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Arte

Cuando lo mundano se convirtió en arte (y en negocio)

Autorretrato con luz negra, de Andy Warhol.

De la artesanía, a la producción en serie. Con la democratización de las máquinas, llegó una nueva forma de consumir. Estanterías repletas de cajas, botes y bolsas que repiten el mismo patrón de colores y formas comienzan a poblar las tiendas. Ya no importa tanto que los productos sean únicos, sino asequibles y ampliamente disponibles. Con punto de partida las investigaciones de Duchamp sobre las cualidades estéticas de los objetos cotidianos (con aquel urinario que es a la vez Virgen y Buda como máxima enseña), las vanguardias de principios del siglo XX comenzaron a partir de ahí a atisbar lo que de sublime puede tener lo banal. 

'¿Qué es lo que hizo que los hogares de ayer fueran tan diferentes y tan atractivos?', Richard Hamilton (1992)

Desde esas bases, y también como reacción ante la profusión del expresionismo abstracto (aquel de los muy torturados Jackson Pollock o Mark Rothko), se estableció entre finales de los cincuenta y principios de los sesenta una manera diferente de entender y emprender el acto creativo que se apropiaba de las novedosas formas de producción. Con el punto de partida difuso, disputado entre Gran Bretaña y Estados Unidos, el arte pop marcó el final de aquel periodo llamado modernidad para ceder el terreno al eclecticismo de la era posmoderna.

Centrándose en cómo este estilo fue influido por sus precedentes, el Museo Thyssen Bornemisza de Madrid ha conjurado a algunas de sus leyendas en Mitos del pop, una colectiva abierta desde este 10 de junio hasta el 14 de septiembre. La muestra, que viene a cubrir 20 años de ausencia pop en España, cuenta con aportaciones de aquel y de este lado del charco, y se complementa con la próxima exposición del Reina Sofía dedicada a la figura del pionero inglés Richard Hamilton, que inaugura este 26 de junio (hasta el 13 de octubre) y para la que ambos museos han previsto una entrada conjunta al precio de 13 euros.

'La salita', Equipo Crónica (1970). 

Una amalgama de influencias, un resultado amalgamado

El pop es un arte “popular, efímero, intercambiable, de bajo coste, producido en masa, ingenioso, sexy, joven, efectista, glamuroso y un gran negocio”.

Poco más cabe añadir a la definición de Hamilton. El nombre del británico, creador del célebre collage en el que un hombre musculoso sostiene un enorme chupa-chups en el que se lee la palabra pop en medio de un salón plagado de carteles y productos contemporáneos como un televisor, un magnetofón o un confortable sofá sobre el que reposa una pin-up semidesnuda (considerada por muchos la obra pop primigenia, y de la que se presenta una versión de 1992, no la original de 1956), se alterna en las cartelas con los de Andy Warhol, Ray Johnson, Roy Lichtenstein, Robert Indiana, Mario Schifano, Sigmar Polke o el Equipo Crónica, entre otros varios, que suman más de cien obras expuestas entre las propias del museo y las prestadas por instituciones y colecciones privadas internacionales.

Decíamos que el establecimiento de la sociedad de consumo -en la que la propia obra de arte se convierte en producto estrella para el mercadeo y la especulación-, unido al hartazgo del expresionismo abstracto, se concretó en estas obras figurativas de vivos colores y contornos nítidos en las que, frente a los grandes temas mitológicos del arte pasado, se prima la iconografía contemporánea y mundana. El papel del cine, de la prensa, del cómic, de la publicidad, de la música… es, en ese sentido, una cuestión imposible de obviar, aunque quizá, en estos casos, el influjo fuera más recíproco que unidireccional.

'Mujer en el baño', de Roy Lichtenstein (1963)

De ahí –y del hecho de que, como explica la comisaria de la exposición, Paloma Alarcó, la muestra ha querido mirar hacia el arte del pasado y así establecer una narrativa entre estas obras y las de la colección permanente del museo- que cada una de las salas dispuestas haya sido consagrada a un tema. En vez de discurrir en sentido cronológico, la muestra presenta una sucesión de amalgamas conceptuales concretadas en 1) Collage, publicidad y cómic; 2) Emblemas; 3) Mitos; 4) Retratos; 5) Paisajes, interiores, naturalezas muertas; 6) Erotismo urbano; 7) Pintura de historia.

La muestra mezcla así en cada uno de los espacios pinturas (con algún que otro ejemplo de escultura/objeto, incluida la mítica Brillo box, de Warhol) con un rango de fechas que fluctúa entre los años treinta (de algunos precursores) y los ochenta (ejemplos tardíos), y de autores de procedencias y contextos diversos.

Zurbarán con otros ojos

Zurbarán con otros ojos

'Veinticinco Marilyns', Andy Warhol (1962)

El resultado es una exposición dispar, que arranca con fuerza pero va perdiendo aliento según se avanza hacia la salida. Obras tan célebres como las Veinticinco Marilyns de Warhol Veinticinco Marilyns(ejemplo claro de la influencia de la producción en serie y del encumbramiento de nuevos ídolos procedentes del celuloide) o la Mujer en el baño de LichtensteinMujer en el baño (que demuestra cómo las artes menores, en este caso el cómic, encontraron con el movimiento pop un nuevo hueco en la champions league de la plástica), comparten pared con otras mucho menos representativas. 

Más allá de la discordancia de fechas entre esta exposición y la del Reina Sofía, y a falta de visitar la segunda propuesta, cabría también señalar que el recorrido por esta deja la sensación de que no hay una conexión entre ambas exposiciones, dado que en ningún momento se hace referencia a lo que se podrá ver y añadir en la retrospectiva de Hamilton. Parece previsible, con todo, que ambas convocatorias atraigan la atención de los espectadores, con los museos expectantes de ver si son capaces de emular el gran éxito cosechado por Dalí. Y ya lo saben: cuando haces pop... 

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