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Mujeres al otro lado de la vía del tren

Pasión Nails

Rosario Izquierdo

Alianza Editorial (2024) (194 páginas)

   

¿Cómo saber dónde estaba?

Diane di Prima

Un libro que leí hace tiempo me ha llevado al que acabo de leer de Rosario Izquierdo. Ya decía Juan Gelman que venimos de los "libros antiguos" porque "todo horizonte viene de otro atrás". El libro que leí hace tiempo es Memorial Drive. Recuerdos de una hija. Su autora: Natasha Trethewey. Al final saca a García Lorca: lo que duele la escritura, cómo "en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está lo insólito". No sé si hay una definición mejor de lo que es el oficio de escribir. Qué hay al inicio de lo que escribimos. Posiblemente, una alerta de peligro: adentrarnos en la cueva de los monstruos. No saber lo que hay en esa oscuridad. Transitar la línea de sombra en que lo que has dejado atrás no será un lugar donde guarecerte sino a lo mejor la más dura de las intemperies. Y hablo del oficio de escribir, de qué mueve a quien escribe a la escritura, porque esa misma pregunta se la hace la autora de Pasión Nails en este libro rabiosamente hermoso: "Escribir para qué. Hace tiempo que no me lo pregunto, sencillamente lo hago, sigo escribiendo". Antes, hace unos años, Rosario Izquierdo había publicado Diario de campo, El hijo zurdo y Lejana y rosa. Mucho de esos tres libros (sobre todo de los dos primeros) lo encontraremos en el que ahora acaba de publicar Alianza Editorial en una nueva colección: voces.

Los colores de la fascinación

Una mujer que escribe cruza un día las vías del tren que la llevará a las calles de la periferia urbana. Bloques desnutridos. Un bar. Una tienda de comestibles. La fachada fucsia de un local donde la vida se pinta de colores. La vida son las uñas, lo que hablan las mujeres mientras les llega el turno para maquillar una cotidianeidad sacada del ¡Hola! y el Pronto, princesas a la manera de quienes saben que el mundo es algo que les cae lejos, a una distancia imposible porque saben desde siempre que las vías del tren y las autopistas son fronteras insalvables para según qué gente y más en tiempos de crisis. En realidad, ese suburbio sabe sin engaños que la crisis es algo que siempre alcanza a la misma gente, que enriquece a los de siempre, que mientras les queden los ratos de complicidad en Pasión Nails la vida o algo que se le parezca será más suya que de nadie. Ahí llega un día Pepa, la mujer que escribe sólo para saber, no para contar lo que ya sabe. Lo decía Faulkner: nos vamos enterando de lo que escribimos al paso mismo de la escritura. La mujer no quiere ser una de esas mujeres que esperan su turno para pintarse las uñas de colores, quiere entenderlas y contar luego lo que ha entendido.

Sabe la mujer que cruzar las vías del tren —desde su casa a los bloques— es cruzar la línea que señala a qué clase pertenecen quienes allí viven y quienes llegan del otro lado de las vías. No confundirse con ellas, que eso sería una impostura. Pero sí meterse en el fregado de establecer un diálogo en que ninguna de las partes se erija en la parte dominante. No habrá, en esa conversación que es toda novela que no sea un desastre, una voz sobre otra sino la palabra a ras de suelo, la seguridad de que las voces juntas —y más si se muestran discrepantes— acabarán formando un paisaje moral —como todos los paisajes— que no avergüence a quien escribe y al mismo tiempo libre de todo bochorno a quien se enfrenta con más o menos solvencia a la lectura. Es Pasión Nails una novela en que los colores de la fascinación se mezclan con los otros, tan distintos, que ya aparecen en las primeras páginas: "Respira aquí profundo los efluvios proletarios de la belleza de bote y observa cómo desde las páginas del ¡Hola! las familias de la nobleza europea exponen ante ti sus mundos coloridos, adonde no llegan noticias de sitios como este".

Las vías del tren. Esa frontera

Escribía Natalia Ginzburg —tan presente en esta novela— que la escritura "nunca es un consuelo o una distracción" . Estoy hasta el gorro de tantas escrituras que, alzadas a los altares por un canon que protege la levedad literaria, sea sólo eso: la ideología de la no ideología (como apuntaba hace tiempo David Becerra en un brevísimo texto creo que imprescindible), la moral del vacío, la cuchufleta a la cara del conflicto. Nada de consolar con la escritura, nada de dirigir la mirada a otro sitio donde la calma chicha se adueña de la historia. Cuando Pepa, la mujer que escribe, cruza las vías del tren, no sabe lo que se encontrará al otro lado de la frontera. Ahí el riesgo de la escritura. Ahí la posibilidad de salir airosa en su intento de descubrir la otra cara de la realidad o de pringarse en un barrizal que sería la imagen de marca de la superchería. Viene Rosario Izquierdo de la sociología y sus trabajos de campo y así lo atestiguan sus libros anteriores. Y en ese itinerario viene dejando bien claro que detrás de la escritura —como en la vida de cada cual— hay una opción de clase. Miren ustedes, si antes no lo habían hecho, qué papel juegan las vías del tren y las autovías a la hora de distribuir a la gente en los sitios donde habita. A un lado, la riqueza: o, como poco, eso que llamamos clase media. En el otro, esas vidas que viven al aire helado de la intemperie.

Las uñas de colores —identidad de Pasión Nails— son una manera no de enmascarar esa realidad, sino de plantarle cara desde un ángulo que aunque lo parezca a ratos poco tiene que ver con la resignación. Cada cual se defiende como puede y en los bloques se dan a la vez pequeñas victorias y también derrotas que no tienen por qué ser para siempre. Aunque, ojo, no se habla aquí de esa demagogia buenista y barata que tantas veces se desarrolla en el cruce de caminos entre el centro y la periferia, entre la casa con terraza y los bloques de fachadas desconchadas, menos la fachada fucsia del gabinete estético Pasión Nails. Nada de buenismo, y menos del barato. Nada de esas engañifas en esta novela que alguien que se gana la vida con las calificaciones literarias —de algo hay que vivir— consideraría autoficción. Qué más me da lo que sea si lo que es no rechina cuando lees lo que te cuenta, si lo que lees es ese desasosiego que te entra cuando compruebas una vez más que vivir no es lo mismo dentro o fuera del Pronto y el ¡Hola! donde salen los reyes maquillados y no precisamente por Fani y sus compañeras de curro en Pasión Nails. Claro que sabes todo eso, claro que lo sabes. Pero otra cosa es comprobar que hay libros que te resultan confortables y otros que te van dejando mientras lees —aunque a trechos hasta sea divertida la lectura— bajo un techo al que se lo han llevado volando el paro, la droga, la seguridad de que fuera de la cultura de la tribu sólo existe la tribu enemiga armada hasta los dientes.

De lugares comunes y un paréntesis

Los nombres. Siempre son importantes, pero lo son más en Pasión Nails. Y por encima de todos ellos —y mira que los hay— esa Francisca que apenas sale hasta casi al final de la novela. Esa Keli, madre de Fani, que viene de la princesa Grace Kelly porque soñar también es un lugar para vivir. Y al mismo tiempo, aunque me lo esté inventando a bote pronto, un homenaje a esas mujeres que se están dejando la vida trabajando en los hoteles, a esas Kellys que tanto ejemplo de dignidad nos están dando en un mundo que cada vez más se ha convertido en una maldita emboscada. Cómo poco a poco Pepa, la mujer que escribe, se irá convirtiendo en Pepi como una más de las que habitan en los bloques. Pero dejando bien claro que no se trata de ser la misma mujer sino de viajar con hacia un lugar que las junte para salir a flote desde la misma —o parecida— precariedad, un lugar donde —aunque cueste alcanzarlo sin heridas— no prevalezca lo de preferir un hijo "drogadicto" a que te salga "maricón", un lugar donde la maternidad a deshoras no sea un destino marcado por las condiciones a que tantas veces, y según en qué sitios, somete la desigualdad a las mujeres que se miran en el Pronto, sencillamente porque son sus páginas el espejo donde se reflejan mientras esperan el turno para lucir cuando salgan de Pasión Nails sus uñas de colores.

Un paréntesis, antes de acabar esto que escribo, para otros nombres que no son Fani, Keli, Yasmina, Yola, Yaiza, Conso, Hortensia, Fani…, sino también los de José, Alberto, Perico, el santo Job y otros que, como ellos, son lo que son porque la vida es algunas veces casi lo mismo para demasiada gente. Y dentro de este mismo paréntesis los que nos llevan a esa música que forma parte de la banda poética y sonora de las vidas que se mueven a una y otra parte de las vías del tren: Eric Clapton, Camarón, Natalia Carrero, George Harrison, Rosalía, Cream, los Beatles, también García Lorca, como en el libro de Natasha Trethewey que citaba al principio de estas líneas. Y en medio de todos esos nombres, uno que me ha hecho viajar en el tiempo, en el mío, digo: Diane di Prima, esa mujer que vivió la vida que quiso vivir dentro y fuera de sus libros (Memorias de una beatnik y Quita tu cuello degollado de mi cuchillo), que supo mejor que muchas otras del tiempo beat de los sesenta que, aunque estuvieran muy por encima de los famosos de entonces (con Bob Dylan y antes Kerouac, Ginsberg y otros de su envergadura artística), siempre estaban destinadas, como dice Joyce Johnson en Personajes secundarios, a ocupar los asientos vacíos —nunca los propios— en los garitos neoyorquinos donde se juntaba la crème de la crème intelectual de aquellos años.

Con el viento en contra

¡Son muchos ya los muertos!

Cierre de paréntesis. Último párrafo. La boda de Fani y José, el novio eterno a pesar de la juventud de la pareja. El baile. La fiesta. Dos mujeres: Pepa y Francisca. O también: la Pepi y la Keli. El espacio común donde habitar un tiempo que no sea sólo alimento para la devastación. Y ya para abrirnos a la lectura de ese tiempo, la música que acompaña los brazos abiertos de Fani hacia la mujer que escribe. El baile que es como la fachada fucsia de Pasión Nails al otro lado de las vías del tren. Pensar que a lo mejor no todo es derrota en un mundo que cada vez más se está convirtiendo en la cueva donde amenaza la fiereza del minotauro. Salir a flote. De eso se trata dentro y fuera de las novelas. Aunque las heridas nos aflijan en la salida. Pero salir a flote, aun con el viento en contra y ese nihilismo reaccionario tan de moda que todo lo da por perdido. Novelas como esta y las otras de Rosario Izquierdo no se quedan en la simple contemplación de lo que nos pasa. Ahí la pregunta que se hace al principio y ahora recupero para acabar esto que escribo: "Escribir para qué. Hace tiempo que no me lo pregunto, sencillamente lo hago, sigo escribiendo". Pues que siga así la mujer que escribe. Que siga.

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Alfons Cervera es escritor. Su último libro es  'El boxeador', editado por Piel de Zapa.

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