El ‘caso Taubira’ o la confluencia del colonialismo imprevisto y del neoliberalismo

Christian Salmon* (Mediapart)

"¿Por qué Christiane Taubira es víctima del odio?”, titulaba con cierto aire de candidez, a toda página, Le Monde el 8 de noviembre de 2013. Si, es verdad, ¿por qué Taubira padece la ira de Anne-Sophie Leclere? Esta candidata del Frente Nacional (FN) aseguraba en su página web que prefería verla con los de su especie “en las ramas de un árbol, antes que verla en el Gobierno”. ¿Por qué la ministra de Justicia es odiada por los católicos del instituto Civitas, contrarios al matrimonio homosexual, que se manifiestan en las calles de París al grito de: “El cacao es bueno. Taubira, no”.  

Debe haber alguna razón para que de boca de una niña de 11 años salga, mientras gesticula: “¿Para quién es el plátano?” “Francamente, soy incapaz de imaginarme lo que le ha podido pasar por la cabeza. Ha dicho ‘simio’, como podía haber dicho ‘jirafa’”, trataban de restarle importancia los padres de la menor, extrañados por el eco que ha alcanzado en los medios de comunicación el acto “travieso” de su hija. “No fue premeditado”, se queja la madre, quien sin embargo, había acudido acompañada de su hija a algo que no merece el calificativo de “manifestación”, sino de linchamiento. “El plátano no lo llevamos conscientemente para provocar a la ministra”, se defiende la mujer. ¡Ah! ¿Era la merienda? Ya estamos más tranquilos. Y advierte que la niña “nació en las Antillas” y ha vivido “la mitad de su vida en las colonias de ultramar y en África”, añade el padre a modo de excusa, como si los chistes racistas carecieran de razón de ser bajo los mangles.  

Los ataques contra la ministra Christiane Taubira no son solo prueba de la ausencia de moral y de la transgresión de nuestros supuestos “valores” republicanos que se podrían sancionar con un arranque de republicanismo. O por medio de una mayor dosis de moral, como si esta república ejemplar no se hubiera ilustrado hace menos de un siglo organizando zoológicos humanos en pleno París, exhibiendo la población de las colonias a los espectadores que les lanzaban vituallas. Esta violencia simbólica, que solo se parece a la violencia real de la conquista colonial, no era gratuita que se sepa. Si se divertían con la animalización de la población procedente de las colonias era para convertir en legítima la labor civilizadora de la colonización.  

Más que gritar como un loco por la resurrección del racismo, nuestros republicanos harían mejor en preguntarse el porqué de esta nueva oleada colonialista imprevista que, a falta de que ser objeto de análisis, acecha a la sociedad francesa desde hace 10 años a cara descubierta. Así lo recogía la ley de 2005, que se refería en su primer refrito, a los “aspectos positivos” de la colonización; el discurso presidencial de Dakar sobre el hombre africano “que no ha entrado en la historia”; la creación del ministerio de la inmigración, de la integración y de la identidad nacional; el debate sobre la identidad nacional, cuya obra L’Identité malheureuse, el último libro de Alain Finkielkraut, plebiscitado por los medios de comunicación, es a la vez un síntoma lamentable y una verdadera inyección de recuerdo.

 Lejos de desaparecer del insconsciente (o de la consciencia) colectiva, la “racialización de los espíritus” y la “animalización del otro” son los componentes indisociables de toda política identitaria… Son congruentes con un esfuerzo de redefininición de la identidad nacional, de rearmamiento nacional, donde el acento se pone sobre una identidad vivida como inquieta o amenazada.  

Se trata de un régimen de signos que determina un cierto lenguaje, una cierta forma de humor que estigmatiza, infantiliza, animaliza a los otros ya sean negros, gitanos, extranjeros. El historiador Pap Ndiaye, autor de La condition noire (Calmann-Lévy), habla sobre el retorno al “racismo biológico, fuertemente racializado, con referencias animales banales de la época colonial… que emanan de un registro que parecía haber desaparecido después de la Segunda Guerra Mundial y la descolonización”.  

Si se repite que el racismo no está relacionado con la opinión, sino que es un crimen y que, tal y como dijo François Hollande en Jerusalén, “no hay diferencia entre las palabras y los actos racistas”, es que la palabra racista no representa solo una palabra que atenta, un desafío o un insulto. Es lo que los teóricos del lenguaje con John Searle llaman “un speech act”, es decir, una palabra con capacidad de actuar, un acto que tiene el poder de llevar a cabo es que enuncia.  

La palabra racista excluye de “la especie humana” como le ha llamado Christine Taubira, al que o a la que ella animaliza. No se trata de una broma, es un escalpelo que permite, desde las primeras las colonizaciones, trazar la frontera entre humanos y esclavos, colonos y colonizados, civilizados y salvajes. Y cuando el insulto entra en escena a través de las exposiciones coloniales y los zoológicos humanos, el racismo se convierte en un acto colectivo. Se trata de una ceremonia y un ritual. ¿Su función? Redefinir el contorno de la comunidad nacional.

 Deconstruir el racismo  

Jean-Marie Le Pen ha acusado a la ministra Christiane Taubira de ser “antifrancesa” haciendo suya la retórica de la antiFrancia utilizada por la derecha y la extrema derecha en Francia desde el affaire Dreyfuss. En cuanto a Marine Le Pen, volvió a recurrir a los eufemismo, como ya es habitual, pero en esta ocasión habló como socióloga: “Taubira en un primer momento fue independentista de la Guyana, es un elemento esencial en su construcción política”. Pero, ¿quién se interroga sobre la “construcción política” de Marine Le Pen, amamantada a base de xenofobia y de resentimiento colonialista, los dos pechos de la ultraderecha francesa? ¿Quién se pregunta en los medios de comunicación lo que significa la reconfiguración del paisaje político llevado a cabo por Le Pen a partir no ya del eje derecha/izquierda sino de la polaridad/mundialista surgida a favor del caso Dreyfuss?  

Por eso no basta con oponerse al racismo, hay que deconstruirlo. Hay que oponerle no solo los “valores”, manifestaciones y conciertos de SOS racismo, sino hacer un trabajo paciente de deconstrucción que consiste en deshacer el imaginario colectivo, su bestiario, su imaginería, sus bromas y hacer contagioso otro estado mental. Hay que enfrentarse al imaginario colonial de los símbolos, un relato, una historia común. Tal y como lo hace en estos momentos la exposición “Kanaks” en el museo del Quai Branly.  

Es lo que consiguió Christiane Taubira cuando consiguió en 2001 que la trata de esclavos se considerara un crimen contra la humanidad. Pero, sobre todo, lo consigue cuando en 2013 lucha en la Asamblea Nacional por defender su proyecto de ley sobre el matrimonio homosexual al desenmascarar el imaginario biologista que tanto le gusta a la derecha. Saca el debate sobre el matrimonio homosexual del reducto de la “norma biológica” en la que la derecha quería confinarlo para hacer de él una postura de combate para lograr la emancipación humana, recordando de paso que sigue siendo el derecho de las minorías el que traza el horizonte de los nuevos derechos de todos… Todavía se recuerda la maravillosa réplica que dio a los diputados de la UMP que no hablaban sino de “leyes naturales”.

“¡Les fascina lo natural, lo biológico, lo genético! […] Con esta veneración y fascinación regresamos a las leyes naturales, volvemos a los tiempos de Lamarck y de la evolución… Hace tiempo que los Lumières han impregnado la reflexión filosófica y científica. Hace tiempo que se sabe lo que es el medio social y cultural. Y ustedes todavía están a vueltas con las leyes de Méndel, que trabajaba con guisantes”. En el fragor de un debate ejemplar, Taubira desenmascaró a la derecha; acabó con esta impostura que pretende que la derecha aparezca, desde hace 30 años, moderna, transgresiva e incluso “revolucionaria” cuando se trata de hablar del derecho al trabajo o de desregular las finanzas… Por una vez, la derecha volvía a su arcaísmo, a sus fantasmas biológicos, a sus fantasmas de exclusión: al biologismo. A los guisantes de Méndel.  

Christiane Taubira logró devolver la credibilidad que había perdido la palabra política, una cierta “entente” de los signos de autoridad y de inteligencia. Si se le ataca, es porque resiste a la regresión mediática del político. No es que ella resuelva sola la crisis de soberanía que mina la política, sino que traza una diagonal entre los dos bloques que se apoderan del debate público. Ella es el rostro atrevido de los que libran la batalla más allá de la primera línea del frente, siguiendo una diagonal de invención… Lejos de “ser víctima de la ira”, es un acelerante, en el sentido químico de la palabra, de este momento político en el que nos encontramos. Un logro y un reproche para el Gobierno, que adolece de falta de ideología. Es el rostro de lo que la izquierda podría ser, pero que no es.  

Los ataques racistas contra Christiane Taubira no son fortuitos. Son a la vez un síntoma y un instrumento: el síntoma del imprevisto colonial y el instrumento de una descomposición/recomposición del campo político estructurado durante mucho tiempo en torno a la bipolaridad derecha/izquierda. Esta bipolaridad cede el lugar a un enfrentamiento entre un soberanismo que fija y un mundialismo que dispersa o extravía.  

Por un lado, los soberanistas de toda condición, nostálgicos del Estado que exigen la reterritorialización de la potencia, la salida del euro, la resurrección de las fronteras… En resumen, el regreso a casa. De otro lado, se sitúan los mundialistas, los nómadas, que abandonan todos los atributos de la nación y hasta el sistema democrático y confían la política a los expertos, a los mercados financieros, a los capitales. De un lado la resustancialización del Estado; del otro, su disolución; de un lado el voluntarismo nacionalista, del otro la deconstrucción neoliberal; de un lado, la regla, del otro la desregulación; de un lado la quimera nacionalista, del otro la utopía mundialista… Tenemos la elección de quedarnos petrificados o disolvernos. Estos dos frentes, estas dos máquinas se encuentran cara a cara; se miran con desconfianza. Dualismo fúnebre en el que se consuma el fracaso del estado.  

El boomerang de la insoberanía del Estado  

En caso de dar un paso en falso, por error o por equivocación, más vale ponerse a cantar a voz en grito el himno nacional y envolverse en la bandera nacional, sino ponerse el gorro rojo y el Gwenn ha Due, el kit del bretón enfadado, mientras que la regresión, como la huida hacia delante, no conocen límite. Si lo que se buscaba es la defensa de la nación, el resultado es un patriotismo de andar por casa…  

En caso de inclinarse por los mundialistas, es necesario disolverse en el éter neoliberal, dejar de lado la singularidad para sumergirse en este nuevo mundo muy bien descrito en las publicidades de HSBC, el banco de las cuentas en Suiza y de los aeropuertos, que promociona nada menos que Eldorado neoliberal cuyos “inversores serán exploradores, donde todos los mercados habrán emergido, un mundo maravilloso donde los deshechos serán fuente de energía o incluso la pequeña empresa será multinacional…”. A imagen y semejanza de las publicidades gigantes de la patronal estadounidense que en plena crisis de los años 30 loaban la superioridad del modo de vida americano pasando por alto las listas parados.  

Cada uno, a lo suyo. Por un lado, el regreso a casa. De otro, la conquista del mundo. De un lado el Hexágono como único horizonte, por otro el horizonte sin límite. De un lado la línea Maginot, de otro un mundo imaginario… De un lado, un relato de guerra regresivo; de otro una epopeya inocente sin fronteras.  

En lo sucesivo es ese doble frente que estructura el debate político… de un lado los sedentarismos zemourrianos (de Éric Zemmour), de otro los nómanas attalianos (de Jacquez Attalin). Desde la crisis de 2008, los attalianos pierden terreno, los zemourrianos capitalizan la crisis, el miedo del día siguiente moviliza a las masas huérfanas… Entre los zemmourianos favorables a la vuelta negociada a casa con las armas y las maletas, a las fronteras y al franco antiguo, los attalianos que protestan a favor de la “ampliación” (de las naciones, de Europa, del mundo en sí mismo), no hay compromiso posible. Unos y otros miran a un pasado ilusorio, los otros miran hacia un futuro sin rostro. Los unos y los otros se acusan de todos los males. “¡Es “la antiFrancia!”, se ofenden unos, alérgicos a la diversidad, extractores de la quintaesencia nacional, en mal de identidad. “¡No es Francia!” se indignan los otros antirracistas sinceros, halterófilos endurecidos… En resumen, una Francia fantaseada, contra una Francia idealizada. Dos mitologías, dos creencias: la fuente y el crisol, la identidad y la alteridad, la Francia de las localidades y de los campanarios contra la Europa de los mercados…

La segunda debía presidir las conmemoraciones del centenario de la Primera Guerra Mundial, en una lectura en clave de victoria sobre los nacionalistas, pero la primera se ha invitado en forma de trazos de la pequeña Angevine de 11 años y de su funesto plátano, como un regreso de la represión colonial que ha venido a contaminar el relato de la Gran Guerra.  

Los insultos racistas de los que es víctima Christiane Taubira son el síntoma de una fusión peligrosa de tres series de fenómenos heterogéneos que la derecha desacomplejada (y su doble, la extrema derecha acomplejada) han logrado reunir en una ilusión espléndida: el imprevisto colonialista de Francia, la política neoliberal represiva con respecto a los extranjeros y la insoberanía del Estado.

Desde las manifestaciones contra la ley sobre el matrimonio homosexual hasta las insurrecciones de los bretones en Bretaña y las manifestaciones que se producirán en contra del IVA; silbatos con motivo de las ceremonias del 11 de noviembre a los insultos racistas contra Christine Taubira y al tiroteo en Libération que han causado un herido grave, no es sino la misma crisis que se hace más honda ante nuestros propios ojos; no solo la impopularidad de este hombre político o de este otro, el descrédito de este gobierno o de este otro, sino que estamos ante una crisis de soberanía del Estado.

El impulso del quinquenato y la inversión del calendario electoral contribuyeron a enmarañar la repartición de poderes entre las dos cabezas visibles del Ejecutivo y expusieron a la función presidencial a una telepresencia permanente, hiperpresencia más que hiperpresidencia, que ha tenido como resultado la banalización de la figura presidencial y el descrédito de la palabra pública que supuso la legislatura anterior. Las mentiras del ministro de Finanzas, responsable de la política fiscal y garante de que los esfuerzos que se piden a los contribuyentes son justos, terminaron de restarle credibilidad a la palabra pública. ¿Cómo evitar que el poder de establecer impuestos, una de las funciones claves del Estado, no se cuestione después de ver algo así?

Las manifestaciones que se multiplican en contra de la ecotasa y por la nueva subida del IVA son algo más que una simple defensa de intereses gremiales y pasan a significar la ruptura del principio de consentimiento al impuesto que es la base sobre la que se sostiene la soberanía del Estado. Debilitado desde dentro por estos asuntos y la pérdida de crédito de la palabra pública, el Estado endeudado está sometido además a la tutela de los mercados sobre los que se encamina y a las agencias de rating que evalúan su credibilidad financiera. La nueva degradación de la nota francesa por Standard & Poor’s solo viene a confirmar ese descrédito.

Al perder el poder de acuñar moneda y de controlar las fronteras, el Estado no solo ha consentido perder soberanía, ha dragado el terreno simbólico sobre el que se edificaba su credibilidad. La soberanía sale perdiendo por todas partes; se mire por donde se mire. Por arriba, en beneficio de la Comisión europea y de los mercados; por abajo, en beneficio de las regiones, que a día de hoy se sublevan contra el Estado como Bretaña que otrora fue feudo socialista que arropó a Hollande. Efecto boomerang de la insoberanía.  

Una ideología, la xenofobia neoliberal  

¿Cómo sorprenderse mientras que la autoridad del Estado no aparece ser más que como una ficción engañosa que se esfuerza en dar credibilidad a base de golpes de mentó y de una política represiva, como sucedió con los gitanos rumanos, los excluidos y los extranjeros? Es lo que da a la política neoliberal su carácter necesariamente represivo. No para proteger a una población empobrecida, amenazada por las oleadas migratoria y la explosión de la inseguridad, sino para revestirse de un halo de autoridad y para recargar un crédito que hace aguas por todos lados. Se trata menos de alabar el instinto represivo de la masas, como de redibujar el campo de un enfrentamiento ficticio al oponer una mayoría silenciosa, cuyos sufrimiento permanecen a la sombra, a las minorías asistidas e hipervisibles ya sean rumanos, extranjeros, negros.

No hay que buscar en otra parte la inspiración de todos los discursos de Grenoble, de Dakar y de otras lugares y sus efectos de legitimación del racismo y de la xenofobia; no se trata de una deriva populista, sino de una ideología, que esta xenofobia neoliberal, un prisma deformante de reconfigurar la sociedad, al trazar una “frontera” entre los honestos contribuyentes y los que se aprovechan del modelo social francés, entre los insiders dedicados a integrarse y los outsiders cuya única vocación es marcharse. Esta construcción ficticia de un enemigo (interior o eje del mal) es la “masa de maniobra” que el Estado soberano se da para manifestar su poder de policía, último refugio soberano, último reflejo de su soberanía perdida. Es la intriga neoliberal que nos mantiene en vilo desde hace 30 años.  

Existe una espiral peligrosa de insoberanía donde conviven y se juntan la represión racista de la historia colonial, la xenofobia neoliberal y la impotencia política a la hora de proponer discursos alternativos. Es en ese punto donde, lo que hay que llamar “caso” Taubira, toma sentido. Parafraseando a Lautréamont, hace posible el encuentro fortuito del imprevisto colonial y del neoliberalismo sobre la mesa de disección del Estado impotente.

*Christian Salmon es investigador del CNRS.

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