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Sáez de Ibarra: "Europa ha muerto con su nefasta política y nosotros por nuestra degradación ética"

Javier Sáez de Ibarra.

Europa se muere. Necesita un réquiem en el que podamos implorar por ella. Esa es la idea de Javier Sáez de Ibarra, que vuelve a sorprender con su último libro de cuentos, Un réquiem europeo. Con una estructura muy original, siguiendo de manera aproximada las partes que componen un réquiem, hace un repaso de los conflictos europeos a pequeña y gran escala. Para ello intercala relatos de historias familiares, desgarros sentimentales, preocupaciones cotidianas de esta Europa que habitamos, con relatos más profundos, algunos filosóficos y algo abstractos, y añade otros periodísticos, llenos de datos para que pongamos el ojo donde el autor quiere: Europa se muere cuando dejamos morir a los inmigrantes en el Mediterráneo y les negamos el derecho al asilo. Europa se muere con los ancianos fallecidos en las residencias durante el covid o con los recortes sanitarios.

Europa se muere cada vez que un palestino lo hace y no se condena. Europa se muere cuando se apoyan guerras injustas. Son cuentos, algunos breves, otros más largos, algunos realistas, otros simbólicos y alguno,  como Caída y levitación que, al leerlo, me evocó a El jinete en el cubo, de Kafka. Es un libro militante, quizá el más militante de este autor, el único que ha ganado los dos premios más importantes del cuento en castellano, el Premio Ribera del Duero y el Premio Setenil. Javier Sáez de Ibarra siempre ha sido un escritor comprometido, ha intentado plasmar en sus libros la crítica social, como hizo en Fantasía lumpen o en la novela La vida económica de Tomi Sánchez. Pero aquí da un paso más y, sobre la original estructura que nos propone, va desglosando Introito, Kyrie, Gloria, Aleluya, Sequentia… así hasta el final, incluyendo un Credo, que se sale de un réquiem pero lo añade porque quiere.

Llevamos unos años en que parece haber una buena cosecha del cuento, aunque sea un género minoritario, pero sospecho que toda buena literatura es ya minoritaria frente a la gran industria del libro. Por ello, reconforta que caiga en nuestras manos este tipo de libros y que haya editoriales que sigan apostando por ellos. Solo cuando se deja florecer y hay una gran cosecha de publicaciones, por mucho que se diga que se publica demasiado, sale a la luz la buena literatura, los grandes libros, ya sean de novela, poesía, ensayo o, como en este caso, cuento. Estoy firmemente convencida de ello.

Para mi gusto, la esencia del libro está en Sequentia, donde he hallado los mejores cuentos, quizá los más largos, salvo la excepción mencionada de Caída y levitación.

En este libro hay, pues, cuentos religiosos, otros filosóficos, otros abstractos y otros cotidianos, pero Sáez de Ibarra ha sabido hilar unos temas con otros y conseguir que los cuentos relacionados con las familias recorran el libro como un leit motiv que aparece y desaparece hasta el final. Así podemos tener una visión, digamos que del microcosmos, con mundos personales y familiares, en contraste con los que apuntan a lo trascendente, lo filosófico, lo religioso. Lo mismo que en su libro Mirar al agua, con el que ganó el Premio Ribera del Duero, el tema fue la pintura, en éste se basa en la música de réquiem.

Me ha llamado la atención el uso de las voces en los relatos, poca tercera persona, casi todo en una primera persona testigo y hay uno que está en segunda persona. También he encontrado una constante dicotomía, en algunos casos dualidad, a lo largo del libro, entre la máquina y el hombre, la tecnología y lo humano, la ciencia y el alma, los desdoblamientos de personalidad… Como se puede ver, el libro da para mucho y, gracias a la editorial, he podido entrevistarme con él y preguntarle todas las dudas y sugerencias que su lectura me ha dejado. No ha sido una lectura fácil, no he salido del libro con la sonrisa en la boca, pero sí he estado rumiándolo durante días, dando vueltas a todo lo que nos plantea el autor, que es mucho.

Charlamos con Javier Sáez de Ibarra antes de la presentación este jueves de su libro en Madrid:

Háblanos del réquiem.

He tomado como base para el libro la estructura del réquiem. Además de una misa por un difunto es una composición musical. Muchos músicos (Mozart, Verdi, Fauré, o Ligeti) los han compuesto con una gran libertad, escogiendo algunos himnos de la liturgia y dejando otros. Yo he recogido prácticamente todos ellos y he incluido algunas partes que son de la misa pero que no se cantan en el réquiem, como el Credo o la Comunión.

Hay un primer relato que parece salirse de esta estructura. ¿Puedes hablar de la primera parte del libro?

El primer relato que aparece en cursiva y carece de título funciona como un preámbulo: es un cuento simbólico y de alguna manera es una advertencia al lector. Después viene la primera sección, el Introito, que está constituido por siete relatos breves, como pinceladas, un número simbólico que alude a la totalidad. Los cuentos representan a los que acuden a un templo para la celebración, cada uno viviendo su circunstancia particular: el rencor, la picardía, los prejuicios, la ambición, la disociación personal, los malentendidos, los miedos. Esta parte lleva el título de Otros y yo. Este yo indica que el autor no se siente por encima, sino que comparte algunos de esos rasgos, lo mismo que ocurre con el lector, que es invitado a entrar en el libro desde su condición personal propia.

Encontré muchos temas que marcan la dicotomía y la dualidad: hombre y máquina, pasado y presente, desdoblamientos del yo…

Es una lectura interesante la que planteas. Hay varios relatos en que aparece, por ejemplo, la oposición de una máquina que cobra conciencia de sí misma frente a sus creadores, seres humanos; también un cuento sobre la disociación de un hombre que está jugando con el ordenador cuando tendría que acabar un informe para la oficina, y se desdobla en su faceta de adicto, en su mala conciencia por no finalizar el trabajo (En la madrugada se atravesó…). También podemos ver la dualidad en el contraste entre la normalidad y la trascendencia. Varios personajes sienten un malestar por diversas causas y la solución está en alcanzar una nueva realidad. Por ejemplo, en El tiempo (Rex tremendae), un hombre viaja en coche a toda velocidad con su mujer de una ciudad a otra para ver a su hermano al que robó y traicionó y que se encuentra a punto de morir. Su único objetivo es pedirle perdón. Hay ahí una tensión, una explosión de locura, quiere liberarse de la culpa que siente, ya no le importan su mujer ni los hijos, ni su propia vida. Es la llamada profunda y radical de la ética: soy culpable y puedo redimirme y eso sólo lo puede hacer consiguiendo el perdón del otro. Se trata de un hombre acomodado que de golpe se rompe por un golpe de trascendencia; mientras su mujer, que viaja en el coche a su lado, insiste en que lo deje pasar. Otro cuento es La gota, que está en el Ofertorio, un joven escucha la obsesiva caída de una gota, no sabe de dónde viene, pero comprende que va dirigida a él para que encuentre su significado. Su compañera discute con él. Se constata aquí también que, cuando alguien quiere salirse de la normalidad que no lo satisface y buscar otra cosa, la incomprensión viene del entorno más cercano. En fin, habría otra dualidad radical entre la muerte, que recorre todo el libro y llega a su punto máximo al final de la Sequentia con el cuento sobre la guerra y el titulado Pleberio que cae en la mayor desesperanza. Sin embargo, siempre está la posibilidad de una renovación, de una transformación personal que están a nuestro alcance y podrá fructificar en algo más grande. Eso lo vemos en los cuentos que siguen.

Este yo indica que el autor no se siente por encima, sino que comparte algunos de esos rasgos, lo mismo que ocurre con el lector, que es invitado a entrar en el libro desde su condición personal propia

Es un libro en el que la religiosidad es manifiesta, quizá de un modo más explícito que en libros anteriores. ¿La estructura del Réquiem te ha llevado a ello?

Me considero cristiano, aunque en alguna medida heterodoxo. En todos mis libros aparece algún relato con un contenido o alusión religiosa. Aquí el tema es explícito porque el propio concepto de réquiem me llevaba a ello; si bien tampoco he querido sobredimensionarlo. En mis cuentos siempre he mantenido una mirada crítica hacia la religión, nunca proselitista o apologética. En el relato Cristo y el Nazareno presento dos formas muy divergentes de entender la fe cristiana. Y esta contraposición la llevo al extremo de partir el Padrenuestro en dos y mostrar en qué versos insisten Cristo por un lado y Jesús el Nazareno por otro.

Hay también una traición al Réquiem porque es una misa por el alma del difunto pidiendo a Dios que lo salve y le dé el descanso eterno. Sin embargo aquí no se pide por una paz tras la muerte, sino para la vida. Al final del libro, reproduzco el texto del Introito, “Dale Señor el descanso eterno” (Réquiem aeternam dona eis, Domine), y yo lo traduzco mal a propósito: “Danos descanso en la vida, Señor”. Es completamente intencionado. El cristianismo, si tiene algún valor, ha de tenerlo también para el tiempo de la existencia de la persona y para un proyecto político o social donde se ilumine una forma de vida amorosa, solidaria e igualitaria. Si no, es un escapismo. El contenido religioso del libro está en dialogo con el mundo laico que cree en la justicia, en la igualdad y en la fraternidad.

El título, Un réquiem europeo, surgió casi al final. Yo tenía claro que quería hacer un réquiem y, de pronto, me hice la pregunta: ¿Quién ha muerto? Porque los réquiem se celebran por la salvación de una persona fallecida. Había escrito ya el Kyrie: “Señor ten piedad, Cristo ten piedad” que corresponde al cuento Los Condenados, sobre los que perecen ahogados en el Mediterráneo, porque pienso que deberíamos pedir perdón por nuestra actitud ante ellos, nuestras fronteras cerradas. Este es un ejemplo de la crueldad, la indiferencia, la inhumanidad de Europa, por no hablar ya de la explotación. Fue cuando llegué a la conclusión de que Europa es la que ha muerto aquí con su nefasta política, y nosotros por nuestra degradación ética, espiritual. Eso me generó otros problemas: ¿tenía que presentar por tanto una semblanza de lo que es nuestro continente? No podía, tampoco quería, ofrecer una imagen completa de Europa, no se trataba de una tesis doctoral, sino de un libro de cuentos. Por tanto me centré en señalar algunos hechos concretos: los que se ahogan en el Mediterráneo, el abandono miserable de la gente en las residencias cuando la epidemia del covid; y también la guerra.

Me considero cristiano, aunque en alguna medida heterodoxo

Háblame del cuento de la primera guerra mundial.

Es el de Tuba mirum (Un sonido admirable). Este himno dice que, al sonido de las trompetas finales, los muertos se levantarán de sus tumbas para el juicio final. Los compositores del réquiem están obligados a ceñirse al texto y hay que componer la música para esa letra. Yo quería aceptar ese reto: un sonido admirable que rompe las tumbas, pero aquí no las abre para la resurrección eterna, sino para la vida terrenal de un puñado de personas. Este cuento genera algunos problemas teóricos: ¿Han resucitado a otra vida? No, han resucitado a esta: están redivivos, no resucitados. ¿Qué ocurre entonces? Que su regreso es profundamente insatisfactorio, retoman la vida de antes, pero para muchos ya carece de valor tras la experiencia de la muerte. (Excepto en el caso de un hombre que decide aguantar y resistir). Hay aquí, de nuevo, algo oculta, la dualidad de qué trascendencia o qué continuidad aspiramos a tener…

El cuento La Moraleja, un episodio de un barrio rico en el que caen bombas, me llevó a pensar en la diferencia de percepción que tenemos sobre las matanzas dependiendo del lugar en que se realice.

Europa pertenece a una organización militar y está involucrada en guerras desde hace mucho, con mayor o menor aportación de soldados, tecnología o venta de armas. Desde España todo esto lo vemos de lejos y, a menudo, sin verdadera conciencia de que intervenimos. Me planteé traer la destrucción y la muerte a nuestro propio suelo. La lista de fallecidos tienen ahora otros nombres. Leí los caídos en una matanza de palestinos (no la de ahora). Emplacé lo que ocurría en La Moraleja, un barrio bien conocido, al menos por el nombre.

Hay dos cuentos en los que aparece Javier Sáez de Ibarra explícitamente.

Los condenados y Muere una europea son relatos más periodísticos que refieren hechos reales. Por distintas razones aparece mi nombre en ellos. Los condenados surgió porque empecé a seguir la noticia durante un tiempo: todos los datos son reales, las actuaciones del barco Open Arms para salvar a los embarcados en pateras y los náufragos, la normativa marítima, las declaraciones de los políticos con sus nombres. Me pregunté qué sentido tendría publicar el cuento en un libro bastante tiempo después de sucedidos esos hechos concretos. Pero la literatura tiene el poder de parar el tiempo sobre lo acontecido y que, por desgracia, ocurre y vuelve a ocurrir. Pongo la lupa en esto para verlo con toda su crudeza, con la dureza de las expresiones que se usaron: impedir el rescate de seres humanos en el Mediterráneo porque “nadie está por encima de la ley”. ¿Cómo que no? Es un discurso que se perpetúa, pero no puedes abordarlo en general. Tienes que hablar de un barco específico, en un momento determinado, y citar la frase del capitán del Open Arms cuando dice “antes presos que cómplices”. Es un cuento que quiere poner la mirada en la indiferencia, como pasó con los alemanes respecto de los crímenes de los nazis en los años 30. La carta que viene al final la dirigí al diario El País y no la publicaron.

Muere una europea es otro cuento donde se ve el réquiem europeo con crudeza. Recojo una de las muertes por covid. También he querido plasmar cómo se impone desde el poder político una situación en la que el monopolio de la fuerza se convierte también en el monopolio del lenguaje, que también se pervierte. Se produce una neo lengua que hay que aprender. Cuando se establecen Centros de Atención Continuada donde no hay ningún médico, ¿cómo pueden ser llamados de Atención? Y si cierran de noche porque no hay urgencias, ¿cómo puede ser Continuada? Asistimos a una terrible violencia de los hechos y del lenguaje.

En toda la parte central, que es propiamente el conjunto de himnos del réquiem, los cuentos son más largos y casi todos ellos en primera persona, menos el aleluya, que está en segunda. Hablemos de las voces.

No ha sido premeditada esa coincidencia; se ha dado así. A mí me resulta más fácil escribir en primera persona, hay autores que opinan otra cosa. El cuento del Aleluya, titulado Los jóvenes, está en segunda porque es una cierta voz de la conciencia que el protagonista está escuchando todo el tiempo. Hay una rivalidad en él entre la carne y el espíritu, entre la educación religiosa en un colegio privado de un niño bien y la llamada del despertar al amor y la sexualidad. Como el porno y el amor, que también se trata en el cuento. Este tema ya aparecía en un relato de Mirar al agua. Allí recogí anuncios de contactos de prostitución para provocar un choque con la experiencia amorosa de dos adolescentes, quiero inducir al lector al temor de que el joven abusará de ella o la maltratará.

Sobre las voces, diré que hay un juego complejo en El tiempo: el hombre que va en busca de su hermano, el discurrir de su intimidad y el diálogo con su mujer, se trenza una voz que lo acusa y otra que lo defiende y, en el párrafo final, aparecen las tres voces tanto en singular como en plural.

Quiero poner la mirada en la indiferencia, como pasó con los alemanes respecto de los crímenes de los nazis en los años 30

Me gustaría que comentaras algo del cuento titulado Los tesoros.

Es un cuento muy antiguo; tenía sentido que apareciera aquí por el contenido, además de que me gusta por la escritura lírica que posee. Los tesoros son almas, los espíritus, las conciencias o la psique de los muertos. Se especula con la siguiente posibilidad: Si tu memoria son enlaces químicos, eso se puede convertir en impulsos eléctricos y almacenarse. Pero, ¿y la conciencia? ¿Se podrá computar? Ahí está una de las grandes discusiones actuales de la ciencia. Me interesa mucho el tema de la conciencia o mente y el cerebro: hasta qué punto es lo mismo o no lo es, emerge o no. Poniéndonos en un materialismo extremo la conciencia también podrá ser reproducida, con lo que tu conciencia no desaparecería nunca, ni siquiera con la muerte de tu cuerpo, ni de tu cerebro, porque si puedes computar el cerebro y la conciencia emerge de la computación cerebral, estarás atrapado, tu conciencia estará atrapada, no podrás liberarte, porque la máquina te tendrá, no solo tu memoria, tus recuerdos, es tu conciencia la que queda atrapada. ¿Cómo puedo ser yo sin cuerpo? Entonces el relato plantea esta pregunta: ¿y si las máquinas retienen esas almas? ¿Y si la energía, la nuestra, es atrapada por la máquina? Desaparece la posibilidad de su trascendencia. Aunque hubiera un Dios, no podría recibirlas. Me parece una situación terrorífica, inconcebible.

El relato es complejo, en la expresión de esas almas tuve la influencia de la película de Kubrick, 2001, una odisea espacial en que para la fase del salto trascendental del astronauta Bowman, los extraterrestres (que instalaron el monolito) le preparan un decorado que mitigue su miedo y le dé algunas referencias antes de pasar a una fase completamente desconocida para él.

Hablemos ahora del final del libro, de las cuatro partes del Génesis sobre el paraíso terrenal y Adán y Eva.

Este relato parte de un cierto hallazgo. Cuando leemos en la Biblia que la mujer come del fruto del Árbol del bien y del mal, ella adquiere ese conocimiento, se hace súbitamente humana y me di cuenta de que, por tanto, ella ha de tomar la decisión de darle de comer ese mismo fruto a Adán, que en ese momento es un animal, o negárselo. Ahí se para el tiempo. Ella lo ve ahí, a su lado, es un mono. Le entra el vértigo y piensa, ¿qué hago yo con este? Si no se lo doy, yo soy inteligente y dominaré el mundo, pero qué compañero voy a tener, necesito un ser humano a mi lado. Pero si se lo doy, me expongo a un riesgo, será mi compañero, pero puede dominarme, es más fuerte. Ella acepta el conocimiento y elige compartirlo. El libro del Génesis sigue planteando cuestiones esenciales de la vida humana. Luego ya sabemos qué ocurre, lo primero que sienten es vergüenza por estar desnudos. Llega Dios paseando como el señor del jardín y le pregunta a Adán que por qué se esconde. Él dice que por estar desnudo. Dios le replica que quién le ha informado de que lo está. Adán culpa a la mujer y ésta a la serpiente. El mito nos habla de la condición humana: esta es un don absolutamente incomparable: de pronto somos conscientes, libres, capaces de amar… eso es un don. Ella descubre que Dios nos ha creado como seres humanos, es decir, que quería que comieran el fruto y dejaran atrás para siempre su condición animal. El Génesis piensa que el ser humano es único. 

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(El jueves 8 de febrero, a las 19 horas, se presenta el libro Un Réquiem europeo en La Central de Callao (calle Postigo de San Martín, 9, Madrid). El autor estará acompañado por la periodista y poeta Esther Peñas)

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Carmen Peire es escritora. Su último libro es 'Cuestión de Tiempo' (Menoscuarto).

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