Los libros

Luis Mateo Díez: de lo oblicuo y de las musarañas

Portada de Los ancianos siderales.

Los ancianos siderales

Luis Mateo Díez

Galaxia Gutenberg

Barcelona

2020

“No es la razón la que mejor gobierna el mundo”, se comenta en esta novela coral, en la que hay que entrar con paciencia, dejándose llevar al principio por los juegos de lenguaje, sin pretender entender del todo la trama, pues rompe con la lógica de la enunciación, aunque poco a poco vaya aclarándose y al acercamos al desenlace, nos habremos hecho una cierta idea de lo que Luis Mateo Díez ha querido contar, sin que por ello se pierda del todo el misterio que envuelve la historia. En la acertada cubierta, al ¿individuo? que aparece en el cuadro de Magritte, titulado El terapeuta, le falta la cabeza, aunque lleva sombrero, pero podría decirse que tiene el estómago a pájaros... Vale, por tanto, como primera metáfora sobre lo que relata la novela.

En ella se cuenta un caso de desaparecidos, investigado por el comisario Lamerto y el inspector Tineo. Al fin y al cabo, como comenta uno de los personajes: “la justicia no es otra cosa que el intento baldío de poner en orden las cosas” (p. 242). La acción se compone de tres partes y transcurre en una residencia de ancianos, que antes había sido un monasterio, un hospital de sangre y un asilo que se incendió. Se trata de una institución regida por las hermanas Clementinas, una de cuyas singularidades es que no tenían mamas porque la orden no lo permitía. En su anterior novela, Juventud de cristal, con la que podría formar un díptico, se ocupaba Luis Mateo Díez de la edad juvenil.

El asilo aparece situado en las afueras de Breza, una de las denominadas Ciudades de Sombra en la imaginación del autor, tachada de “antigua y lóbrega”, de cuyos habitantes se dice que tienen mala sombra... (p. 110). El caso es que allí, un grupo de ancianos enfermos, delirantes y fantasmales, esperan la señal que deben traerles unos pájaros que avistan, anunciándoles la llegada de la nave que los traslade al espacio, de ahí el adjetivo sideral del título, al que quizá haya recurrido el autor porque hoy —me temo— está en desuso.

Luis Mateo Díez traza la laberíntica geografía del destartalado edificio, llamado de manera simbólica el Cavernal, caracterizado –se nos dice- por el desorden, el silencio y la lentitud. Se encontraba situado cerca de las orillas del río Ego, afluente del Margo. Lo habitan distintos grupos de personajes: las hermanas Clementinas (con nombres tan singulares como Colmenera, Clamores, Climaterio, Coralina, Parcelaria, Especuladora, Mandataria, Carismática, Hemisferio, Cicatera, Corolaria, Conmiserativa, Coraza, Paulina, Cuaternaria...); Manolio, el conserje jorobado, cuya chepa es fosforescente; la llamada cofradía; los coraceros (entre ellos Armenio, por quien sabemos lo que pasó en el Cavernal), que en un momento dado se amotinan; y las almas trastornadas que iban a la deriva, entre ellas, Paulina (luego todas ellas transformadas en moscas metálicas), que conviven en una —digamos— inestable armonía. Y aunque la novela sea coral, hay tres personajes que adquieren un protagonismo mayor: Omero, en la primera parte, con quien arranca la novela; el doctor Belarmo en el resto; y el comisario Lamberto, en la tercera.

Así, en el Cavernal, transitamos por el patio del Venero y por el de la Convalecencia, el más solitario, donde había un pozo artesiano, al que se tira una de las ayudantes auxiliadoras que había mantenido “relaciones sexuales incompletas” con el doctor Belarmo; el refectorio; las salas de la Paciencia y el Reposo; la galería de las Vistas; las escaleras del Sentimiento; los corredores de la Ausencia, de la Colación, de la Convalecencia y del Péndulo; el portal de la Audiencia; la pila del Arco Mediano, en la que ahogaron a la hermana Coralina; la estancia de Ciento; la despensa; la torre Oblicua; el lastimario de la Cuña; las capillas del Sextercio y de la Penitencial; la esquina del Tránsito... ¿Es necesario llamar la atención sobre la singularidad y el simbolismo de los nombres?

Una vez presentado el escenario, por primera vez utiliza Luis Mateo Díez en una novela un espacio cerrado, y los protagonistas de esta singular historia, cuyas vidas resultan excesivas, al límite de lo razonable, en la segunda parte se recogen los apuntes del cuaderno de notas del doctor Belarmo, sus informes médicos y la correspondencia del veterinario que fingía ser médico (en las cartas se nos da cuenta de algunos episodios de la vida anterior de Belarmo, aunque destacan las ácidas misivas que se intercambia con su madre), sin ocultar, en cambio, sus tendencias suicidas. Aquí, a la presencia del 3, que puede apreciarse en los “Acertijos” (p. 104), se suma la del 13, desde el mismo día que empieza la acción (pp. 11, 47, 59, 89, 124 y 168).

Al final de la historia, las hermanas Clementinas son sustituidas por una cooperativa de Terciarias, que no consiguen mantener a flote el asilo, se aclara el papel que ha desempeñado en todo este embrollo el comisario Lamerto, así como el del inspector Tineo, quienes investigan los sucesos, las desapariciones y las muertes. Sabremos también que el doctor Belarmo llevaba una doble vida y que tendrá una muerte —digamos— de serie de terror. Pero lo llamativo, al fin y a la postre, es que ni los ancianos, ni las monjas, ni tampoco el médico o los policías, están en su lugar, ni se comportan nunca de forma ortodoxa.

La imaginería de esta narración me parece que proviene, además de los relatos expresionistas, de la propia tradición española, con Valle-Inclán a la cabeza, de esa vena disparatada e inverosímil cuyos antecedentes notables podrían ser Ramón Gómez de la Serna, Enrique Jardiel Poncela y Miguel Mihura, o del Cortázar de La vuelta al día en ochenta mundos, aunque con un estilo y unos razonamientos más estrangulados aun, más despeinados, e incluso podría decirse que más surrealistas. Y tampoco falta el humor, omnipresente en toda su obra, en esta ocasión algo más absurdo, e incluso grotesco.

De la prosa, destacaría su peculiar fraseo, forzando a menudo la lógica del discurso. Se vale de peroratas, como —por ejemplo— la de Donato (p. 68), de refranes, algunos trastocados, sentencias y frases hechas, a veces rehechas (“No hay pájaro en mano ni ciento volando”; o “El que quiera peces que [se] moje el culo”, pp. 36 y 69), que alimentan un tipo de razonamiento, insisto, dislocado e inverosímil, sin que falten los galimatías: “Nada —aseguró Manolio cabreado—, no pasa nada. Los que se avienen se contraponen, y lo que se pierde se da por perdido sin que por ello tengan que atascarse las cañerías” (p. 60). El caso es que a todos los personajes les gusta sermonear (a excepción de Caterva), y al que más le gusta es a Marlo, el cabecilla de la Cofradía, compuesta también por Melinda, Donato y Carino. Todos estos mimbres ya habían aparecido de manera esporádica en algunas de sus obras anteriores, pero aquí se exprimen hasta sus últimas consecuencias.

En esta ocasión la fábula de Luis Mateo Díez está plagada de símbolos, de metáforas sobre la vejez y el deterioro físico y mental, que trae consigo y que afecta a todos los personajes, pero también trata sobre las quimeras que nunca nos abandonan. Tampoco faltan alusiones irónicas al léxico de moda (el populismo, la unilateralidad, la medicina y la farmacia piramidal, la implementación, palabra fea donde las haya, o la burbuja), sin que por ello deba leerse como una narración sobre la actualidad. Ni alguna de las habituales muletillas de sus narraciones: “llamarse andana” (pp. 81 y 186) o “tomar el número cambiado” (p. 109).

Volviendo a lo que advertía al inicio, no es esta una novela para empezar a leer a Luis Mateo Díez, si es que todavía queda algún lector curioso que no conozca su obra, habría que iniciarse con otras más convencionales y asequibles, aunque sus lectores habituales, aquellos que conocen su mundo, el estilo de su prosa, disfrutarán con esta tragicomedia. A la altura que se encuentra el conjunto de su obra, de una calidad extraordinaria, puede permitirse cualquier lujo. Si la quimera de los ancianos de volar al espacio sideral se cumple o no, lo dejo en manos de los lectores atentos.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. Fernando Valls

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