Historia

Thomas Weber: "Colectivamente, aún creemos en mucho de lo que nos dijo la propaganda nazi"

El historiador alemán Thomas Weber.

Hitler estuvo en primera línea de combate en su labor como cabo durante la I Guerra Mundial, experiencia que sumó a su juventud en Austria para construir las ideas de Mi lucha, la biblia del que sería luego líder nazi, dictador y responsable de la muerte de seis millones de judíos. ¿No? No, o no exactamente. El historiador alemán Thomas Weber ya desveló en La primera guerra de Hitler (Taurus, 2012) que la participación real del fascista en la contienda poco tenía que ver con el relato hagiográfico que se construyó después. Ahora, en De Adolf a Hitler (2018) se centra en los años posteriores a la Gran Guerra. No fue su experiencia en la batalla lo que modeló su programa político —de hecho, no fue cabo y apenas estuvo en las trincheras—, sino el Tratado de Versalles de 1919, que mostró a los alemanes que lo que ellos creían un empate era, en realidad, una estrepitosa derrota. 

"Encuentro terrorífico cómo, colectivamente, aún creemos en mucho de lo que nos dijo la propaganda nazi", lanza el investigador, doctorado en Oxford y profesor en la Universidad de Aberdeen. "Le hemos dado la vuelta a lo que los nazis nos dijeron en un sentido moral o ético, y ya no tratamos esas historias como historias de triunfo o heroísmo, sino como tragedias horribles. Pero nos contamos las mismas historias". Que Hitler era naturalmente un gran orador, un líder carismático, o que sus ideas políticas estuvieron claramente definidas desde su juventud. "Para saber cómo pudo Hitler establecerse como un exitoso operador político, tenemos que admitir que hasta ahora hemos caído y hemos creído en las historias que los nazis nos contaron", insiste.

De Adolf a Hitler compara dos historias paralelas: la que el führer construyó sobre sí mismo y la real, extraída de archivos militares, de su correspondencia y de los testimonios de quienes trataron con él entre 1919 y 1923, el intervalo analizado en el libro. El Hitler que Hitler quería dar a conocer quedó ampliamente reflejado en Mi lucha pero también, como ha descubierto el historiador, en una biografía anterior publicada por Victor von Koerber en 1923. El autor de aquel texto era, en realidad, Adolf Hitler, que pensó que la firma de un conservador ajeno al partido daría credibilidad a su retrato. Para el historiador, "ambas son igualmente importantes y no se entiende la una sin la otra, porque la invención de la historia es parte de cómo Hitler funciona". 

Si Hitler no fue el heroico soldado que dijo ser y no encontró su destino político en la Gran Guerra, se decía Weber después de su primer libro, había algo que no encajaba: "¿Cómo este tipo, un inadaptado, se convirtió en una persona con tanto éxito? ¿Cómo es que se radicalizó en tan poco tiempo?". A ojos del investigador, estas cuestiones no deberían interesar solo a los historiadores. En un tiempo, dice, en el que vemos "cómo la democracia liberal está siendo destruida en un tiempo de volatilidad política, de crisis económica, de antiglobalización", es importante entender cómo "la sociedad responde a las crisis políticas". Aunque no comparte la obsesión generalizada por advertir sobre los "nuevos Hitler" y suele evitar y criticar las comparaciones entre el führer y líderes como el presidente estadounidense Donald Trump: "Cuando se enfrenta con nuevos demagogos", advierte en su libro, "la historia no es capaz de decirnos, hasta que no es demasiado tarde, si las señales apuntan a un Hitler, Alberich o alguien del todo diferente". Sin embargo, defiende que "las condiciones que hacen peligrar la democracia liberal y posibilitan la aparición de demagogos" son detectables, y que por lo tanto es el deber de la sociedad detectarlas y evitarlas.

Su investigación revela que la primera experiencia de Adolf Hitler como responsable de un grupo fue cuando fue elegido representante de su unidad militar. Ahí probó, señala Weber, lo que significaba tener un ascendente sobre su entorno. ¿Y qué hizo Hitler cuando se declaró la brevísima República Soviética de Baviera, que duró solo entre abril y mayo de 1919? ¿Abandonó un ejército apoyado por Moscú y controlado por los socialistas, como hicieron algunos de sus compañeros? No. El historiador demuestra que permaneció en él, todavía con un puesto de representante, e intentó hacer equilibrios –que luego negaría– entre el apoyo al Gobierno de izquierdas y una cierta tibieza que le protegiera cuando llegara su fin. Obviamente, el futuro dictador obviaría en Mi lucha aquellos meses de revolución, cuyo relato, explica Weber "cabría en la solapa de un sobre". Pero se las arregló para mantener su puesto y, una vez tumbada la República Soviética, ingresar en un programa propagandístico dentro del ejército que pretendía formar a oradores que mantuvieran alta la moral de las tropas. Y ahí, dice Weber, "Hitler descubrió que podía hablar".

Justo antes de su debut como aprendiz de propagandista tuvo lugar lo que es, para Weber, el verdadero nacimiento de Hitler: el 9 de julio de 1919, la Asamblea Nacional de Alemania ratifica el Tratado de VersallesTratado de Versalles. No fue una bofetada solo para Hitler, defiende el autor, sino para la sociedad de Munich en general. Mientras Hitler estudiaba el texto del acuerdo día y noche, según contó luego uno de sus compañeros de unidad, decidía que no podría desarrollar sus aspiraciones políticas en ninguno de los partidos que habían firmado el tratado, que iban desde los socialistas a los católicos conservadores. "Hitler decide que quiere entender la naturaleza de las cosas, las principales razones de la debilidad interna y externa de Alemania", apunta Weber. Y obtendrá dos ideas "sobre cómo Alemania tenía que ser diferente, cómo tenía que organizarse para ser sostenible": la creación de un Estado con suficiente territorio y medios como para poder medirse con los Estados más poderosos, y el exterminio total de la influencia judía en Alemania.

Sobre esto último, Weber admite que no está claro cuál es el origen del antisemitismo de Hitler, más feroz y violento que el de la mayoría de sus coetáneos. En una conversación con un periodista catalán mantenida en 1923 demuestra ya que la después llamada Solución final estaba ya en sus planes. "¿Qué quiere hacer entonces? ¿Matarlos a todos de la noche a la mañana?", preguntaba el reportero. "Eso sería, por supuesto, la mejor solución y si pudiéramos aplicarla Alemania se salvaría. Pero no es posible. He analizado el problema desde todos los puntos de vista: no es posible. En vez de darnos las gracias, que es lo que debería hacer, el mundo se nos echaría encima en tromba. (...) De ahí que la única opción sea expulsarlos: una expulsión masiva". Hasta que esta dejó de ser "la única opción".

"Muchos alemanes apoyan a Hitler por las mismas razones que politizaron a Hitler", advierte Weber. "Otros, que podrían no tener las mismas respuestas que él pero que pensaban que Hitler ayudaba a sus objetivos, querían revertir el tratado de Versailles". Aquí es donde entran lo que Weber llama las “condiciones en las que nace Hitler" y las "alianzas nefastas" ("unholy alliances" o, cuya traducción literal sería "alianzas impías").

Y aquí, sin ninguna pregunta que motive la comparación, Weber comienza a hablar del conflicto nacionalista de Baviera existente en aquel momento... y del problema catalán. "Lo que solemos olvidar es que la principal preocupación de los bávaros tras la I Guerra Mundial era el debate en torno a la autonomía a Baviera", apunta el historiador. Describe una sociedad en la que "probablemente algo más de la mitad de la población quería tener más autonomía”, con “una minoría muy fuerte que quería tener directamente la independencia”. Estas distintas facciones, pese a sus diferencias, estaban unidas en su rechazo a Berlín, a quien veían como el adversario último. "Ahí es donde llega el Partido Nazi", dice Weber, "que es lo opuesto a la mayoría política de Baviera, porque se construye en torno a la identidad alemana y contra el separatismo bávaro. Pero ese Partido Nazi y los separatistas están unidos en su oposición al Gobierno de Berlín. Esto explica también por qué el establishment bávaro le da al Partido Nazi original parte de espacio para crecer, aunque tengan ángulos muy distintos". Claro, que quienes se oponían a la independencia de Baviera también vieron en Hitler un aliado por una Alemania fuerte y unida.

"No quiero llevar demasiado lejos la analogía", matiza el historiador, sabedor de las respuestas airadas que suscita el tema, "pero creo que es un ejemplo clásico de que esto no se puede hacer, de que no se debe convertir a los adversarios en enemigos y de que hay que encontrar una solución mirando a las consecuencias inesperadas de este tipo de juegos políticos". Y añade: "Independientemente de lo que cada uno piense de Cataluña, hay que coincidir en que convertir a los líderes catalanes o al Gobierno central en enemigos es un gran error. Llevando a la gente a la cárcel o al exilio, estás construyendo unas condiciones en las que la gente puede sentir que en esta crisis ninguno de los dos lados está dando una solución, y haces que la gente esté dispuesta a buscar alternativas". Aquí, dice, es donde "existen opciones para que crezcan grupos que quizás no estén aún en nuestro radar".

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