Cultura

Marcelino Bilbao, memoria del horror nazi

Recibimiento de las tropas aliadas en Mauthausen.

Hoy, 16 de enero de 2020, Marcelino Bilbao habría cumplido 100 años. En realidad, nunca supo exactamente cuándo ni dónde fue traído al mundo: lo encontraron en la orilla de un río, en la ciudad que le daría nombre, y lo criaron un inmigrante gallego y una inmigrante leonesa. Muchas veces creyó Marcelino que iba a encontrarse con la muerte antes de que finalmente le venciera en 2014, y apenas podía imaginar que sobreviviría al infierno en la tierra, que, lo supo a los veinte años, tenía nombre, y ese nombre era Mauthausen. Pero lo hizo. "Eran las tres menos diez", recordaba sobre el 6 de mayo de 1945, "cuando el primer tanque de la liberación se presentó a las puertas del campo". Marcelino Bilbao podría contar su historia, y su sobrino nieto, Etxahun Galparsoro, podría escucharla, y grabar las conversaciones que mantuvieran, y publicar, aun después de su muerte, Bilbao en Mauthausen (Crítica), el libro de memorias del combatiente republicano que ahora llega a las librerías.  

Marcelino Bilbao, que residió en Francia desde su salida del lager de Ebensee —dependiente de Mauthausen— hasta su muerte, dejó parte de sus recuerdos en un manuscrito, reelaborado y recortado para integrarse en Triangle bleu, una obra colectiva sobre las vivencias de los españoles en el campo editada en 1969. Concedió entrevistas, habló ante quien se lo pidió y sus recuerdos sirvieron para construir trabajos históricos sobre el horror del III Reich. Pero el verdadero repositorio de su memoria fue su familia. Etxahun Galparsoro, su sobrino nieto, historiador y trabajador del centro de documentación vasco Lazkaoko Beneditarren Fundazioa, recuerda cómo el tío Marcelino aparecía por su casa, de visita, dos o tres veces al año. "Yo, de niño, escuchaba lo que contaba, y entendía que estuvo en un lugar muy malo", cuenta en Madrid, a donde ha viajado para promocionar el libro. En la adolescencia, comenzó a comprender un poco más, y ya en la carrera, convencido de que su testimonio tenía un valor incalculable, empezó a grabar sus conversaciones. Así, solo para asegurarse de que no se perdían. 

Marcelino Bilbao combatió en el bando republicano durante la Guerra Civil, como parte del batallón anarquista Isaac Puente, hasta que en 1937, derrotado en el flanco norte, huye al frente de Cataluña, donde lucha en la batalla de Teruel o en el Ebro. Continuaría peleando, con el Ejército francés, en la Segunda Guerra Mundial, construyendo la línea Maginot, arrasada finalmente por las fuerzas alemanas. El 13 de diciembre de 1940, prisionero de la armada nazi, el combatiente vasco llega a Mauthausen, a donde fueron a parar buena parte de los presos españoles, llamados despectivamente rotspanier, y donde permanece hasta 1944. Entre ese momento y el feliz día de la liberación, al año siguiente, Bilbao permanece en el campo de Ebensee, dependiente de Mauthausen, un lager enorme que servía como fábrica armamentística y que llegó a reunir a 18.500 prisioneros. Galparsoro ha recopilado el manuscrito íntegro que su tío redactó entre 1962 y 1969 y lo ha complementado con las cintas grabadas a lo largo de los años para construir un relato cronológico y muy completo de sus vivencias en aquellos infiernos. 

Pero el historiador no se limita a reproducir los relatos que tantas veces escuchó contar a su tío. Los contextualiza, los compara con las narraciones de otros supervivientes y consigue lozalicar temporalmente las historias y confirmar su veracidad gracias al estudio de otros trabajos históricos. "Los deportados, al estar encerrados, carecían de referencias espaciotemporales. Entonces, el problema solía ser que sus vivencias son una colección de historias inconexas entre sí", explica. De sus primeras aproximaciones, de joven, a las historias que contaba Marcelino Bilbao, sabe que sin el contexto apropiado, al lector puede escapársele mucha información. "Quería hacer de puente", continúa, "para darle al lector unas claves con las que comprender mejor lo que se intenta transmitir. Y, por ejemplo, el propio deportado no es consciente de las decisiones que la cúpula nazi tomó, aunque él las sufriera personalmente". Galparsoro se sirve de lo micro para contar lo macro, y viceversa, dibujando un hilo desde las barracas del lager hasta los movimientos internacionales. 

Bilbao lo vio todo: el hambre, las condiciones atmosféricas extremas, la enfermedad, la violencia constante, la crueldad con la que se administraba la muerte y el castigo, el sadismo de los jerarcas nazis, la organización interna del campo, que a menudo enfrentaba a los prisioneros los unos contra los otros, la especial inquina contra los presos judíos, la temible cantera de Mauthausen, la escalera de la muerte por la que los soldados despeñaban a las víctimas más débiles, el barranco por el que saltaban los desesperanzados, los crueles experimentos de Aribert Heim, el médico que usó a los internados de los campos como conejillos de indias... Y todo lo cuenta con clarividencia, con franqueza, a veces con humor.

Pero el testimonio de Bilbao tiene especial valor histórico en lo que se refiere a dos aspectos. El primero, la cantera del lagerlager: "Él es una de las pocas víctimas que estuvo trabajando allí durante mucho tiempo y que sobrevivió", dice Galparsoro. Su memoria permite establecer con mayor exactitud la extensión de la pedrera, y también comprender mejor su funcionamiento. Además, el combatiente antifascista pasó su último año en Ebensee, un campo sobre el que apenas existe información en castellano, apunta el historiador. "En la misma construcción, los españoles tuvieron un papel relevante, además de en la propia organización del campo", cuenta. Los anexos del volumen incluyen dos listas de republicanos que pasaron por allí: "Muchas familias no sabrán que sus familiares estuvieron allí ni qué responsabilidades tuvieron".

Bilbao en Mauthausen es, además, una huella de la dimensión íntima del cautiverio. La familia Bilbao-Aguirre ha sido testigo de diversas formas de afrontar el daño irreparable que sufrieron todas las víctimas, también las que sobrevivieron. "Yo tuve tres tíos en los campos", cuenta Galparsoro, "uno nunca habló del tema, otro no habló hasta que en los últimos años se propuso contarlo para que las siguientes generaciones lo supieran, y Marcelino habló muchísimo de ello". A todas horas, sin que hiciera falta preguntarle, a la hora de la comida, quisieran sus familiares escuchar o no las historias horripilantes, durísimas, sobre las que volvía una y otra vez. "Era parte de su trauma, de un dolor interior… Lo contaba para mitigar ese desgarro", explica su sobrino. "Necesitaba contarlo a todas horas, era algo increíble".

El historiador se queja de que las familias de los deportados no suelen formar parte del relato de aquel momento histórico, aunque les acompañaron en un destino "trágico". Tampoco se cuenta cómo "el programa de exterminio nazi continuó durante años": Marcelino Bilbao fue cómo sus antiguos compañeros iban muriendo en los años que siguieron a la liberación, a causa de las secuelas de la vida en los campos. Bilbao en Mauthausen no es solo un homenaje a ese joven que nació en el río y que sobrevivió a todo. Es una pieza más de la memoria común. De una que nadie puede permitirse olvidar. 

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