Hay en todo esto de Rosalía algo de aparición mariana que se mueve entre el fervor y el delirio. Porque menudo griterío, vaya océano de teléfonos móviles alzados intentando captar el momento. Hay emoción y llanto, pareciera por momentos que el gentío va a terminar asaltando el escenario como si fuera la reja del Rocío. Hay vivas a una virgen echa carne (a eso juega) sobre el escenario para compartir su aura con los humildes mortales que llenan a rebosar el Movistar Arena de Madrid: 15.600, concretamente, en la primera de sus cuatro veladas consecutivas en la capital antes de viajar a Barcelona para otras cuatro más.
Un espectáculo pop porque así lo englobamos todo, pero en realidad es mucho más que pop, pues aquí hay también ballet, ópera, una orquesta de una veintena de músicos en el centro mismo de la pista, coristas, bailarines, dos grandes pantallas, también pistas pregrabadas y poderosas bases electrónicas. Es un espectáculo total, pero es verdad que no tan impactante como uno cabría esperar: hay una clara contención, minimalismo incluso en algunos pasajes, para que todo el mundo centre su atención en lo que la tiene que centrar, esto es, Rosalía.
Una artista que trasciende el concepto de cantante para convertirse en el fenómeno del momento. Un concierto que en realidad es un acontecimiento en tiempos de FOMO descontrolado. Una figura global, no solo ya en España, pues anda la catalana embarcada en este Lux Tour que arrancó hace un par de semanas en Lyon, que está recorriendo Europa y pasará también por Reino Unido y América de norte a sur. Dueña y señora del escenario, da la sensación de que el Movistar Arena se va a venir abajo solo con su presencia, pero ya la devoción se transforma en demencia cuando abre la boca: "¡Hola Madrid!" Y ya estaría.
Reaparecía Rosalía tras tener que acortar su concierto de Milán por problemas de salud, con lo que, ya que estamos con la jerga religiosa y en plena Semana Santa, puede hablarse de resurrección. Como tal es recibida cuando sale vestida de bailarina de ballet del interior de una gran caja en la que puede leerse "fragile" y arranca la velada con Sexo, violencia y llantas. No debe ser sencillo esto de cantar haciendo puntas, pero con soltura se pasea por el escenario entonando Reliquia, Porcelana y Divinize.
"Buenas noches, Madrid, ¿cómo estamos esta noche? Yo muy feliz de estar aquí. La semana pasada estuve un poco delicadilla de salud, pero ya estoy mucho mejor. Me encanta haber vuelto aquí. Hace más de una decada que voy viniendo a Madrid, una ciudad de la que tengo muchos recuerdos y me gusta mucho. Me siento muy agradecida de poder hacer esto con vosotros", cuenta, recordando de paso una visita tiempo atrás a Casa Patas, cuando no podia ni por lo más remoto imaginar que acabaría cantando ante multitudes, donde sintió un duende que todavía recuerda.
Mio Cristo piange diamanti, en italiano, resulta ser uno de los momentos más intensos del recital, sin artificios de más, apenas el micrófono, ella y nosotros, gracias a la expresividad de los gestos y al derroche vocal en medio de un silencio sepulcral que permite incluso oír los motores del aire acondicionado (un gran logro teniendo en cuenta la cantidad de gente que hay aquí) y los aullidos sueltos de quien así consigue sacar la emoción del cuerpo. Los sanitarios tienen que atender a alguien entre el público, que llama su atención levantando las linternas de los móviles, pero la cosa no va a mayores.
Cambio de tercio (y del blanco por el negro) para el segundo acto, mucho más frenético rítmicamente con la maquinaria a pleno rendimiento en Berghain, Saoko, La fama, La combi Versace y De madrugá. Es esta la parte más operística tanto por puesta en escena como por la teatralidad, de la que sin duda toma buena nota Pedro Almodóvar, tan solo uno de los muchos rostros conocidos (Pedro Pascal, Leiva, Carmen Machi, Javier Ambrossi...) que se congregaron para presenciar el estreno de esta gira en territorio español.
Muy divertida y siempre festiva resulta la versión de Can't take my eyes off you, con Rosalía convertida en algo así como la Mona Lisa o, como poco, una imagen de museo que nos canta desde dentro de un marco y con una fila de fans en el escenario haciendo fotos como en un Louvre cualquiera. Una manera sutil de refrendar que la barcelonesa es una obra de arte que contemplar en un museo. Muchas risas provoca acto seguido la visita al confesionario (sí, también de eso hay) de Soy una pringada pues, como era de esperar, la conversación es un disparate.
Dicharachera, habla con el público y tras asegurar que aunque no tiene vicios le tira el vino blanco, una tal Eugenia, a gritos que sorprendentemente se escuchan perfectamente en todo el pabellón le espeta: "¿Sabes por qué no tienes vicios? Porque el vicio eres tú". Sauvignon blanc constata una vez más que los momentos más memorables del recital son los que protagoniza Rosalía en solitario. Aquí, con esa copa de vino blanco, sentada sobre un piano igualmente blanco, sin trampa ni cartón, queda una vez más bien claro, como también en La yugular. Otro momento que provoca una buena cantidad de risas y aplausos es la "Art Cam", que sustituye a la "Kiss Cam" para obligar a los escogidos a imitar las poses de cuadros famosos.
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Aparece entonces entre el público para caminar hasta el segundo escenario, ubicado junto a la orquesta en el centro de la pista para hacer Dios es un stalker, La rumba del perdón y CUUUUuuuuuute, con un botafumeiro lumínico (un gran bafle en realidad) echando humo, moviéndose de lado a lado y generando una atmósfera más propia de una rave que de cualquier otro pasaje que hayamos vivido antes. Una epifanía para amantes del baile sin límites, mientras afrontamos, ya sí, el último acto con la parte más urbana del repertorio en Bizcochito y Despechá.
Alcanzado ese clímax callejero, toca volver a la espiritualidad en el tramo final con Novia robot, Focu 'ranni y el cierre con Magnolias, en el que Rosalía parece literalmente caminar hacia la luz, entregarse a una fuerza superior que tira de ella. Sola en el escenario, arrodillada, con los ojos encharcados en lágrimas, hasta que se retira caminando, descalza, a paso lento, mirando al público, creando una atmósfera de trascendencia que deja incluso cierta sensación de paz en la concurrencia.
Un gran show, en definitiva, sofisticado pero sin avasallar, diseñado para realzar durante dos horas lo más importante, que no es otra cosa que el éxtasis místico de la misma Rosalía mientras conecta con Dios. Algo en realidad privado, pero que ella comparte con miles de personas cada noche. Con quien no lo comparte es con los fotógrafos de prensa, pues en esta primera noche en Madrid su equipo decidió no acreditar a ningún fotoperiodista y proporcionar un puñado de imágenes oficiales iguales para todos los medios. Y eso no es precisamente divino.
Hay en todo esto de Rosalía algo de aparición mariana que se mueve entre el fervor y el delirio. Porque menudo griterío, vaya océano de teléfonos móviles alzados intentando captar el momento. Hay emoción y llanto, pareciera por momentos que el gentío va a terminar asaltando el escenario como si fuera la reja del Rocío. Hay vivas a una virgen echa carne (a eso juega) sobre el escenario para compartir su aura con los humildes mortales que llenan a rebosar el Movistar Arena de Madrid: 15.600, concretamente, en la primera de sus cuatro veladas consecutivas en la capital antes de viajar a Barcelona para otras cuatro más.