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Literatura

La última reinvención de Nicanor Parra

El poeta chileno Nicanor Parra en una fotografía de agosto de 2001.

Vamos a citar a la periodista y escritora argentina Leila Guerriero: "Nicanor. Nicanor Parra. Oriundo de San Fabián de Alico, hijo primogénito de un total de ocho venidos al mundo de la unión de Nicanor Parra, profesor de colegio, y Clara Sandoval. Tenía 25 años cuando la Segunda Guerra, 66 cuando mataron a John Lennon, 87 cuando lo de los aviones y las Torres. Nicanor. Nicanor Parra. Nació en 1914. En septiembre cumplió 97. Hay quienes creen que ya no está entre los vivos". Esto lo escribía en una entrevista con el poeta chileno publicada en 2011. Habría que actualizar la biografía, pero solo un poco: el pasado septiembre cumplió 103 y el próximo septiembre ya no hará 104. Hay quienes saben, con más o menos certeza, que desde el lunes ya no está entre los vivos. 

Superviviente de Pablo Neruda, de Enrique Lihn, de Gabriela Mistral, de su hermana menor Violeta Parra y de todos los demás Parra de su generación, parecía mentira que Nicanor siguiera vivo, allá en su casa costera de Las Cruces. Pero también parecía mentira que se hubiera muerto. Pasados los 100, uno no se va a morir por cualquier minucia. Pero ocurrió, y lejos de ese hogar que se convertía en lugar de peregrinación de numerosos admiradores en los no menos numerosos días de su cumpleaños. Fue en Santiago, la capital que evitaba con más o menos éxito desde los ochenta. Aunque quizás, como escribe el investigador en literatura hispanoamericana Jesús Cano, "la noticia de su muerte [sea] tan solo su penúltima broma y enseguida estará de regreso". Recuerda que en uno de sus artefactos poéticos, una cruz de madera lucía, en lugar del Cristo, un cartel: "Voy&Vuelvo".

La muerte sería la última reinvención del escritor, pero desde luego no la primera. Nacido en la cordillera y de, dijimos, familia numerosa con unos limitados recursos económicos, consigue terminar secundaria gracias a una beca de la Liga de Estudiantes Pobres. Luego estudiaría Matemáticas y Física, comenzó a dar clases en institutos y, en el primer gran giro de los acontecimientos, publicó Cancionero sin nombre en 1937. Aquel primer poemario, escrito tras leer los versos de los nuevos poetas chilenos y españoles, de los vanguardistas europeos, pretendía "aplicar a Chile el método que Lorca había hecho suyo en España". Funcionó y no funcionó al mismo tiempo. Fue premiado, pero la vía del romance se agotó pronto. Lo popular —lo popular que le correspondía en su país larguísimo y estrecho— estaba en otro sitio.  

Cueca, habla y escritura

Estaba en "la tradición popular de las coplas y décimas chilenas, con su voz coloquial, su tono desenfadado, su humor y su propensión por la narrativa", como explica Niall Binns, uno de los mayores expertos en su obra y responsable de la edición de sus obras completas junto al crítico Ignacio Echeverría. En la cueca, música y danza chilena a la que honraría en La cueca larga (1958). La misma que estudiaría y cantaría su hermana Violeta, música y folclorista —y tejedora, y campesina...— que cantaría: "Dice la gente, sí,/ No cabe duda/ Que el más gallo se llama/ Pablo Neruda./ Huifa, ay, ay, ay/ Corre que ya te agarra/ Nicanor Parra". En "Defensa de Violeta Parra", uno de sus poemas más conocidos, el escritor diría: "Cuando se trata de bailar la cueca/ De tu guitarra no se libra nadie/ Hasta los muertos salen a bailar/ Cueca valseada". Hasta los muertos. 

Pero cuidado, porque para entonces Nicanor Parra, treintañero, había dado ya con el concepto que que le etiqueta ahora en todas las necrológicas. Antipoesía, antipoemas, antipoeta. "El prefijo beligerante", escribía Binns con motivo de la concesión del Premio Cervantes en 2011. "Una hazaña de marketing poético". Y una protesta contra la lírica dominante en su país, encarnada en —lo cantaba Violeta en esa clueca— Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, y en los versos que servían, para él, a una idea de la lírica alejada de la vida y, además, excesivamente oscura. "La antipoesía", dijo en unos encuentros en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en 2001, "tiene mucho que ver con el lenguaje popular, mejor dicho, tiene más que ver con el habla que con la escritura. (...) Porque me incumbe el lector y me siento mal si no me entiendo con el interlocutor, siendo el habla el camino más corto para llegar a él". Como el habla que parece transcribir de manera directa de Rosita Avendaño, la mujer que limpiaba en su casa, a la página en blanco: "Después me quisieron mandar al colegio/ Donde estaban los niños enfermos/ Pero yo no les aguanté/ Porque yo no soy ninguna niña enferma/ Me cuesta decir las palabras/ Pero no soy ninguna niña enferma".

Él explicaría en numerosas ocasiones no ya el origen del término, sino del concepto. En el Internado Barros Arana, al que llega con 18 años, gobernaban los deportistas —los "espartanos"— y él tenía la mala suerte de pertenecer al grupo de los poetas y filósofos —los "atenienses"—. Algo había que hacer para salvar la grieta. Risa, por ejemplo. "Hacer reír a los deportistas es un trabajo que en realidad vale la pena llevar adelante. Y de ahí surge un elemento clave de la antipoesía: no al logos, no a la argumentación, no a la lógica, sí a la improvisación". Lo explicó con un: "TODO/ ES POESÍA/ menos la poesía". Y con un: "Nosotros conversamos / en el lenguaje de todos los días / No creemos en signos cabalísticos". Pero también con un: "Cordero de Dios que lavas los pecados del mundo / dame tu lana para hacerme un sweater".

Un Cristo ecologista

El laberinto alucinado de Alan Moore

Nicanor Parra fue después muchos Nicanor Parra. En los setenta, cuando quiso escapar a Pinochet sin salir de Chile, se encarnó en el Cristo de Elqui. Domingo Zárate Vega, alias Cristo de Elqui, vivió realmente entre 1898 y 1971, cultivando la tierra y predicando de acá para allá ante un buen grupo de seguidores. En sus Sermones y prédicas del Cristo de Elqui, un Domingo resucitado pedía por favor que los niños no le confundieran con 2el Viejito Pascuero" (Papá Noel), que no le pidieran regalos, que "bueno es el cilantro pero no tanto". Pero, bajo la terrorífica dictadura militar, el disfraz de profeta desquiciado le permitía decir también: "apuesto mi cabeza/ a que nadie se ríe como yo/ cuando los filisteos lo torturan". 

Después, allá por los ochenta, el último de los Parra se hizo ecologista cuando casi nadie era ecologista: "El error consistió/ En creer que la tierra era nuestra/ Cuando la verdad de las cosas/ Es que nosotros somos de la tierra/ No sé/ El respetable público dirá". Luego le hicieron famoso, con honoris causa, con la Medalla Gabriela Mistral... y sin Nobel, del que fue eterno perdedor. Y con ellos se haría escritor de Discursos de sobremesa, recitados primero medio en broma medio en serio en los agradecimientos de los honores, y publicados luego: "Gracias Señor Rector / por este premio / tan contundente como inmerecido / Soy un monstruo insaciable / No puedo rechazarlo / Todas las flores me parecen pocas". Quizás, harto de ramos, se lo quiso poner difícil a los aduladores con sus "artefactos visuales". Una bandeja de cartón en la que anota "CARTA DEL SUICIDA/ Chao/ No soporto la música ambiental". Una escupidera bajo la que se lee "LA ÚLTIMA CENA". La cruz que, más arriba, avisaba: "Voy&Vuelvo". 

Volvamos a Guerriero y a su charla con Parra en Las Cruces. "Fíjese todo lo que han hecho y no han podido resolver ese asunto", dice él. "¿Qué asunto?". "El de la muerte". Casi lo resolvieron, casi. 

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