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La izquierda aplaude la respuesta a los ultras franceses, pero se distancia de la idea del Frente Popular

Un goce, un dulce y amargo escalofrío

Alfons Cervera

Jóvenes antifranquistas (1965-1975)

Eugenio del Río

Los Libros de la Catarata (2023 - 270 páginas)

De palabra en palabra, / de silencio en silencio, / fuimos abriendo un surco / profundo a nuestro sueño.

José Bergamín

Elogio de la autocrítica

Cuando me acerco a libros ajenos, más que hacer "crítica literaria", lo que me gusta es contar una historia y añadirla a la que alienta el texto sobre el que escribo. La que empieza ahora tiene nombre propio y un título: Eugenio del Río y Jóvenes antifranquistas (1965-1975). La escritura y la vida. El tiempo que entre una y la otra se reparte, casi nunca a partes iguales. Aunque a veces lo intentemos. La militancia antifranquista en los años sesenta y setenta del pasado siglo ocupa las páginas de este libro que podríamos considerar una confesión. Una magnífica confesión, dicho ya sin tapaduras. Una confesión. De qué. A quién. Por qué ahora, después de tanto tiempo. En bastantes de aquellos años, yo veía a Eugenio del Río sólo en las fotos, desde abajo, como se miran las estatuas en los parques públicos o en las plazas principales de los pueblos. Era (él, no yo) secretario general del Movimiento Comunista (MC). Tenía la estatura de un pívot del básquet y entre la estatura y que era el cuadro más importante del partido, la cosa no admitía discusión ninguna: lo miraras como lo miraras, era un tío grande. Seguro que habrá, entre los y las de entonces, opiniones diferentes y eso no es sólo legítimo sino de lo más normal cuando el aire oxigenado circulaba regular tirando a poco (por motivos evidentemente endógenos y exógenos) dentro y fuera de las organizaciones políticas. En todo caso, la vida va a su bola casi siempre y cada cual busca y a veces encuentra lo que en algunos momentos de esa vida no hubiera podido siquiera imaginar. Yo mismo trabajé de hornero todas las noches desde los diez u once años hasta casi los treinta y no saben ustedes cuánto amaba ese oficio que es de los más dignos —si no el que más— entre los que he tenido la fortuna de desempeñar a lo largo de mi vida; sólo pisé la Universidad algunos ratos de un curso de Magisterio que me permitía el trabajo en el horno; no jugaba del todo mal al fútbol y, gracias al primer despido en la larga lista que llenaría luego mi dilatada vida laboral, acabé escribiendo novelas y poemas, algunos ensayos literarios y columnas como la que estoy dedicando a un autor y a un libro de los que me siento rendido admirador. Así, sin medias tintas. Por otra parte, he de dejar claro que sólo escribo de libros que me gustan. No así cuando escribo de política: casi siempre lo hago de la que no me gusta y, sobre todo, de quienes la hacen lamentablemente posible.

Ya en las primeras páginas de Jóvenes antifranquistas, una aclaración: "Las reflexiones aquí contenidas parten de mi experiencia directa y del conocimiento de otras muchas trayectorias personales y colectivas, así como de mi propio proceso de reconstrucción ideológica autocrítica desplegado a lo largo de varias décadas, especialmente durante los últimos treinta y tantos años". Y añade: "El autor de estas páginas arrastra la comprometida condición de testigo implicado, con cuanto entraña de ventajas e inconvenientes". Y una hoja después: "Estamos condicionados por lo que hicimos y por lo que vimos. También por hechos de los que tuvimos noticia indirecta. Y por aquello de lo que hemos sabido más o menos en años posteriores, a través de lecturas o de testimonios directos". Tranquilidad, por favor: no les voy a copiar aquí el libro entero. Pero creo que es importante conocer de dónde viene el autor y cuáles son sus intenciones. Reconstrucción ideológica, autocrítica, testigo implicado. Sobre todo, me quedo con lo del medio: autocrítica. Palabra que la RAE podría haber borrado del diccionario y no precisamente por los motivos que le rompieron el amor a Rocío Jurado en una de sus canciones más famosas: "de tanto usarlo".

Del miedo y los afectos

No resulta fácil abordar, tantos años después, un periodo largo de una vida donde caben muchas otras vidas, donde se cruzaron instantes de reflexión profunda y otros en que ponerse en marcha llegaba antes que las reflexiones. "Pensar es solidario de actuar", escribe María Zambrano cuando se acerca a Ortega y a una España que, más que una nación, "es un modo de vida en vías de nacimiento y siempre interrumpido". Que se lo pregunten a las derechas de este país, siempre dando la murga sobre las interrupciones que las izquierdas provocan para que su España -la suya, la de las derechas, digo- no siga siendo Una, Grande y Cautiva, que es la que a ellos, nostálgicos del franquismo y sus eslóganes más viejos y no tan eficaces como el ungüento Cañizares, de verdad les gustaría. Lo hace Eugenio del Río, según él mismo dice, desde menos seguridad que incertidumbres, decidido a ahondar en lo que fueron sus años jóvenes y en dónde están ahora sus inquietudes de entonces. Había nacido en Donostia en 1943 y, como todo en aquel tiempo, estaba inyectado, su entorno, de ese espíritu eclesial del que no resultaba fácil escapar. Muchas páginas del libro están dedicadas precisamente a eso: la influencia de ese espíritu en la de/formación de la juventud de entonces: "Mi generación pasó su infancia y su adolescencia en una sociedad saturada de catolicismo, en la que la Iglesia sostenía al Régimen, rezumaba autoritarismo y oscurantismo, dictaba las normas de comportamiento, definía las creencias y controlaba la educación". De ahí, de esas raíces, también surgiría un cristianismo de base que señalaría un camino a seguir lejos de las influencias castradoras oficiales de la institución eclesiástica. 

De otros sitios, en direcciones diferentes y a veces en una nada aparatosa confluencia, surgirían movimientos que tendrían que ver con el crecimiento de una conciencia, de una ideología y de un compromiso de muchos de aquellos jóvenes que empezaban a saber de dónde venía ese malestar existencial que los llevaba a buscar explicaciones a su descontento. Pero profundizar ahora en todo eso y lo que vendría después, ya lo dije: no es nada fácil. Uno de los motivos: el miedo. Miedo a explicar desde la lejanía en el tiempo los aciertos y los errores, y sobre todo: "miedo también a perder afectos levantados sobre experiencias comunes; miedo a la soledad". Quiénes éramos cuando andábamos inventándonos la vida y quiénes cuando esa vida es ya un complejo mestizaje donde resulta muy difícil encajar el pasado y lo que nos pasa. Mi amigo inolvidable, Luis Eduardo Aute: "el presente es lo vivido". Y si el futuro existe –qué quieren que les diga– será como esa mezcla de lo vivido y lo por vivir. Nada de espacios estancos: el pasado y el presente van juntos y, cuando nos aclaremos con ellos dos, ya hablaremos de lo que puede suceder mañana: "Muy frecuentemente, las nuevas ideas, las nuevas corrientes, se alzan sobre unos pilares que vienen del pasado". No sé si he leído algún libro en que, como en éste que les cuento, esa relación entre el pasado y el presente resulte más creíblemente necesaria. Creo que ninguno.

A ratos escribe en tercera persona y otras en primera, como si estuviera escribiendo una historia donde se mezclan experiencias propias y otras adquiridas a través de otra gente que estuvo ahí, para ayudarte a que la vida no fuera el foso de los cocodrilos. Uno de los párrafos que más a gusto he subrayado: "¿Qué impulsaba a aquellos jóvenes, que a veces abandonaban sus estudios y se ponían a trabajar en una fábrica, o pasaban a la clandestinidad y tenían que fugarse de sus casas, de sus ciudades, y empezar otra vida en lugares alejados? Si tuviera que responder en pocas palabras tendría que resaltar dos cosas: un profundo sentido de la solidaridad y una intensa rabia". La industrialización daría paso al compromiso obrero, sin descartar el crecimiento de estudiantes en la Universidad que sería "una faceta de primera magnitud en la transformación de la sociedad de esos años". Con todos los matices que se quiera, aquel sentido de la solidaridad y la misma rabia intensa resurgen hoy para cuestionar la injusticia y la desigualdad a que el nada compasivo capitalismo planetario está sometiendo a los pueblos más desfavorecidos. Y es un gozo grande descubrir que muchos de aquellos jóvenes, muchas de aquellas jóvenes, continúan en el tajo de la lucha por las causas más nobles y dignas que siguen reclamando su participación. Con más cansancio, seguro que sí, pero con la misma entrega de cuando el tiempo era otro y tan distinto al de ahora, aunque en las distancias cortas a veces se parezcan demasiado.

De reformismos y rupturas

Los años sesenta y setenta, los veinte años que tuvieron al franquismo y la transición de casi absolutos protagonistas: aunque este libro alcance sólo hasta 1975, con la muerte de Franco, la sombra de lo que cuenta se alarga a todo lo que duró la transición. Incluso hasta hoy, que es desde donde está escrito. El nacimiento de ETA, Eugenio del Río estuvo ahí: "No se puede decir que todos aquellos jóvenes revolucionarios estuviésemos particularmente inclinados a actuar violentamente. Sin embargo, estábamos convencidos de que era legítimo el recurso a la violencia política para alcanzar unos objetivos sociales y políticos concebidos como indiscutiblemente buenos e irrenunciables". En su salida hacia otras formas de oposición a la dictadura, fundó, con otros compañeros, el Movimiento Comunista Vasco en 1971, una organización que se extendería más tarde a otros territorios del Estado. El marxismo se convertía en el marco donde desarrollar las ideas que hasta entonces venían más de la necesidad de acción que de una reflexión profunda de lo que había que hacer en aquellas circunstancias. Éramos ideología, más que otra cosa. Él lo dice. Y había un mundo dentro y otro fuera de esa militancia. A veces de acuerdo y otras moviéndose, entre esos dos mundos, algunas más que notables disonancias.

Lo repite muchas veces Eugenio del Río en estas páginas que no tienen desperdicio: lo que estuvo bien (y fue mucho) y lo que fueron errores que nunca es tarde para asumirlos y contarlos, aun desde esa soledad de la que habla él mismo cuando aborda los años transcurridos hasta el recuento. Las inseguridades a la hora de fijar los puntos de arranque para ir poco a poco asentando la propia identidad del grupo. Casi todo –también algunas de las organizaciones de las que no habla el libro– eran ansias revolucionarias. En un lado, la reforma. En el otro, la necesidad de propuestas de ruptura que lograran cambiar el mundo que vivíamos por otro en que las personas —y no sólo el mundo así, en general— fueran mejores. Izquierda radical. Extrema izquierda. "Otra posibilidad es izquierda revolucionaria. Tiene a su favor que era el nombre que se daban las organizaciones a las que aludiré —escribe al principio del libro—. Nos indica el deseo de quienes empleábamos ese término de que un día triunfara una revolución… Era más bien una forma de identificarnos y de reconocernos". En ese sentido, y siguiendo el hilo argumental que separa ambas propuestas hacia el acabamiento de la dictadura, cobra fuerza la necesidad de marcar territorio político: "Un elemento prominente del acervo ideológico revolucionario fue la hostilidad hacia las izquierdas tachadas de ‘reformistas’". Esta barrera separadora con respecto a los ‘no revolucionarios’ era fundamental, no banal ni secundaria". El contexto ayudaba. La revolución china y luego la cubana. Las guerrillas latinoamericanas. Vietnam. La eclosión del sandinismo en la Nicaragua de Somoza. El Mayo del 68 y, casi al final del período que abarca el libro, Abril del 74 en Portugal. En los setenta, "los movimientos igualitarios de las mujeres", que crecerían en los ochenta y noventa, un tiempo en que "los modelos tradicionales de feminidad y masculinidad, así como las grandes distancias entre ambos, se fueron resquebrajando. Es uno de los campos en los que ha sido más visible el cambio cultural en España". Añadir aquí, a estos cambios, la influencia "de la literatura, del cine, de la música, de las artes plásticas". Cuando el derrumbe de la URS, todo, incluso lo que había habido de sueños en todos esos años, "acabaría decayendo". Pero la vida, en el tiempo de la duración que enmarcan las páginas de Jóvenes antifranquistas, seguía con más o menos afianzamiento organizativo. Nada resultaba fácil. Y casi todo estaba por construir con una cierta garantía de obtener resultados eficaces contra el franquismo.

Las dudas a la hora de diseñar las estrategias, de afilar las tácticas, de urdir mestizajes entre la teoría y la práctica para lograr que los objetivos aparecidos en los programas estatutarios fueran posibles. "… nuestra dificultad para encontrar las formas de lucha adecuadas, ¿no proviene de que ignoramos todavía en qué consiste el poder?", se pregunta Foucault en una entrevista con Gilles Deleuze sobre Los intelectuales y el poder. La zozobra que tantos años después provoca pensar que en muchas ocasiones servir al pueblo encerraba también, en esa definición, algo que tenía que ver con el poco aprecio a los propios y diversos valores de ese pueblo. El papel que habría de desempeñar el mito -como un conocimiento "no sujeto a verificación"- entre la militancia revolucionaria, cuando la realidad y el deseo apuntaban, tal vez sin saberlo, más a Luis Cernuda que a la dialéctica aprendida en un contexto teórico arrancado a la precariedad cultural de entonces. ¡Cuántos subrayados en el ajado ejemplar que guardo sin complejos de Los conceptos elementales del materialismo histórico, de una jovencísima Marta Harnecker! La conocí muchos años después en una visita a València, cuando ella vivía en Cuba, y nació de ahí una hermosa amistad que acrecentó, más si cabe, mi admiración por ella y su "librito", un librito que para alguna gente, seguramente con mayor formación intelectual que la mía, resultaría insignificante. El adentro y el afuera de siempre. La autocrítica: "No contamos con garantías de que los buenos fines perseguidos se desvíen en direcciones no deseables". La voluntad de contar y de contarnos cuando el tiempo de la narración permite más que nunca sacar a la luz la maravilla y las erratas en que lo humano –si quiere serlo de verdad– se funde para que lo que fuimos siga siendo lo que fue, pero también y sobre todo lo que somos.

Tota pedra fa paret

Leer todo eso en este libro lleno de solvencia intelectual, de sinceridad y de decencia me acerca un precioso verso de mi amigo querido Erich Hackl en un texto dedicado a su madre: "Un goce, un escalofrío dulce y amargo al mismo tiempo". Cómo no voy a gozar cuando recuerda Eugenio del Río los tebeos de su infancia, la poco prestigiada literatura llamada popular que a gente como yo nos sirvió de educación sentimental y aprendizaje. O cuando en el mismo capítulo –que me tiene absolutamente conmovido– surge su vocación cinematográfica y el interés por el teatro. Tota pedra fa paret, decimos en mi tierra. Y nada de lo que lo rodeaba se quedaba al margen de lo que finalmente le llevaría a tomar decisiones que, ya desde muy joven, influirían en su conversión hacia el antifranquismo: "Fui de los que se convirtieron. No fue un salto repentino, sino una transición progresiva, con distintos pasos, ya sea sucediéndose unos a otros, ya sea encabalgándose unos a otros, no siempre con especial coherencia".

Otro día me detendré más sosegadamente para hablar de aquellos tebeos y de aquellas novelas: qué tonterías se han dicho y escrito sobre cómo el franquismo nos educó con los mensajes subliminales contenidos en esos medios. Que la infancia era un territorio ocupado no admite ninguna duda. Pero argumentar como un oráculo que esa ocupación se diera con El guerrero del Antifaz, El Capitán Trueno, Roberto Alcázar y Pedrín y las novelitas del Oeste es de una simpleza que abochorna, ya no al intelecto, sino al mismísimo sentido común. Qué bien encontrar el nombre del novelista francés Maxence Van der Meersch (cómo olvidar Cuerpos y almas o La casa de las dunas), al que leía como a una estrella del firmamento literario y después me enteré de que anclaba sus raíces en un cierto humanismo cristiano. ¿Qué iba a saber yo entonces de lo que era el humanismo cristiano ni cualquier otro cuando leía, sin que nadie me dijera cómo ni por qué, Cuando enmudecen las sirenas? Y eso, ese desprecio intelectual hacia aquella cultura, que era la única que a algunos nos llegaba, me provoca una cierta amargura por lo injusto de sus apresuradas conclusiones. Por eso me ha gustado que este libro, con su autor al frente, sea respetuoso, felizmente respetuoso, con aquellos medios de ocupación de nuestra infancia y parte de la adolescencia. Un día hablaremos de eso, ¿vale? Además, es tremendamente divertido, les juro a ustedes que hablar de aquellos tebeos y de aquellas novelitas resulta de lo más entretenido. Tuve la inmensa suerte de conocer, muchísimos años después, a casi todos aquellos creadores de mundos fantasiosos en sus tebeos. Y a algunos de los autores de aquellas novelitas que costaban un duro en los quioscos. Sé, pues, de lo que hablo. Y aunque tenga enfrente a la brunete Fahrenheit 451dispuesta a hacer una pira con aquellos tebeos y aquellas novelitas, no lo van a tener fácil conmigo. Nada fácil.

A modo de conclusión

'Jóvenes antifranquistas' (1965-1975), un ensayo de Eugenio del Río en primera persona

'Jóvenes antifranquistas' (1965-1975), un ensayo de Eugenio del Río en primera persona

Vuelvo al principio. Como en el dibujo de Magritte, esto que ahora acabo no es un ejercicio de crítica literaria. No sé qué es eso y aún menos sabría cómo salir ileso en el caso de que lo hubiera intentado. Sí que me defiendo —o eso creo— a la hora de contar historias. Es lo que he hecho hoy –ignoro con qué resultados– para hablar de un libro importante y de un autor al que ahora, lejos de aquella estatua que yo admiraba en el parque de la militancia de base, considero uno de mis mejores amigos y uno de los que al mismo tiempo más admiro. Y apago el ordenador con una de las que pueden ser las conclusiones (si las hay) de este libro que no sólo ilustra acerca de un tiempo que no nos cae tan lejos como parece, sino que llega a conmover en muchas de sus páginas: "Creo que no me equivoco si digo que muchos de los que conocimos aquellos años nunca podremos ver con indulgencia al franquismo; nunca podremos dejar de ser antifranquistas". Pues eso.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Maquis (Edición 25 aniversario en Piel de Zapa).

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