda de una población creciente y cada vez más agrupada en ciudades. Y mientras en lo sanitario al menos se interroga si no hay alternativas a la edición genética, en este caso ese “deberá” no se matiza por un cambio en la distribución mundial y en la dieta (vegetal/carne). O por un imprescindible freno demográfico basado en la educación y empleo de las mujeres o en una contención de las megalópolis urbanas.

Si esto fuese así no estaríamos ante una escasez de alimentos que deba solucionarse con la magia genética. Más si para hacerlo dejamos como un juego de niños aquella Primavera silenciosa escrita en 1962.

Por no hablar de la insaciable demanda potencial de cualquier ocurrencia de mejora para los humanos del primer mundo que puedan pagársela (de entrada en la fertilización).

Una deriva despilfarradora en un mundo en el que problemas de salud pública masiva podrían paliarse con menos de lo que cuesta un laboratorio para estas quimeras. En un mundo en el que a día de hoy el problema no es la precaria fertilidad de los muy ricos sino la descomunal de los muy pobres. Mortalidades y natalidades que se solucionarían con mejores políticas públicas, no con milagros de edición genética.

Cuando así no se hace, y paso a la perspectiva de la oferta, nos enteramos hacia el final del ensayo que la empresa Editas Medicine recibe una inversión de 1.700 millones de dólares para sus productos clínicos y terapéuticos derivados de las técnicas CRISPR.

Y si bien hay ciencia abierta sin ánimo de lucro en estos temas, como Addgene, muchas empresas con ánimo de lucro sufren pérdidas de millones de dólares en bolsa cuando resultados inesperados nos recuerdan que nos movemos en arenas movedizas. Por no hablar de las guerras de patentes que se establecen para neutralizar un adversario en el mercado y practicar un control monopolístico del mismo. Como documenta el autor, muy pronto lo que era ciencia abierta en institutos públicos genera unas “enormes expectativas de negocio” (página 122) que moviliza ingentes cantidades de dinero y sus equipos de abogados.

Para desmercantilizar y socializar estas posibilidades tecnológicas y, al mismo tiempo, frenar sus incertidumbres más letales se hace necesario cuanto antes su control social e institucional. Y a eso vamos.

Incertidumbres

“Los experimentos de edición genética con CRISPR no son infalibles ni sus resultados son predecibles con total seguridad o certeza” (página 153). Para el autor de este ensayo habría al menos tres vías para que esto sea así.

En primer lugar se pueden generar mutaciones no deseadas, algo crítico con embriones humanos aunque no tanto con otros seres vivos que podamos descartar. Pues sabemos cortar el genoma con precisión pero no pegarlo, de manera que no sabemos controlar todas las ediciones no deseadas, con lo que alteramos la expresión de genes vecinos o del propio gen que queremos editar lo que acarrea consecuencias asociadas desconocidas. Además la proteína p53 (“el guardián del genoma”) actúa para corregir o anular la edición y, al mismo tiempo, el desactivarla supone aumentar el riesgo de tumores. 

El resultado de todo lo anterior reclama actuar “aceptando humildemente nuestra ignorancia en muchos de estos temas” (páginas 182 y 339). Y aunque en este punto Montoliu propone intentar minimizar estos problemas en lo posible lo cierto es que no estamos ante un problema de gestión de riesgos sino en otro muy distinto de incertidumbres. Ante situaciones “peligrosas que resulten difíciles o imposibles de controlar” (página 279).

Aunque el denomine unas veces como “riesgos” estas situaciones incontrolables e impredecibles y otras admita “las muchas incertidumbres que todavía tenemos respecto a la edición genética” (páginas 324 y 355), su ambivalencia le permite sortear el principio de precaución en la gestión social de estas tecnologías.

Pero en este punto la distinción radical entre riesgo e incertidumbre se vuelve crítica, no valen medias tintas y el tratarlas como equivalentes.

Solo así se entiende su posición sobre el artículo 13 del Convenio de Asturias (1997) que impide la edición genética de embriones humanos en Europa y la aplicación del principio de precaución por el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) al considerar organismos genéticamente modificados (OMG) a los editados genéticamente. O que el autor de este ensayo sea radicalmente favorable al consumo de plantas transgénicas.

Ejemplos de sensatas políticas de precaución ante situaciones no de riesgos controlables sino de incertidumbres. Ante las que nuestro autor considera que “Europa parece ir en sentido contrario al resto del mundo, de nuevo perderemos el tren del progreso y la innovación” (página 305). Lo que supone una impugnación de la directiva 2001/18/CE y de nuestras leyes 14/2006 y 14/2007 que traducen aquél sensato principio de precaución.

Y en vez de generalizar, por ejemplo a través de Naciones Unidas, estas buenas prácticas institucionales al resto del mundo (a Chimérica en primer lugar) se congratula de que la comunidad científica presione al TJUE para que no razone con consideraciones sociales o económicas y solo científicas. Ya que, si ciertamente vivimos en un mundo globalizado, no es de recibo el argumento de que alguien en todo caso lo hará, sino el de hacer todo lo posible para que así no sea.

No es de recibo propugnar una igualación a la baja por parte de un miembro del Panel de Ética del Consejo Europeo de Investigación. Porque la globalización nunca puede ser una excusa para devaluar-igualar a la baja los estándares que debieran ser la base de una sociedad decente.

Algo que nos dejó meridianamente claro el affaire He Jiankui (2018) en China al editar embriones humanos, encontrarse con alteraciones no previstas y continuar adelante con su presunta búsqueda de niños resistentes al VIH.

Globalizar las restricciones institucionales es la única política coherente cuando no estamos en condiciones de garantizar “el mínimo nivel de seguridad que se requiere” (páginas 173 y 216) en la edición de embriones humanos “debido a la incertidumbre demasiado alta que tienen los sistemas de reparación” (página 218). Porque ponemos en grave peligro no solo la vida directa de los pacientes sino también al resto de la población humana o al resto de la naturaleza.

En este contexto de radicales incertidumbres las tranquilizadoras fronteras conceptuales entre edición intra genética (CRISPR) y transgénica (OMG) son funcionalmente muy borrosas, al igual que la que se pretende entre edición genética de embriones humanos con fines terapéuticos (no hereditaria) o con fines de mejora (hereditaria). Porque la presión de los que buscan monetizar millonariamente estas tecnologías pasará por encima de todo, y de todos, si nada lo impide.   

Así las cosas si antes de CRISPR fueron las técnicas TALEN o ZFN, no me tranquiliza nada que se denominen con nombres de dioses protectores -como ZORYA o KIWA- hasta diez nuevas sendas de edición genética derivadas de bacterias, en las que se podría empezar a trabajar en los próximos años.

 

Albino Prada es ensayista e investigador.

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