La vida de los otros

Las voces de Adriana

Elvira Navarro

Random House (2022)

Y, después de la muerte, ¿qué queda? Nada. Excepto los vivos, que sonríen, que recuerdan.

Marguerite Duras — 'Nada más'

Las novedades editoriales dan miedo. Lo primero es buscar refugio. Leer lo que se escribe de esas novedades es demasiadas veces una emboscada. En las propias editoriales no mandan quienes entienden de literatura, sino el departamento de comercial. Te venden la moto. Demasiadas motos en las librerías. Y no te veas en las redes. Un peligro. Nunca se han escrito tantas obras maestras como ahora. En los años ochenta del pasado siglo decíamos que si levantabas una piedra asomaba la cabeza un diseñador. Ahora se puede decir que levantas una piedra y encuentras no un alacrán sino una obra maestra de la literatura. Y claro: esa obra maestra es casi siempre peor que la picadura de un alacrán. Por eso es para echar cohetes cuando te encuentras con una novela como la de Elvira Navarro.

De esta escritora había leído otra espléndida: La trabajadora. Ahora hablo de Las voces de Adriana. Un gozo. Lo digo ya de entrada. Una mujer nos cuenta su vida. Nunca una vida es sólo una vida. Son muchas vidas. Ya sé que es una obviedad. Me da igual lo que sea. "Me sentaré en un banco, en el extremo, y veré pasar la vida; la vida de los otros, que la mía será mi baza", escribe Teresa Moure en una novela de las que entran pocas en una docena: Hierba mora. Otro día hablaré de ellas, de Teresa Moure y su novela. Ahora entro en ese coro musical que es Las voces de Adriana. Un coro de voces discordantes. Si no fuera así, la cosa se hundiría en la primera página. Aquí no sólo no se hunde, sino que flota a cada párrafo como si el naufragio del Titanic hubiera sido mentira. Ningún hundimiento en la escritura nada fácil, ni confortable, ni dócil, que es la imagen de marca de Elvira Navarro, al menos en los textos suyos que conozco.

Una mujer cuenta su vida. En tres episodios. Primero surge la figura del padre. Construir un personaje. Destriparlo. Buscarle los rincones oscuros. Nada de tonterías. El padre. Un respeto a la figura del hombre de la casa. Luces y sombras de esa figura. Más sombras que luces. El amor es a veces un camino que te lleva a todas partes menos a Roma. Un encuentro en el hotel turístico. Un hombre y una mujer. El padre y la madre de Adriana. El matrimonio no es ningún paraíso. Tampoco necesariamente un infierno. A ratos una cosa. Antes o después, una cosa diferente: "A veces pensaba que, si decidiera ir a lo esencial de ellos, tendría que ensayar dos escrituras distintas, pues sus mundos eran opuestos". Antes de esas reflexiones, hay que hablar de la muerte. Para entrar luego en las estrategias de la vida. El otro día, mi querido y admirado Pepe Sacristán me lo decía: "Vamos durando". La vida como duración. La muerte como algo que anda haciendo arrumacos a la vida. Y al revés. El cuerpo se pudre cuando la muerte hace de las suyas. Pero antes "sólo tiene sentido en el mundo de los vivos". La madre ha muerto. El padre vive clavado a las citas de Internet. Se conoce todas las plataformas de ligues. Mujeres que llenen su soledad huérfana de amores. Se le amontonan los ligues. Te ríes. Aunque sepas, con Marguerite Duras, que "escribir es una ocupación trágica". También leer lo es, a veces, cuando te enfrentas a un libro como Las voces de Adriana. Pero te ríes, a ratos. Eso es bueno. No te agobia. Te deja un espacio para respirar. Lo dice la narradora de esta historia: cuántas mujeres acumula la agenda de su padre internauta. Cuando leo esto, me acuerdo de Joselito, la canción inmensa de ese artista inmenso que es Kiko Veneno: "Siete novias tuve / Más novias que un moro / Me salieron malas / Y a las siete abandoné". Unas risas siempre vienen bien. Para que los fantasmas del pasado no te conviertan en un esclavo de lo que ya dabas por amortizado. Un día el padre sufre un ictus. La vida que se tuerce. También la de la hija. Los cuidados. Cómo se entienden quien los necesita y quien los intenta para que la decrepitud no se convierta en un espejo donde los dos se sienten reflejados. Me pasó eso con mi madre. Sé de lo que hablo. Como Elvira Navarro, también conté ese desasosiego en una novela: Esas vidas. Por eso no he podido salir en ningún momento de la historia de Adriana y su familia. Enganchado todo el rato. La hija se mete a escuchar las voces de las redes. Otra vida. Otras vidas. "Este libro es una caja de música de la que salen voces e impregnaciones que nos dicen quienes somos", escribe Marta Sanz en la solapa de esta novela que perturba sin contemplaciones. El alacrán que te salta a la cara cuando levantas una piedra. Mejor el alacrán que una obra maestra de la literatura pálida. Un alacrán de los que pican de verdad. No de los que te dicen ven como el bolero y nos vamos a echar un baile con Los Panchos. Pero sin la nobleza de Los Panchos.

Las redes. Refugio e intemperie. A la vista todo de los demás. Así Adriana siguiendo los pasos de su padre. Ya está en las redes. Se conoce todas las plataformas. Liga. Hasta llega a enamorarse de un tipo —el hombre de la barba— y le escribe poemas como harían los adolescentes. La asusta esa exposición permanente a que obligan las redes. Por eso "prefería dedicarse a dialogar mentalmente con las voces de sus anónimos y muertos ilustres: era la interacción pacífica y desapasionada que necesitaba para sentirse a salvo". Las voces de los muertos. Las que se encontrará principalmente en la segunda parte del libro: La casa. El regreso al pueblo donde nacieron ella y sus fantasmas. Nada es lo que era. La casa donde vivía la familia, donde ella pasó sus años de infancia y casi todos los veranos. La familia. La abuela, sobre todo. Allí regresa Adriana para encontrarse con la abuela y la madre. Dos muertas. Casi todo es vacío. La casa con el cartel de "SE VENDE". Nadie repara en lo terribles que pueden llegar a ser esos carteles. Qué hay detrás de sus letras mayúsculas, como un impositivo no a quien la puede comprar sino a quien de ella se desprende. Una casa no se vende sola, sino también a los fantasmas que encierra. A las vidas que allí fueron vividas. Todas las casas son nada hasta que alguien las habita, escribía mejor que yo lo digo ahora César Vallejo. "De lo que ya no existía quedaba el eco, su densidad. Materia oscura", escribe Adriana. Y antes de abandonar la casa y a sus espíritus nada conformistas delante de la visita: "¿Por qué en todo ese tiempo había sido incapaz de escribir sobre su universo materno y en cambio se había dedicado a fabular con las historias de los demás? ¿De qué tenía miedo?". Las historias de los demás. Las vidas de los otros. El miedo a encontrarse con las huidas que tantas veces construyen -junto a la pérdida- nuestra propia existencia. Después, ya para cerrar el itinerario por la memoria que te incomoda a cada página, llegan las voces, las que ocupan la última parte del libro.

Luz en las heridas

El coro que esta vez forman tres personajes: la abuela, la madre, la hija. ¿Una conversación a tres bandas? ¿Una sola voz?: "Una especie de diálogo imposible, donde las voces de las mujeres muertas parecen a veces a la defensiva ante el relato que levanta la hija, quien les da la voz", dice Rosario Izquierdo cuando se refiere a esas voces que se buscan inútilmente unas a otras, como si cada una fuera a su bola, como si esas voces nunca llegaran a encontrarse. La abuela que habla como si no fuera ella la que hablara. Un lenguaje que no es el suyo. Una mujer que sabe que presta su voz a una obra de ficción. Por eso no le importa la verosimilitud o no de lo que cuenta: "Me están haciendo hablar de una manera que no sé, estoy diciendo cosas que nunca habría dicho porque no sabría cómo decirlas, mi lenguaje es más simple, mi cabeza es más simple, lo que no sirve va para fuera. A partir de cierta edad todo lo que sucede es puro milagro". Y la madre: asumir que su papel al casarse con el padre de Adriana era como para reparar la vida perra de sus padres: "Mis padres no habían sabido tratarse bien y habían sufrido por ello; por tanto, yo debía repararles". Tampoco la verosimilitud le importa a la hija, a una Adriana que hila las voces como si fuera ella la que las distribuye por todo el texto como si de una voz única estuviésemos hablando. Lo dice ella misma, que al principio era su voz la que reunía a las demás, la que las organizaba, la que decidía qué lugar ocuparían en el coro de voces del relato: "Pero luego me pasó algo raro mientras escribía: tenía todo el tiempo la impresión de que los fantasmas no están solo dentro de una sino también fuera. De que persisten en el mundo".

No me ha dado ningún miedo esta novedad editorial. Las novelas intemperie son un gozo. Las abres y enseguida sientes el picotazo del alacrán. La literatura no nos salva de nada. Sólo tal vez alivia la escorrentía de sangre que sigue por dentro al picotazo. Las voces de esta novela son las nuestras. Para bien o para nuestra desgracia. Como la vida misma. Como la literatura que no engaña: Elvira Navarro y Adriana. Una pareja de las que no se encuentran fácilmente en esas plataformas de ligues que abundan en tiempos de soledad infinita y de desasosiego. Larga vida a las dos. Larga vida. Y que así sea.  

Alfons Cervera es escritor. Su último libro es Maquis (Edición 25 aniversario en Piel de Zapa).

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