Aún violenta y dulce: la Nicaragua de Sergio Ramírez

Sergio Ramírez durante una entrevista celebrada en Casa de América el pasado mes de septiembre.

Tongolele no sabía bailar

Sergio Ramírez

Alfaguara (2021)

Nicaragua es en la memoria ese pequeño país centroamericano que en 1979 conmovió al mundo con la victoria de su revolución sandinista, que tumbaba décadas de brutal dictadura respaldada por el poder estadounidense y encarnada en la dinastía de los Somoza, de triste memoria. Luego llegó el acoso terrorista desde Honduras por parte de la Contra, que incluía agentes del somocismo y que era alentada por la CIA: la oscura maniobra se sustentaba una vez más en el lucrativo negocio armamentista.

En 1984 —año de resonancias distópicas— y para sensibilizar a la opinión pública ante ese drama, Julio Cortázar publicó la colección de ensayos titulada Nicaragua tan violentamente dulce, cuyos derechos de autor estaban “íntegramente destinados al pueblo sandinista de Nicaragua”. Ahí declaraba Cortázar que “sólo lo que está ocurriendo en América Central basta para mostrar uno de los peldaños por los cuales el horror orwelliano sigue descendiendo en su monstruosa voluntad de entropía”. Y decía también que el socialismo “debe ser un fénix permanente, dejarse atrás a sí mismo en un proceso de renovación y de invención constantes; y eso sólo puede lograrse a través de su propia crítica”.

Aún violenta y dulce, así reencontramos esa tierra de poetas después de los años. Como sucediera antes en la guerra civil española, hubo voluntarios de muchos países que se sumaron a aquel proyecto utópico que fue quedando a la deriva. Sergio Ramírez —que se encuentra en su plena madurez literaria y ha merecido el Premio Cervantes en 2017— participó activamente en él: fue miembro del primer gobierno sandinista, luego trabajó como vicepresidente de Daniel Ortega hasta 1990, y se mantuvo en la defensa del sandinismo original hasta fines de los noventa, cuando abandonó desencantado la política y se entregó de lleno a la literatura.

Esos años turbulentos los volcó entonces en un notable libro de memorias que tituló Adiós muchachos, donde nos hablaba de la “revolución perdida” y del fracaso ético del sandinismo. Sobre todo porque el objetivo más importante de ese movimiento, que era la reforma agraria, estaba siendo desplazado por un reacomodo de la riqueza que devolvía el país a las desigualdades anteriores al 79. Con el agravante de que “muchos de los que alentaron aquel sueño son parte ahora de ese reacomodo”. No se trataba por tanto de una renuncia a la fe en la utopía y la cultura como motores del futuro, pero sí de una crítica imperiosa y necesaria a lo que estaba pasando. Esa misma crítica que también pedía antes Cortázar, y que nos ofrece de nuevo Ramírez en esta última novela, secuestrada por el gobierno nicaragüense, que ha convertido al autor en perseguido político por hablar de esa dolorosa degradación de su país.

Tongolele no sabía bailar se inscribe en la estirpe de las novelas sobre la revolución traicionada, que tiene como paradigma fundamental la producción de Alejo Carpentier, en especial El reino de este mundo. Nos hablaba ahí el autor cubano de la facilidad con que los libertadores se convierten en tiranos, y Sergio Ramírez se suma a esa genealogía  para radiografiar el horror en que ha desembocado su país, bajo el mando de una pareja de viejos dirigentes del sandinismo que se resisten a renunciar al poder. Y cuya dictadura llegó a su momento álgido con la respuesta armada a la protesta estudiantil de 2018, que tuvo un saldo de centenares de muertos y miles de heridos.

La censura contra esta novela de Ramírez confirma su verdad, contada desde la ironía melancólica del autor y de su alter ego, el detective Dolores Morales, al que una artimaña narrativa le otorga una biografía de Wikipedia que adelanta la trama. Morales es un excombatiente y detective renco y socarrón, y está desterrado con Rambo, su subalterno, en Honduras. De allí regresa disfrazado para entrar en contacto con la resistencia, en particular con doña Sofía —colaboradora del FSLN, madre de un combatiente muerto en 1979 y experta en redes sociales, usadas para minar el régimen y denunciar sus abusos— y Monseñor Bienvenido, que transmite por radio sus sermones.

A través de las palabras de Monseñor, Tongolele no sabía bailar insiste en esa alerta que ya encontrábamos en Adiós muchachos: el fracaso de la lucha contra la desigualdad. Porque hay dos Nicaraguas, la de los que comen solamente guineo con sal, es decir, la de “la inmensa mayoría, la de la pobreza que ofende”, y la de los ricos, sea “la oligarquía vieja que solo cree en el dinero”, sea “la nueva clase fastuosa y arrogante de quienes un día se llamaron revolucionarios, y hoy también solo creen en el dinero. El dinero los une, por eso pactan entre ellos, por eso se reparten las vestiduras del país”. Eso es lo que dice su sermón, que incluye la autocrítica: “Vimos cómo aquellos que cuando eran jóvenes lucharon por un mundo nuevo le daban un golpe de Estado al pueblo cambiando la Constitución para perpetuarse en el poder en nombre de una revolución ya muerta, y no dijimos nada. Vimos cómo se robaban las instituciones y las prostituían, y tampoco dijimos nada. Vimos cómo se apoderaban de la policía y del ejército y nos callamos (…) vemos cómo cambian los libros de historia y los llenan de mentiras (…) y seguimos callados”.

En la novela de Ramírez, el antagonista de Morales es Anastasio Prado, Tongolele, que debe su sobrenombre al mechón blanco de su pelo —igual al de una famosa vedette mexicana—, y su nombre de pila al homenaje que su padre somocista hizo al antiguo dictador. Tongolele es un poderoso jefe de espías y sicarios, asesino y torturador, y tiene como ayudante y bufón a Pedrón, su jefe de operaciones, con el que lo vemos conversando con desparpajo sobre los cadáveres y desaparecidos, mientras la madre de Tongolele, la profesora Zoraida, se enriquece como vidente al servicio de la vicepresidenta.

Cuando Tongolele cae en desgracia, lo ponen a trabajar para Leónidas, un personaje que le valdrá a Ramírez para culminar su retrato de la revolución traicionada. Se trata de un sandinista de la primera hora que luego deserta a Honduras y se suma a la Contra. Es servicial, vanidoso y cínico, y su madera de traidor no impide que regrese, y que sea perdonado y premiado por el nuevo régimen: maneja un Porsche de colección, de carrocería color verde musgo, y a sus ochenta años sigue ostentando su poder en un despacho plagado de fotos donde aparece en compañía de líderes como Fidel Castro, Omar Torrijos y Gadafi, quien le ha regalado un Rolex de oro macizo del que no se separa. Hay ahí igualmente fotos con oficiales de la CIA en Honduras, e incluso con Reagan en la Casa Blanca. Frente a la figura de Tongolele —el fanático de la obediencia ciega—, el pintoresco Leónidas encarna al intrigante y cínico que se entrega al mejor postor.

Para la construcción de su novela Sergio Ramírez recurre al grotesco, y desde sus estrategias retrata el mundo de brujería con que se rodea Rosario Murillo para manejar los hilos del poder. Este tiene su principal símbolo en los “árboles de la vida” sembrados por la ciudad de Managua: sus luces artificiales y opulentas iluminan un paisaje arruinado, y aunque Murillo pretende convencer de que protegen a su pueblo con sus campos magnéticos, no son más que costosos monstruos metálicos que representan lo delirante de su gobierno. Esos árboles de lata son un testimonio más del caprichoso saqueo del erario público por parte de los que se aferran al poder por todos los medios, y de ahí que los estudiantes decidan derribarlos.

La novela de Ramírez es un libro valiente, escrito desde el dolor ante la patria humillada, ante su sueño escarnecido, porque con Daniel Ortega y Rosario Murillo se consolida “una nueva clase de capitalistas provenientes de las propias filas del FSLN” y apoyados, según nos comenta, por asesores cubanos y venezolanos. La defensa de ese poder político y económico que ostentan es lo que los ha llevado a organizar a sus francotiradores para reprimir las protestas estudiantiles, dotándolos además de armas de visión nocturna que tiran a matar contra los más granado que tiene un país, que es su juventud.

Entre los valores de la novela está además su dominio de la oralidad, y también el hondo conocimiento que el autor tiene del drama que nos presenta. Y que le permite hacer un vívido retrato de un país fracturado y devastado que se mueve entre invocaciones esotéricas y memes de burla. Probablemente el mayor atractivo del libro es que Ramírez escribe desde la experiencia: su libro sabe a verdad y no a artificio literario cuando nos habla de corruptelas, asesinatos, violaciones, torturas, fanatismo y sinrazón, y cuando acusa a “los tutankamones de la revolución, momias y momios a quienes hay que devolver por vía exprés a sus sarcófagos”.

Sergio Ramírez nos trae ante los ojos una Nicaragua violenta y sometida, donde sin embargo aún late la esperanza. Lo hace desde la mirada de su alter ego, “un pobre guerrillero desilusionado”, y desde la actividad de una frágil resistencia. Qué lejos queda de este cuadro funesto aquella revolución movida por el sandinismo, que el poeta Ernesto Cardenal retrató como “un ejército alegre, con guitarras y abrazos. / Una canción de amor era su himno de guerra”. Era un tiempo de ideales que impulsaba aún la devoción a Sandino, cuya ejemplaridad lideró la resistencia contra la invasión estadounidense de Nicaragua, y cuyo triunfo no lo libró de morir asesinado por un nuevo gobierno títere del capital, una especie terca que suele regresar en los espejos de la gran Historia.

 

* Selena Millares es escritora. Autora de las novelas El faro y la noche y La isla del fin del mundo.

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