Las mujeres que quiso el franquismo

Estaba la esposa servicial y discreta que proclamaba la Sección Femenina, el órgano de Falange para la instrucción de la mujer. Estaban las buenas creyentes de Acción Católica. Estaba el aplaudido rol de sumisa, sufriente, ciudadana de cuarta. Pero, si miramos la fotografía, el cine, los carteles, vemos que el modelo de mujer imperante en el primer franquismo también tuvo sus (numerosas) disidencias. Esa es la conclusión de la historiadora María Rosón, que en su libro Género, memoria y cultura visual en el primer franquismo (Cátedra) ha explorado la representación de la feminidad entre 1938 y 1953, cuando el régimen comienza a romper su aislamiento exterior. 

"No hay que pensar que porque hubiese una dictadura totalitaria y patriarcal, que lo era, todas las mujeres iban a encarnar a rajatabla el modelo del nacionalcatolicismo, o el que deseaban los mandos de Falange. Siempre hay negociaciones y heterodoxia", explica la autora del título, realizado a partir de su tesis doctoral. Lejos de quedarse con la construcción de lo femenino que se lee en los manuales de la Sección Femenina, o con las barrocas descripciones de la bondad maternal representadas en la propaganda franquista y los medios, la historiadora del Arte se ha fijado en las representaciones visuales —las imágenes de Pilar Primo de Rivera y sus seguidoras, pero también el cine, las fotos y los álbumes familiares— para defender la existencia de "pequeñas aristas que nos permiten ver que la realidad es mucho más compleja de lo que en un principio nos cuentan desde la dominación".

La "mujer fuerte"

Rosón ha encontrado un patrón de representación común que ha llamado "la mujer fuerte". Paradójicamente, se ve de manera evidente en los mandos de la Sección Femenina, que pese a las instrucciones que dirigían a la población se retrataban con el uniforme de la organización, de corte castrense y casi unisex, y en poses o actividades asociadas a lo masculino. Pero "no solo se encuentra en el discurso más oficial de todos, en el seno de la organización que con más ímpetu se encargó de domesticar a las mujeres", advierte. También en los retratos privados, en las revistas para ellas, en el cine. "Son distintos tipos de mujer fuerte, de las mujeres marciales de Falange a las mujeres sensuales hollywoodienses, pero en todos estos casos se puede hablar de una feminidad empoderada", argumenta. 

La resistencia desde lo personal se explica en parte por la dureza de la posguerra, que obligaba a las mujeres convertirse en "referentes de fortaleza". Teniendo en cuenta, además, su papel destacado en la supervivencia de lo cotidiano, obligadas a ser el padre de familia si sus maridos habían ido al frente, habían sido encarcelados o habían sucumbido al hambre y la enfermedad. Pero si esas pequeñas huellas de emancipación o protesta fueron posibles, cree Rosón, era por la experiencia irreversible de haber vivido los refrescantes años treinta. Los mandos de la Sección Femenina, sin ir más lejos: "Habían militado en la clandestinidad, se habían cortado las melenas, habían conducido, habían llevado pantalones… Habían tenido esa experiencia de modernidad, aunque no fuera una modernidad ligada a la izquierda".

Estudiar lo "infraordinario"

La huella de la Sección Femenina

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El caso de las dirigentes de la Sección Femenina podría considerarse como algo excepcional, sabiendo que eran una minoría en comparación con las madres de familia que esperaban crear. Los modelos que llegaban a través del celuloide —Lauren Bacall, Imperio Argentina, Carmen Miranda— sin duda estaban alejados de la realidad española, o al menos la de la mayoría. Pero, defiende Rosón, sus imaginarios calaron. "Lo de los mandos de la Sección Femenina estaba muy imbricado en la sociedad, aunque no se evidenciaba tanto en el momento. Basta con hablar con cualquiera de cierta edad: coinciden en que eran muy masculinas, siempre estaba el rumor de que había relaciones homoeróticas entre ellas, que eran mujeres con poder, que eran modernas…", apunta la historiadora. Y se ve en los peinados exhibidos en los retratos íntimos, modelados a imagen de Hollywood, en las actitudes que recorren los álbumes.

La influencia del concepto de "mujer fuerte" se evidencia en obras como Mujeres de España, un compendio de biografías de heroínas escrito por la falangista Mercedes Sanz Bachiller en 1940 y que incluía personajes como Isabel la Católica, Catalina de Aragón, Teresa de Jesús, Emilia Pardo Bazán o Concepción Arenal; o en La mujer fuerte. Ensayo sobre el feminismo, del padre Ruiz Amado, cuya tercera edición fue publicada en 1948. Pero también en el ámbito de lo íntimo, señalado por Rosón en el subtítulo "Materiales de lo cotidiano, más allá del arte". En ese sentido, la historiadora se propone estudiar lo "infraordinario", "lo que realmente ocurre, lo que vivimos", en palabras del escritor francés Georges Perec. 

¿Y dónde está todo eso? En parte, en los archivos oficiales, que Rosón ve como "estructuras del poder, donde se depositan los materiales que el poderoso desea guardar". Pero hay que "interrogarlos de otra forma". Mirar los libros de familia, por ejemplo, esos retratos colectivos hechos en un caro estudio fotográfico o en el patio de la casa del pueblo, con las mujeres en el centro o a un lado, arregladas o con traje de faena. Y los álbumes familiares, ese relato visual que tanto tiene que ver con la memoria y la construcción de la propia identidad. Son metodologías que han cultivado los estudios de género, como Rosón aprovecha para recordar. "Se sigue considerando el estudio de las mujeres como un tema menor", denuncia, "Y no es solo que seamos la mitad de la población". El feminismo es "una manera de interrogar el mundo", "una forma de pensar las disciplinas para desafiar qué entendemos por canon". Para estudiar no sólo la idea impuesta por el régimen, sino todas las disidencias que el sistema no pudo aniquilar

Estaba la esposa servicial y discreta que proclamaba la Sección Femenina, el órgano de Falange para la instrucción de la mujer. Estaban las buenas creyentes de Acción Católica. Estaba el aplaudido rol de sumisa, sufriente, ciudadana de cuarta. Pero, si miramos la fotografía, el cine, los carteles, vemos que el modelo de mujer imperante en el primer franquismo también tuvo sus (numerosas) disidencias. Esa es la conclusión de la historiadora María Rosón, que en su libro Género, memoria y cultura visual en el primer franquismo (Cátedra) ha explorado la representación de la feminidad entre 1938 y 1953, cuando el régimen comienza a romper su aislamiento exterior. 

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