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Irán: ¿guardianes de la revolución o guardianes del régimen?

Protestas en Colonia a favor de las manifestantes en Irán.

Stéphane A. Dudoignon (Orient XXI)

El 18 de enero de 2023, en medio de las fricciones permanentes entre Teherán y Bruselas, el Parlamento Europeo se pronunció de manera no vinculante a favor de la incorporación de la legión de los Guardianes (sepah-e pasdaran) de la Revolución Islámica de Irán –los pasdarán– en la lista negra de las organizaciones terroristas de la Unión Europea (UE). La causa: su rol, dentro del sistema de seguridad del régimen, en la represión de las protestas y los levantamientos tras la muerte de la joven Jina Mahsa Amini a manos de la policía de la moral de Teherán, el 16 de septiembre de 2022. Entre otros motivos que favorecieron ese voto se encontraba el apoyo logístico que brinda la República Islámica a Vladímir Putin y la práctica de la toma de prisioneros de Estado, incluidos ciudadanos europeos.

La incorporación en la lista negra europea significaría la prohibición de cualquier actividad económica o financiera con las innumerables fundaciones y empresas controladas por los guardianes. Pero sería difícil de implementar debido al despliegue reticular de la legión en la economía formal o informal iraní, así como en sectores como el deporte y la cultura, con múltiples ramificaciones internacionales. También podría tener efectos no deseados: al apuntar contra los guardianes en su conjunto, ¿no se correría el riesgo de favorecer un rebrote de solidaridad entre ellos, así como en las fuerzas armadas y las fuerzas del orden de la república islámica? Por un lado, en efecto, esas fuerzas se encuentran bajo un control cada vez mayor de la Legión luego de las reorganizaciones del aparato militar-policial iraní entre 2019 y 2021. Por otro lado, la legión misma, pero también el Ejército y la Policía, están atravesadas por tensiones desde la muerte de Jina Mahsa, a tal punto que los llamados a la unidad y las denuncias contra las ovejas negras se multiplican desde fines de 2022.

La recomendación del Parlamento Europeo no parece tener en cuenta esos disensos dentro del régimen. Esto se puede ejemplificar con el caso del británico-iraní Alireza Akbari, ejecutado el 14 de enero de 2023 tras un juicio sumario por espionaje, a pesar de las protestas de las diplomacias europeas. Dotado de doble nacionalidad (como gran parte de las élites de la república islámica), Akbari era conocido sobre todo como exviceministro de Defensa y cercano al almirante Ali Shamkhani, secretario del Consejo de Defensa Nacional y figura histórica de los guardianes. En enero de 2023, la prensa iraní conservadora susurraba que el Guía Supremo de la República Islámica, Alí Jamenei, y el presidente, Ebrahim Raisi, buscaban hacer recaer la responsabilidad de la situación insurreccional del país en el almirante y en toda la generación pasada de grandes figuras de la legión, de la cual Shamkhani es uno de sus representantes. Esas personalidades, muy presentes en los medios de comunicación, critican desde mediados de septiembre de 2022 la represión de las protestas y de los levantamientos en todo el país o han elegido, como en el caso de Shamkhani, hacer gala de un silencio reprobador.

Una sociedad oficial fisurada por todas partes

Estas tensiones pusieron al descubierto la fuerza y la debilidad estructurales de los Guardianes de la Revolución desde su creación. El principal denominador común de esta milicia de Estado conformada por el ayatolá Jomeiní el 5 de mayo de 1979 a partir de grupos revolucionarios armados era su obediencia a quien se convertiría en el primer líder supremo de la república islámica. Desde entonces, la legión siempre se ha distinguido por la interdependencia que comparte con el poder teocrático personificado por los guías (rahbar) Ruhollah Jomeiní y, desde 1989, Alí Jamenei. En el marco de “El gobierno del jurista” (Wilayat Faqih), transformado en 1987 en un gobierno “absoluto”, la Constitución de 1979 le dio al rahbar un poder cada vez mayor a partir de la década de 1990, a través del desarrollo de fundaciones semiprivadas (bonyad) situadas bajo su control y gestionadas por antiguos pasdarán. Así que ni la legión ni el líder jamás pudieron concebir existir la una sin el otro, a pesar de que sus relaciones están marcadas por una tensión constante que dio lugar, desde muy temprano, a la eventualidad de un golpe de Estado de la primera contra el segundo.

En el centro de su legitimidad común se encuentra la defensa de los “valores” del sistema, vinculados desde 1987 con la supervivencia de este último. Esa defensa, que fue endureciendo al régimen frente a las numerosas crisis que atravesó, tropezó con los numerosos fraccionamientos que sufrieron los Guardianes de la Revolución desde 1979. Durante mucho tiempo, estos se distinguieron dentro del aparato de Estado por su autonomía y por un modo de reclutamiento que favorecía las lealtades locales: hasta los primeros años de la guerra entre Irán e Irak de 1980-1988, las unidades del frente de la legión eran abastecidas en parte por los bazares y las mezquitas de sus ciudades y regiones de origen. Estas lealtades explican a la vez el faccionalismo de la legión al comienzo de su historia y el nivel de cohesión de numerosas unidades, así como su agudo sentido del autosacrificio.

Si bien esas lealtades generaron numerosos fraccionamientos al comienzo del régimen, hoy en día alimentan la cohesión de una generación de retirados. Tras ascender de grado rápidamente al comienzo de la guerra Irán-Irak, siguieron dominando la escena durante períodos excepcionalmente largos. Marginados por las purgas decenales orquestadas por Alí Jamenei en 1989, 1999, 2009 y 2019, y con un éxito desigual en su paso por los negocios y la política, algunos se convirtieron entretanto en críticos del régimen, encarnando una nueva fractura de índole generacional entre las figuras de los comendadores y los jerarcas que los sucedieron, a veces apenas más jóvenes. El aspecto que más criticaban no eran los “valores” en sí, sino su implementación en una población que, debido al final del Estado de bienestar a comienzos de la década de 2010 y los excesos de celo concomitantes de la policía de la moralidad, se volvió en parte hostil a un régimen acusado de haber utilizado la revolución con el único objetivo de enriquecerse.

El enfrentamiento de las memorias, ¿premisa del cambio?

Porque ese es un problema recurrente de los guardianes: la necesidad de contrarrestar el gran relato de su traición de la revolución de 1979. La traición se remonta a su “paso a los negocios” tras la guerra Irán-Irak de 1980-1988, con la implementación de semiprivatizaciones que beneficiaron a fundaciones y empresas paraguas controladas por el líder y los jerarcas de la legión. A partir de la década 2010 apareció, en relación a esa transición, una ola de memorias de exintegrantes de la legión. Lanzada por el Estado Mayor, respondía a una serie de desafíos: el Movimiento Verde de 2009, visto como un intento de revolución de color apoyado por Occidente ; los juicios por corrupción que involucraron a la legión; el costo de la “defensa de los santos lugares” de Siria, a partir de 2012, contra Estado Islámico y otros enemigos de Bashar al-Ásad.

Esta literatura echa luz retrospectivamente sobre el modo en que, a partir de la primavera de 1979, se construyó la legión de los guardianes, ignorando el concepto de legalidad, incluso “islámica”, y a partir de la práctica generalizada del robo. Como ocurrió en el robo de los archivos de varias instituciones del período monárquico, la legión obtuvo privilegios sobre los “gubernamentales” (dowlatiha) del poder civil. Esto les dio a algunos de sus futuros comandantes un conocimiento único del trasfondo político del período y sus primeros “expedientes” sobre un amplio abanico de protagonistas y de redes. La práctica se generalizó en el régimen durante las décadas siguientes y ayuda a explicar la longevidad de algunos en sus cargos, si no su impunidad.

Otra forma de extracción: las confiscaciones de los bienes de los “contrarrevolucionarios”. Estas adquirieron, en los meses y años posteriores a la revolución, un carácter tan enorme que algunos religiosos del entorno de Jomeiní, preocupados por defender el derecho de propiedad, se esforzaron por moderar el ahínco de los milicianos. Con estas confiscaciones, sumadas al flujo de valijas de papel moneda provenientes de Qom y a las asignaciones de las mezquitas, la legión se aseguró la independencia. Su lenta burocratización a partir de 1982, que quedó inconclusa, y luego, a partir de 1989, el aumento del control del líder Jamenei sobre su Estado Mayor no terminarán con ese gusto por la ilegalidad en una milicia que sigue viéndose como revolucionaria. Avezados en eludir las sanciones internacionales tras la toma de rehenes de la embajada estadounidense de Teherán en noviembre de 1979 y durante los ocho años de conflicto con Irak, los guardianes desarrollaron una pericia en materia de tráfico y blanqueo, integrado a una gran estrategia particular. Así, en las antiguas fronteras imperiales del país, consideradas como espacios para una proyección de poder, el contrabando era subcontratado a tribus transfronterizas, suníes o chiíes, según un modo de indirect rule que recuerda el de la Persia de la dinastía safávida y luego de la kayar hasta comienzos del siglo XX.

La literatura de memorias de la década pasada ilustra por otra parte la influencia de un modo de reclutamiento bien específico sobre la ideología y sobre el modo de funcionamiento de la legión. En efecto, los guardianes hacen durante mucho tiempo la carrera dentro de una unidad situada en su lugar, su región o a veces, su grupo étnico de origen. Al crecer, esa unidad integra hombres de procedencia diversa a un núcleo de oficiales surgidos, sin embargo, del grupo inicial. Retirados del servicio activo, muchos oficiales siguieron actuando como reclutadores, sobre todo en el Basich, el cuerpo de la “movilización” de los desheredados, utilizado en olas de asalto durante la guerra contra Irak y luego, a partir de 1989, quedaron a cargo del control social de las poblaciones dentro del país. En paralelo, ex generales y coroneles de la legión actuaban, en un rol de notables, en beneficio de su comunidad, ya sea a través de la filantropía (como directores de muchas asociales culturales o de clubes deportivos o de artes marciales) o… en los negocios. Aprovechando su estatus de interfaz entre las poblaciones locales y el poder central, y a veces su presencia permanente en las comisiones (hey’at) ministeriales encargadas de repartir una importante compra pública, algunos construyeron carreras paralelas de empresarios (en el enorme complejo militar-industrial, principalmente) y de diputados en el Parlamento, antes de toparse, a veces, con la potencia de los lobbies competidores que les pusieron fin a su carrera con un juicio por corrupción.

Recuperación del control por parte de un poder religioso debilitado

Esta condición de notable, inducida por el modo de alistamiento y el desarrollo de las carreras en la legión, contribuyó a que muchas figuras de esta última se convirtieran en pares y a veces competidores de los grandes imanes locales o regionales. Estos enfrentamientos territorializados ayudaron a mantener desde 2009 la hipótesis de una sustitución del poder religioso por los Guardianes. Sin embargo, desde el relevo y las reorganizaciones operadas entre los años 2019 y 2021, las cosas han cambiado, porque los hombres que llegaron al mando durante ese período solo basan su legitimidad y su asidero social en su nombramiento por el guía supremo. Los legados de este último, que a veces son comparados con los comisarios políticos del Ejército Rojo y están omnipresentes en la legión y en el mundo de las fundaciones, reideologizaron el reclutamiento con ayuda de inteligencia de los guardianes, convirtiendo al poder religioso y a la legión en “los dos lados de una misma cara, la de Jano en la mitología romana”7 . En todo caso, en principio.

Porque ya cerca del final del reinado de Alí Jamenei (84 años en abril de 2022), las fisuras se multiplican. En esta época de las redes sociales y del liderazgo adolescente y femenino, las fracturas más activas han pasado a ser generacionales y se añaden a los faccionalismos de antaño. Percibiendo la amenaza de una ruptura del régimen con la población, algunos retirados se apartaron de la República Islámica, recibiendo a veces el apoyo moral de la base, del ejército y en particular de la policía, algunos de cuyos cuerpos rezongan por su implicación en la contrainsurgencia. A comienzos de 2022, el Estado Mayor, en lugar de la legión, no dudó en señalar a sus más ilustres predecesores como responsables de la crisis, interesados en mantener un statu quo sinónimo de control de la sociedad y, sobre todo, de la economía. Sin embargo, en un contexto general de insurrección que se ha vuelto recurrente, esta vez no se puede asegurar que la arriesgada caza de brujas, de la que Ali Shamkhani ha sido una de sus víctimas, sea suficiente para mantener en pie durante mucho tiempo al régimen. Paradójicamente, solo la disolución general de la autoridad parece poder hacerlo por cierto tiempo.

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Stéphane A. Dudoignon es Investigador en el CNRS, especialista de la historia del personal religioso en Asia Central y en Oriente Próximo y autor de Los Guardianes de la Revolución Islámica de Irán: sociología política de una milicia de Estado

Traducido del francés por Ignacio Mackinze

Texto en francés aquí.

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