Cuando una intrusa se cuela en tu casa

Tati Jurado (El Libro Durmiente)

El libro durmiente comenzó su andadura como club de lectura en junio de 2003. Su nombre hace referencia a la necesidad de rescatar los valores y principios que duermen en el seno de los libros. El libro durmiente se define como una entidad creada sin fin de lucro. Nuestra acción adquiere la condición de voluntariado cultural. Desde el año 2012, correspondiendo con el período lectivo, impartimos los talleres de escritura creativa en dos niveles: básico y avanzado. Finalmente, la invitación a los autores para presentar sus obras o impartir clases magistrales sobre las técnicas de escritura ha dado lugar a la creación de un foro literario donde confluyen los lectores, libros y escritores, compartiendo ideas e inquietudes en pro de la cultura.

La intrusa

Éric Faye

Salamandra

Las noticias que aparecen en los diferentes medios de comunicación pueden ser un buen semillero para crear historias ficcionales a partir de hechos reales. Y Éric Faye, escritor y también periodista de la agencia de prensa Reuters, recurrió a él para escribir esta novela corta, La intrusa, reconocida con el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa. El suceso, del que varios periódicos japoneses se hicieron eco, sorprende por lo insólito y es la pluma del novelista francés la que le aporta una dimensión que atraviesa al lector que asiste, aun cuando pueda haber una reticencia inicial, al tambaleo de los propios juicios de valor. Porque basta con no quedarse en lo meramente factual y penetrar en el alma de los hechos para que las creencias excedan los límites de lo correcto e incorrecto y entren en diálogo con la comprensión.

En el año 2008, un hombre alerta a la policía de que hay una intrusa en su casa. La falta de algunos alimentos en su nevera le lleva a sospechar que alguien entra a su domicilio cuando él no está, así que decide colocar una cámara para asegurarse. Una cómplice que le desvela que, en su ausencia, una mujer se pasea tranquilamente por su hogar. Agitado y no sin cierta indignación, descuelga el teléfono y denuncia la intrusión. Pocas horas después, se entera de que la detenida hacía un año que vivía en su casa, en la parte superior de un armario ubicado en una habitación a la que casi nunca entraba. Hasta aquí, los hechos. A partir de la novela de Faye, una historia que testimonia la vorágine por la que discurre el mundo actual, que pone sobre el tapete una realidad social y que muestra que en la era de la comunicación la soledad reafirma su protagonismo sin necesidad de un solo like.

Con un lenguaje sencillo y preciso, el novelista recurre a la primera persona para dar voz a Shimura, un meteorólogo de 57 años que vive solo, entregado a su rutina y a una suerte de aislamiento que le garantiza que la línea del estado de su existencia no vibre ni presente fisuras. Sus lunes no se diferencian de sus sábados, veinticuatro horas iguales, siete días a la semana. Y es justamente esa automaticidad lo que le permite darse cuenta un día de que falta un yogur en la nevera, y otro de que la caja de zumo tiene menos cantidad de líquido: la marca de la regla con la que mide su consumo le devuelve unos centímetros menos. Y es que la herida que deja lo que no pudo ser y lo que sí busca en las ceremonias menos pensadas subterfugios para subsistir. Hábitos que fortalecen la idea de control, aunque sea en un mínimo espacio, mientras velan acontecimientos que vislumbran su esencia ilusoria y que cuando irrumpen, sacuden.

Porque cuando Shimura descubre, a través de la pantalla del ordenador, a una mujer en su cocina —probablemente un poco más joven que él— tomándose un té en su taza, y reconoce, en la forma en la que disfruta de los rayos de sol que se cuelan por la ventana, a alguien que también ha sorteado tempestades, no puede evitar sentir cierta empatía. Una identificación que, sin embargo, no destierra la perplejidad y el sentimiento de invasión. Emociones encontradas que acrecientan esta dicotomía cuando se entera de que no se había dado cuenta de que había compartido su hogar durante casi un año con una persona que no conocía. Una mujer que había tenido una vida aceptable socialmente hasta que la crisis la dejó sin trabajo y la convirtió en una sintecho, y a la que Faye también le cede unas hojas para que cuente su verdad.

Esta obra de poco más de cien páginas visibiliza esa lupa que solo enfoca el propio ombligo e invisibiliza el entorno, distintivo de la sociedad actual, pero también logra tocar esa fibra que conecta la empatía y la solidaridad hacia el otro, y que, en cierta forma, fortalece la certeza de que, cuando convergemos, somos.

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