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Los diablos azules

Unamuno según Barea

El escritor Miguel de Unamuno en 1925.

"No hay español pensante que no haya sentido, voluntaria o involuntariamente, la influencia del pensamiento aguijoneante, estimulante, irritante y humillante de Miguel de Unamuno". Lo escribió Arturo Barea, eterno autor de La forja de un rebelde, desde su exilio inglés. Allí llegó con su pareja, la escritora y traductora Ilsa Barea-Kulcsar, en 1939, y, a diferencia de muchos de sus compatriotas, no quiso seguir el viaje hacia América, del Sur o del Norte. Para cuando Barea volvió la vista hacia el filósofo, este llevaba casi 15 años muerto, y el escritor antifascista se había hecho ya al té de las cinco y a la campiña inglesa —pero nunca, nunca, al "maldito tiempo inglés"—. Su breve ensayo sobre Unamuno, un retrato que dice mucho de ambos autores y de la época en la que se encontraron, vio la luz en Reino Unido en 1952. Cinco años después, cuando Barea ya había fallecido, se editó en español, en la editorial Sur de Buenos Aires. Ahora el sello Espasa lo publica por primera vez en España. [En el número de junio de tintaLibre puede leerse un extracto].  

Ese breve volumen amarillo, impreso por la editorial Bowes & Bowes de Cambridge dentro de su serie sobre la literatura europea, suponía el encuentro entre dos autores, a priori, no necesariamente afines. En el prólogo a esta edición, el investigador William Chislett dice, con franqueza: "A primera vista, parece extraño que Barea, un exiliado republicano, tuviera interés en Unamuno, porque cuando estalló la Guerra Civil en julio de 1936, el filósofo se proclamó partidario del golpe militar de Franco y, por ello, fue destituido por la República como rector de la Universidad de Salamanca". Barea había estado, además, profundamente implicado con el Gobierno republicano y la defensa de Madrid, llegando a trabajar en la Oficina de Censura de Prensa Extranjera durante la guerra. Tras la experiencia de la contienda, que narra en la última parte de su trilogía La forja de un rebelde, arrastró secuelas psicológicas durante años: el escritor sufría de vómitos cada vez que escuchaba, en Inglaterra, las sirenas antiaéreas de la II Guerra Mundial, que le recordaban a las que le habían martilleado los oídos durante los bombardeos en Madrid. 

Pero hay al menos cuatro grandes razones que acercaron a Barea a la memoria de Unamuno. La primera: el editor de la serie le ofreció escribir sobre Ortega y Gasset o sobre Unamuno, y quizás el vasco ganara, a los ojos de Barea, en comparación. Lo cuenta Ilsa Barea-Kulcsar, la traductora de toda su obra, su coautora en este ensayo y la responsable de que apareciera finalmente en Español. "Este ensayo fue escrito en colaboración con mi mujer, Ilsa Barea, que también lo tradujo", rezaba la edición en inglés. Y ella misma describe así, en la nota a la edición en español, su parte de trabajo: "Él tenía un sentimiento tan personal y casi diría idiosincrático hacia Unamuno que mis trabajos auxiliares de investigación, o las fórmulas que yo usaba en la traducción y en la redacción, era de importancia netamente secundaria". Algunos pasajes fueron traducciones directas del castellano de Barea, pero otros eran condensados o adaptados por la escritora "a la mentalidad del potencial lector inglés". Esto es, no existía un texto original en castellano, y la versión publicada en Argentina tuvo que ser, pues, una traducción del inglés. 

Otro motivo: como señala Chislett, Unamuno había sido muy admirado, gracias a sus críticas al carlismo, su compromiso republicano y su oposición a Primo de Rivera, por las generaciones posteriores. Era el caso de Lorca, asesinado por el bando fascista al que el autor de Niebla acabó apoyando. O de Antonio Machado, que le dedicó un poema y murió en el exilio, en el mismo exilio que Barea. De hecho, el rebelde de Lavapiés le dedica más espacio, en su ensayo, a su enfrentamiento con la dictadura primorriverista y su destierro a Fuerteventura que a su acercamiento posterior a los militares sublevados. En unas pocas páginas, Barea tiene que pasar de defender al "símbolo de la lucha espiritual por la libertad entre los intelectuales del mundo entero" a explicar su apoyo al bando fascista. "En un principio", escribe, "Unamuno se declaró en favor de los sublevados, no porque compartiera las ideas de los fascistas que había en su seno, sino porque tenía la esperanza de que esta rebelión salvara a España del gobierno de la masa que había llegado a ser su obsesión, y al mismo tiempo reviviera la 'tradición viva". 

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Quizás si Arturo Barea estaba dispuesto a perdonar era, en parte, por ese conocidísimo acto de redención que Unamuno protagonizó en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936. Aunque no han quedado registros periodísticos del momento, sí quedó el relato de Luis Portillo, profesor auxiliar de Derecho Cvil en la ciudad que, de oídas, contaba el enfrentamiento entre el filósofo y Millán Astray. Fue Ilsa Barea-Kulcsar la que se encargó de su traducción. "Muy poco se sabe de su valiente ataque a los que estaban en el poder, tan pronto como hubo comprendido que estos no tenían nada que ver con sus anhelos espirituales", cuenta, a su vez. Barea. "Cualquiera que sea el exacto detalle de los discursos y gritos, se impone la verdad intrínseca de que, en aquella gran sala de Salamanca, el viejo general fanático había estado de parte de la fuerza bruta y la muerte, y don Miguel de Unamuno de parte del libre intelecto y la vida".

Porque la principal razón de que Arturo Barea se acercara a Miguel de Unamuno está más allá de las alineaciones políticas últimas, o incluso de los logros literarios. De lo que Barea se siente cerca es de su pensamiento. De hecho, los biógrafos del filósofo, Colette y Jean-Claude Rabaté, se sorprenden de que el autor de La forja de un rebelde dé tanta importancia a los ensayos, y también a la obra periodística de Unamuno. No es azaroso que Barea aborde en su primer capítulo el "problema nacional" según lo entiende el filósofo, y se adentre en el segundo en el "sentimiento trágico de la vida esbozado por este". Es Ilsa Kulcsar la que da la clave: "En tanto que preparaba el presente ensayo, adentrándose en el mundo espiritual de Unamuno, no me cabe duda de que mi marido se identificaba más y más con su rabia y su idea, si es lícito usar las palabras de Antonio Machado fuera de contexto".

Seguramente, décadas después de los textos que analizaba, a miles de kilómetros del hogar y de la patria, Barea lidiaba con ese mismo "problema nacional" —la "honra nacional" ligada a la guerra, el nacionalismo que servía para explotar "al pueblo silencioso"— y con ese mismo "sentimiento trágico de la vida" —"el ansia de encontrar un sentido a la vida y el miedo a la futilidad absoluta están vivos en el alma de todo ser humano", escribe Barea—. Y el librito se cierra con las siguientes palabras, que revelan grandes dosis de comprensión y empatía: "Un pensador que enseña cómo convertir el conflicto, la contradicción y la desesperación en fuente de energía tiene algo grande que ofrecer a los hombres de nuestra época".

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