'Antes del olvido'

El comunicador Jorge Javier Vázquez en el Teatre Tívoli.

Jorge Javier Vázquez

Antes del olvido es la nueva obra de Jorge Javier Vázquez, el multifacético comunicador estrella de Telecinco. Este libro refleja a un Jorge Javier sincero y brutal, que emprende un recorrido por la amistad, el miedo, el exceso, la adicción, el amor y la salud. Estamos ante un relato tierno, salpicado de humor y compasión, que nos habla de tomar conciencia de la propia vida y nos enseña que siempre hay espacio para la esperanza. infoLibre publica un extracto de este libro, perteneciente al capítulo 6: Rojos y maricones. Editada por Planeta, la obra llega a las librerías este 9 de noviembre.

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Sucedió una de las tardes de la pandemia. Estábamos hablando de no sé qué historia y Antonio Montero sacó el nombre de Pablo Iglesias —entonces vicepresidente del Gobierno— sin venir a cuento. Yo pregunté que qué pintaba en la conversación Pablo Iglesias, y a partir de ahí no sé cómo acabé pronunciando la ya mítica frase: —¡Este programa es de rojos y maricones! Yo creo que, de toda mi carrera televisiva, es la frase de la que me siento más orgulloso. Y eso que no me expresé correctamente, porque lo que yo quería decir es que el programa estaba hecho por rojos y maricones, no que estuviera dirigido a rojos y maricones. Pero claro, ponte tú a expresarte correctamente en un momento en el que estás exaltado. Yo es que cuando me exalto me aturullo. Y cuando me dirijo a cámara y quiero ponerme trascendente, rara vez me sale el discurso de corrido. Me está bien empleado por querer ser un líder de opinión y no un teleñeco, que es en lo que nos convertimos las personas que llevamos muchos años saliendo en televisión. No hay más que ver cómo se nos marcan los surcos en las caras, parecemos marionetas de cartón. Ajados muñecos de José Luis Moreno. Cuantos más años llevas, más se te marcan, y entonces tienes que recurrir con mayor frecuencia al ácido hialurónico para intentar parecerte a una persona de esas que no salen por la tele.

Yo los labios me los pongo por coquetería. No tengo labio superior, y mi doctora me lo pincha de vez en cuando y me deja una boca muy mona. Y me estrecha la nariz y me la deja un poco respingona —todo se cae con los años— con bótox. Nunca digo el nombre de mi doctora porque tiene una lista de espera interminable, aunque también es verdad que, si le lloro, siempre me hace hueco. Ahora estoy pensando en hacerme algo en el pene. Me ha dicho que en la clínica tienen un tratamiento para darle grosor y me lo estoy pensando, porque nunca viene mal un poco más de contundencia ahí debajo. Durante muchos años he tenido complejo con el tamaño de mi pene. Luego, conforme he ido conociendo más, me he dado cuenta de que es normal y que hasta considero bonito. Los de los que vienen con rabos grandes son las nuevas generaciones. Debe ser cosa de la alimentación. Tiene que proporcionarte mucha estabilidad mental tener un miembro grande, pero a mí los que la tienen grande y presumen de ello me aburren mucho. Que los hay, ¿eh? Me he topado con varios y no te piden otra cosa que adoración. Un rollo. Sin embargo, los que la tienen grande y no presumen de ella son hasta tímidos, van por la vida como pidiendo perdón por haber recibido ese don. Así quiero yo uno.

A lo que iba. Que se lio muchísimo con lo de «rojos y maricones», y a día de hoy recuerdo el momento y no puedo evitar sonreír. En un barrio de Madrid hasta colgaron una pancarta que decía: «Somos la resistencia. Rojos y maricones». Me pareció emocionante. Hay gente, sin embargo, que pensó que aquello era una afrenta. Para mí fue una salida de pata de banco muy divertida y una necesaria declaración de intenciones, muy propia de esos tiempos tan convulsos que estábamos viviendo.

Cuando yo era pequeño, la palabra rojo solo se utilizaba para referirse al bando perdedor de la guerra. Que yo supiera, ya no quedaban rojos, se habían muerto todos. O casi todos, porque de toda la gente que yo conocía, de ninguna podría decir a ciencia cierta que fuera roja, que además era una cosa muy fea. Los que quedaran estarían muy escondidos. Los rojos eran cosa del pasado. Pobres, resentidos, malas personas y muy poco de fiar. A mí me daban hasta miedo porque no creían en nada, y eso que mi casa tampoco es que fuera un modélico hogar católico. ¿De dónde sacaba yo esas ideas? Pues tampoco lo tengo muy claro, porque en mi familia no se hablaba de política. 

Y no se hablaba de política porque no convenía. Y ¿por qué no convenía? Pues porque no y no había más que hablar. Yo no recuerdo haber escuchado a mi padre hablar de política con mi madre. Ni con mis hermanas, que estaban a sus cosas. Pero sí que recuerdo por curiosidad, a alguien le pregunté una vez que a quién votaba mi padre y no tengo muy claro si me dijo que a Suárez o que el voto era secreto. Es que ni me atrevía a hacerle directamente a él la pregunta, me parecía una osadía. Mi padre era un hombre de centro. Votaría por Suárez en su momento, luego por Felipe González, nunca por José María Aznar y siempre por Jordi Pujol, al que consideraba un hombre de Estado.

Me acuerdo de que a su hermana la llamaba «la progre» porque iba al teatro y leía a Elias Canetti. Y decía lo de progre con segundas, como no tomándosela en serio. Ahora también se utiliza lo de progre, pero de una manera muy peyorativa. No es por nada, pero mi padre era mucho más moderno que los que la emplean ahora. Es más: si viera qué tipo de gente la está utilizando, la eliminaría directamente de su vocabulario para no tener nada que ver con ellos. Le recordaría a una época de este país que le producía el más absoluto rechazo.

Mi padre era, por encima de todo, antifranquista. De corazón y no de militancia, porque pertenecía a esa generación en la que en la mayoría de las casas no se hablaba de la guerra civil. En la mía, nada. He llamado a mi madre, que nació en el treinta y nueve, para preguntarle que en qué bando luchó su padre y no lo tenía muy claro. Cree que en el republicano. Que le mataron a dos hermanos y que él pudo salvarse porque se escondió. Es lo único de lo que se acuerda de aquella época.

Mi tía Mari Carmen ha estado siempre de acuerdo conmigo en que en la familia poco se habló de la guerra. Y claro, dispuesta a ponerle remedio, me cuenta todo lo que recuerda.

—¿Pero el yayo combatió?

—Sí, sí, claro que combatió. Lo que no tengo muy claro es que lo hiciera en la batalla del Ebro. Pero el yayo era apolítico, le tocó con los republicanos y ahí estuvo. Me acuerdo de que me contaba que, cuando no estaban luchando, iban a la línea divisoria y jugaban a las cartas con los del bando nacional. Tienes que verte la película La vaquilla, la guerra tuvo cosas muy absurdas. Intentó pasarse a Francia, pero lo pillaron y acabó en un campo de concentración. Lo sacaron cuando consiguió unos avales. La yaya ya lo daba por muerto, tu padre ya había nacido. Y un día estaba en la calle y vio que llegaba un hombre totalmente destrozado. Hasta que no estuvo bien cerca no se dio cuenta de que era el yayo.

Mi abuela paterna, Ana María, era una mujer a la que recuerdo con una gran carga de tristeza encima. Tuvo incluso depresiones, creo. Mi padre se parecía a ella en el carácter y yo toda mi vida he luchado por no parecerme a ninguno de los dos. Pero a veces me he sentido más cerca de ellos de lo que me gustaría.

—La yaya fue la gran incomprendida de la familia. Su hermana Josefina fue con la cartilla de racionamiento a por azúcar y la mató una bomba de Franco en la esquina de donde vive ahora tu madre. Cuando su padre, tu bisabuelo, vio a su hija muerta cubierta con una manta, enloqueció.

»Fíjate la de años que hace, quizás ya padecía una enfermedad mental y el hecho de perder a su hija propició que se manifestara de una manera más clara. Pero por aquella época no se abundaba en esas historias. Se convirtió en un hombre peligroso. Vivía con tus yayos y la tomó con tu padre, que era un bebé. Por las noches, cerraban la puerta con pestillo por miedo a que le hiciera algo. La situación era tan complicada que la yaya intentó internarlo en un manicomio, pero le dijeron que, hasta que no hubiera sangre, no podían hacer nada.

»Un día, tu bisabuelo se puso más violento de lo normal con la yaya. Estaban en la casa y ella consiguió escaparse, no sin sufrir varios arañazos. Cuando pudo salir a la calle, alguien del régimen la vio y la rescató. «No te preocupes. Ya ha habido sangre. Llamamos para que lo internen.» La única preocupación de la yaya era que no le pusieran la camisa de fuerza. Al llegar los del manicomio, hablaron con él para tranquilizarle. Le hicieron identificarse y le preguntaron si había denunciado a Jorge Vázquez García por rojo. Él asintió y le dijeron que se lo llevaban a la comisaría para ratificar la denuncia. Era mentira, claro. Se lo llevaron al manicomio. Pero lo que era verdad es que había ido a denunciar varias veces a tu padre, que por aquel entonces era un bebé, por rojo.

No le pusieron la camisa de fuerza porque, como la Blanche DuBois de Un tranvía llamado deseo, parece ser que, pese a todo, mi bisabuelo siempre creyó en la bondad de los desconocidos.

Nunca le pregunté a mi abuela por su familia. Ella jamás me habló de aquel episodio, debió dejarla muy traumatizada.

—En casa nunca cortaba el pan —continuó mi tía—, porque durante la guerra lo pasó tan mal que luego siempre que lo hacía se quedaba con los trozos más grandes. Y en una ocasión le reprendieron por ello y nunca más lo volvió a cortar. Un día llegué yo de trabajar y conté que estaban los de los sindicatos meneando el cotarro en el trabajo. Que los de la CNT estaban intentando que me afiliara. El yayo no debía tener muy buen recuerdo de ellos, porque me dijo: «Si tú vienes con un carné de la CNT, el carné, la perra —que se llamaba Iris— y tú dormís en la posá La Estrella. A lo sumo, de la UGT».

En lo que respecta a toda esta época, hay una historia bien curiosa en mi familia. Fernando, uno de los hermanos de mi abuela, fue uno de los pertenecientes a la quinta del Biberón. Llegado el momento, él sí que pudo pasar a Francia. Ahí lo pilló la Segunda Guerra Mundial y formó parte de la resistencia. Luchó en la batalla de Glières y, aunque la perdieron, significó, según he podido leer ahora, una victoria moral para los aliados. Republicano convencido, era un hombre muy respetado e incluso el Gobierno francés le impuso una condecoración. Cuando acabó la Segunda Guerra Mundial le propusieron ir a Indochina, creo recordar. Pero él vino a decir que con dos guerras, siendo tan joven, ya había tenido bastante. Se quedó en ThorensGlières ejerciendo de barbero y todavía hoy recuerdo que una tarde, saliendo a pasear por un bosque que había enfrente de su casa, nos dijo a mi madre y a mí:

—Aquí matamos a una vecina que colaboraba con los nazis. De dos tiros.

Recuerdo la escena como si fuera hoy, y eso que hará unos cuarenta años. Me impactó mucho. Él sí que hablaba de la guerra, pero de la que ganó. Supongo que al dolor de perder la guerra civil se unía el hecho de haber tenido que abandonar su país tan joven. Volvió a reencontrarse con su familia española gracias a mi padre. Una vez que en España se proclamó la amnistía, le escribió a una dirección que guardaba mi abuela, y mi padre siempre me ha contado que el reencuentro en La Jonquera, tantos años después, fue muy emocionante. Mi madre estaba presente, ese día sí que lo recuerda bien:

—Allí lloró todo el mundo. Fue un día precioso. Luego el tío Fernando nos contó que su suegro no le daba las cartas que se le enviaban desde España por miedo a que le pudiera pasar algo. Era una época peligrosa: fíjate que su mujer, la tía Joanna, dormía con una pistola debajo de la almohada. Menos mal que con los años a tu padre le dio por escribir, porque a lo mejor no los hubiéramos vuelto a ver.

Mi tío Fernando y mi tía Joanna formaban un matrimonio envidiable. Los dos siempre sonriendo, ella hablando con mi madre con toda la tranquilidad del mundo sin saber mi madre ni una gota de francés y la tía Joanna ni una gota de español. Se entendían a la perfección, no sé cómo lo hacían. La familia francesa y la española siguen viéndose cada año y recuerdan con muchísimo cariño tantos veranos juntos. ¿Os podéis creer que me estoy emocionando escribiendo todo esto? El pasado siempre vuelve para ponerte una lágrima a punto.

Lo que decía, que en mi casa no se hablaba de política, que nadie corrió delante de los grises ni militó de manera activa contra el franquismo. La idea de que para mí los rojos no eran de fiar tendría que ver con la dictadura, que supo adoctrinar —¡ay, el dichoso verbo!— con gran habilidad durante los cuarenta años que duró. El lado bueno de la sociedad estaba formado por los empresarios y la gente de posibles, mientras que los pobres lo eran por malos. Por no haber elegido bien durante la guerra civil. Y esos pobres y malos a veces tenían suerte y se reconvertían en buenos y un poco menos pobres porque un corazón caritativo se había apiadado de ellos y les había sacado del pozo, pero a medias. No del todo. Porque entonces todos seríamos iguales y eso sería comunismo. Y el comunismo es el demonio.

Como bien dijo una vez Samira, concursante de realities de Telecinco, «la gente te quiere ver bien, pero no mejor que ellos». Todo este ideario tan barato que funcionó a la perfección durante cuarenta años sigue funcionando con la misma precisión en la actualidad. Lo que sucede es que, cuando lo escuchas a mi edad, te produce tanto sonrojo que no entiendes que alguien se atreva a utilizarlo o, peor aún, que alguien se lo acabe creyendo.

En Madrid, por desgracia, se le ha sabido sacar mucho partido desde hace un tiempo. Últimamente todo lo que no conviene es comunismo, que es algo que a mí me parece de un antiguo tremendo, como pasado de moda. Pero, oye, hay gente que ha comprado el discurso, así que se lo sigue aderezando con más artificios para que no quede hueco y huela a pescado congelado: un día ETA, otro, Venezuela, y así. Manipulación, se llama. Por decirlo de manera fina.

Pero fíjate tú cómo es la cosa. Gracias a la presidenta, existe en Madrid una élite que vivimos de puta madre, cierto tufillo a corrupción —con el que no tengo nada que ver— y una desigualdad cada vez mayor. Paradojas de la vida: Madrid se está convirtiendo en la Nueva Venezuela. La presidenta cree que la alaban porque la adoran. No. La adulan para ver si, con un poco de suerte, cae alguna contratación a dedo.

Desde la derecha se relaciona a la izquierda de una manera obscenamente frívola con la droga: porritos y esas cosas. Porque claro, para ellos el alcohol no es una droga, sino una de las más firmes señas de identidad de nuestra nación. Está bien visto el pasarse de vinos y copazos porque está muy relacionado con oscuros contratos firmados en no menos oscuros reservados de marisquerías. Por no hablar de los toros, que nos los quieren vender como un símbolo —otro— de libertad e incluso de modernidad. No sé. Da la sensación de que se suspira por el Madrid de Las chicas de la Cruz Roja, y lo que me maravilla es que a los madrileños parece no disgustarles esa vuelta a lo… vintage.

La gente ha votado en masa a la presidenta y ante eso poco hay que añadir. Creo que los que más me pican son los votos de los maricas. No se puede ser marica y de derechas. Como bien dice Abel Arana: «Es como ser Beyoncé y apuntarte al Ku Klux Klan». Nunca intentaría pertenecer a un grupo que me rechaza. Me parece un sindiós. Yo es que les quitaría el carné de maricas a los que votan a las derechas. No es cuestión de exigirnos comportamientos heroicos. Es algo tan sencillo como comprometerse con uno mismo en algo tan básico como tu identidad sexual. No hacerlo me parece simple y llanamente uno de los mayores fracasos a los que puede enfrentarse un ser humano.

No engaño a nadie: me he posicionado políticamente en Sálvame. Soy de izquierdas. Ahora evitamos hablar de política por temor a que se nos vaya de las manos, pero a mí me gustaría que, cuando la actualidad lo requiere, pudiéramos manifestarnos con tranquilidad, respetando las ideas del otro.

Pero eso no es posible porque los partidos políticos han contribuido a la polarización de la sociedad. Les conviene para tener amarrados a sus votantes y hemos caído en su juego. No hay charla política que acabe sin bronca. Con Belén Esteban mantuve una monumental durante la pandemia que tuvo una repercusión espectacular. Yo he aprendido a aislarme cuando sé que en el plató la he liado porque, si no, es para volverse loco. Pero esa vez me enteré de que habían hablado de nosotros en periódicos, principales programas de radio y cualquier medio de comunicaciónr.

Yo de la bronca, que no sé si fue un viernes o un sábado, solo recuerdo que en un momento dado me vi chillando como un energúmeno al tiempo que pensaba: «Pero ¿por qué chillas tanto si tienes a Belén al lado?». Mientras me hacía la pregunta, me reía interiormente por lo ridículo de la situación. No llamé a Belén durante el fin de semana. Ella, por su parte, les comunicó a los jefes su decisión de no acudir más al programa. «Volverá», les respondía yo. Ellos no lo tenían nada claro. Yo sí. La conozco como si la hubiera parido. Los partidarios de Belén aprovecharon para darme de hostias y a la inversa. Y yo, impasible como diplomático inglés de la época colonial. Sabía que esa bronca tampoco nos iba a separar. Como así fue.

A mí se me ocurrió que organizásemos en el programa una cumbre de la paz y los jefes recogieron el guante. Aparecí ataviado con un traje negro de Zara con cuello mao, parecía todo un dictador comunista, y con un san Judas Tadeo muy grande que me regaló Belén cuando me recuperé del ictus. A ella le molestó que apareciera con el santo, pero yo lo hice en son de paz, no me gusta jugar con esas cosas. Al final los dos nos reconciliamos —al menos aparentemente—, luego ganamos el mortero de oro del programa de cocina La última cena —ella se llevó a su casa el premio, que era horroroso— y de vez en cuando me echa en cara que no la apoyara en Gran Hermano VIP y lo de la bronca. Pero pasan los años y nos seguimos queriendo.

Si llego a alguna conclusión es a la de que Madrid no se merece que la representen personajes tan mediocres. Pero ahí están, haciendo apología de la nada y con mucha gente aplaudiendo.

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