Cultura

Las voces de mujer que llegan desde el campo

La escritora María Sánchez.

El campo. Ese lugar oscuro, anclado en el pasado, conservador, vacío, hecho de casas ruinosas, pueblos tristes y paisanos que mueren solos; ese territorio del que huir. O ese paraíso de placidez donde trinan los pájaros y brilla el sol, donde es posible alimentarse solo con lo que uno cultiva, donde la vida es más de verdad y los niños crecen sanos y libres; esa vía de escape con la que se sueña. Pues ni una cosa ni la otra. María Sánchez (Córdoba, 1989), que es niña de campo, veterinaria y escritora, protesta contra los clichés del medio rural. Lo hace donde le dejan: en redes sociales, en los medios, en su poemario Cuaderno de campo (La Bella Varsovia) y ahora también en Tierra de mujeres (Seix Barral), un ensayo-memoria que lleva por subtítulo "una mirada íntima y familiar al mundo rural".

"¿Seguimos hablando de Los santos inocentes cuando hablamos de lo rural? ¿En 2019?", lanza en un hotel del centro de Madrid, a donde le arrastra la promoción del libro. Y esto, que para hablar del campo en los medios haya que ir a la mayor urbe de España, no es una paradoja: si el campo no tiene voz, dice, es en parte porque los altavoces están siempre en las ciudades. "La gente que ha escrito del campo lo ha hecho desde Madrid o desde Barcelona, gente que no tiene ninguna relación o que iba solo de paseo o a descansar", critica. Y son hombres. Lleva toda la mañana con un experimento: "¿Podrías decirme una escritora rural de España?". El interlocutor, con toda probabilidad, se queda en blanco. En Tierra de mujeres se ocupa de uno y otro asunto, y revindica que es hora de que se escuche a las mujeres rurales. 

A lo largo del libro, la escritora se interroga sobre la relación de su familia con la tierra, sobre la propia memoria familiar, que olvida con frecuencia la labor y el peso de las mujeres. Se lamenta por los posibles saberes perdidos o que se perderán. Reflexiona sobre la distancia entre la ciudad, allí donde se construyen los discursos y se toman las decisiones, y el pueblo. Denuncia los clichés que existen sobre el medio rural. Hace una labor divulgativa de la que es consciente: "Siempre he sentido el deber de hablar de esto, porque lo que vivo en el día a día no se corresponde con esa postal en la que nos enmarcan. Porque tengo una plataforma, tengo gente que me sigue [en redes sociales], y puedo hacerlo". De inmediato ya nombra a distintas asociaciones cuyo trabajo querría que se conociera: Ganaderas en Red, un grupo de mujeres de la ganadería extensiva y el pastoreo, Ramaderes, colectivo similar en Cataluña, Fademur, la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales...

 

Pero Tierra de mujeres no es un estudio, es una narración muy pegada a lo biográfico. La historia de su familia, que desgrana con amor en el libro y de viva voz, es un retrato elocuente de los problemas del mundo rural. Sus abuelos nacieron en un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla: la familia paterna era ganadera extensiva; la materna era "más humilde y más pobre". El padre de su padre, veterinario de campo, abandonó el pueblo cuando la emigración se llevó lejos a quien se encargaba de cuidar los rebaños. "Se tuvieron que ir a Sevilla, que antiguamente, como todas las ciudades, estaba rodeadas de vaquerías que daban leche a la ciudad", cuenta. El niño que sería su padre estaba dividido entre ciudad y pueblo, y quiso ser también veterinario de campo, pero su padre se plantó: "Le dijo que era un trabajo muy duro. Él se tuvo que jubilar con 50 años y arrastraba problemas de salud". Optó por la enseñanza, en Córdoba. Volverían al pueblo cada fin de semana: María Sánchez tendría también una infancia partida entre ciudad y campo, y querría ser también veterinaria.

En el primer capítulo del libro, la autora cita a Agustina Bessa-Luís: "Soy la hermana de un hijo único", decía la escritora portuguesa. Eso es lo que han sido, reivindica Sánchez, las mujeres del campo: "Porque todo era para el varón. Los estudios, la tierra". Las hermanas se sacrificaban en pro del primogénito, que solía llevarse los ahorros para la formación y la tenencia de la tierra. "Pienso en mi madre, mis tías y todas las mujeres de los pueblos a las que les dijeron: no, tú no vas a estudiar, tú te vas a quedar en la casa. O te vas a ir a coger aceitunas, que era lo que hacía mi madre mientras su hermano se iba a estudiar a Madrid", cuenta.

En España, según el Eurostat de 2010, solo el 21,7% de la tierra está en manos de mujeres. Hasta hace muy poco, no era posible tener la titularidad compartida de los terrenos, de forma que estos solían estar a nombre del varón, aunque su mujer trabajara el campo en las mismas condiciones que él. "Ahora lo tenemos más asumido, pero no sé si veo a mi madre o a mi abuela plantándose para exigirlo. Cuando hasta los años ochenta una mujer no se podía abrir una cuenta en un banco", apunta. "Y luego tenemos a mujeres como las de Ramaderes, que son titulares de la tierra, que los rebaños son suyos, que los maridos incluso no trabajan en el campo... y aún así cuando van a las cooperativas les preguntan por el marido. ¡Somos invisibles!".

En el libro, María Sánchez se detiene también en un dato leído en la prensa: en 2013, el porcentaje de mujeres ocupadas en "ganadería, silvicultura y pesca" fue el 2,2% del total de las ocupadas en el medio rural. La escritora critica que el trabajo de cuidados de las mujeres haya sido excluido de lo que se considera "trabajar en el campo": "Tú habrás estado cogiendo la aceituna, sí, pero cuando vuelves a tu casa si puedes descansar es porque está tu mujer ocupándose de los niños, haciendo la comida, haciendo la compra, lavando la ropa. ¿Y ella no mantiene el medio rural?". 

Ella misma sufre también, cuenta, ese machismo. Pero hace dos matizaciones. Primero: "Me he encontrado con más situaciones machistas en el mundo de la cultura, con Cuaderno de campo. ¿De verdad tenemos que hablar de mis parejas, de cómo voy vestida, de si subo fotos a Instagram?". Segundo: "Estoy en una situación de privilegio: no soy una ganadera, no soy una jornalera, no soy una pastora, no soy una mujer que está ayudando al marido y no figura en la seguridad social y no soy una mujer migrante que trabaja en la fresa". Aquí hace, además, un inciso: desde que trabajó en los invernaderos de El Ejido, rechaza comprar nada que venga de allí: "Tenían a la gente con el colchón al lado de la sala de ordeño, tratándolas como si fuera un muñeco. Eso de lo que tanto se enorgullece el Gobierno, 'la huerta de Europa'... Pues la huerta de Europa es una basura y no quiero nada de la huerta de Europa".

Aunque ella no se considere representativa de los mayores problemas del medio, su situación personal refleja, de nuevo, parte del asunto. En la actualidad, trabaja tanto en el campo como veterinaria como en la Universidad de Córdoba, acompañando a los alumnos de Veterinaria interesados en conocer cómo es el trabajo real con los rebaños. Aunque le gustaría inclinarse definitivamente por lo primero y abandonar la ciudad, no puede: "No tengo acceso a la tierra, y yo sola no tengo capital para irme al campo. Cuando paso largas temporadas allí, como en verano, me encuentro con que en la casa no hay Internet y no puedo trabajar. ¿Por qué no se queda la gente joven en el pueblo? Por cosas como estas". María Sánchez es, sin embargo, optimista con el futuro del mundo rural: "Hay tantas mujeres que están moviéndose, recuperando razas autóctonas, moviendo grupos de consumo, luchando contra las macrogranjas, hablando de cambio climático…". Si no se las oye, dice, es porque no escuchamos. 

 

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