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Referéndum en Escocia

“Nadie sabe qué pasará hoy”

El director de la campaña unionista 'Mejor Juntos', el exministro laborista Alistair Darling, camina mientras votantes a favor del 'sí' y del 'no' muestran sus consignas.

Edu Granados (EDIMBURGO)

Un joven americano convenciendo a una mujer escocesa para que vote a favor de la independencia a las puertas de un colegio electoral de Edimburgo. Así amanece Escocia este jueves, día clave para su historia. El americano se llama James y ha venido de vacaciones, pero confiesa que durante esta jornada no solo se vota la independencia: “Los escoceses quieren decir basta ante una serie de decisiones políticas que se están tomando en todo el mundo. Por eso les apoyo”.

Una niebla gris no permite ver más allá de 30 metros, oportuna imagen que vislumbra el futuro escocés: la incertidumbre. “Nadie sabe qué pasará hoy, ni qué pasará en los próximos dos años”, reconoce Ryan, obligado por su madre a ir a votar antes de que entrar en el instituto. Ha votado sí: “Por primera vez, tengo la sensación de que mi voto puede cambiar algo. Pero creo que ganará el no, por muy poco”.

Su colegio electoral está en el centro de Edimburgo. Allí, como si fuera un concierto de rock, esperan su turno de voto una larga cola de personas. Hay que dejar los deberes hechos antes de ir al trabajo, dice uno de ellos con profundo acento escocés. Las urnas se abrieron hace unos minutos, a las siete de la mañana en punto y cerrarán a las diez de la noche, también en punto. Para estos comicios, se espera una participación insólita en la historia del Reino Unido: el 97% de escoceses están registrados para votar.

Si no fuera porque se celebra el referéndum sobre la independencia de Escocia, se diría que este jueves es un día normal en Edimburgo. Buses puntuales, supermercados llenos y una tímida lluvia. Como siempre. En la masiva estación de tren edimburguesa se sigue haciendo campaña. Allí está Jeff, estudiante de ciencia política. “Creo que hoy ganará el no con mucha diferenciano”, confirma a pesar de que se haya levantado a las cinco de la mañana para repartir los últimos folletos. “Me preocupa que muchas grandes empresas se marchen en cuanto Escocia no funcione, por eso voto No. ¿De dónde saldrá el dinero?, de los árboles seguro que no”, asegura.

Escocia es este jueves lo más parecido a una moneda dando vueltas en el aire. Esa moneda caerá el viernes a las seis de la mañana, cuando se sepan los resultados definitivos. Cara o cruz; o no. Con una diferencia media de cuatro puntos en las encuestas, nadie sabe qué pasará. No lo saben ni Kerry, 67, ni Jessica, 45, que este jueves se conocieron en uno de los cafés-centros electorales que hay en Edimburgo. El hombre advierte en voz alta que “el Reino Unido se destruirá si Escocia se separa”, lo que cabrea a Jessica. “¿Destruirse? ¿Que Escocia se convierta en una plena democracia es una destrucción?” responde la chica. Ese ha sido el único gesto de violencia visible. No parece que vaya a correr la sangre después de este referéndum.

Los últimos cartuchos a favor del 'sí' y el 'no' en Escocia

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La Royal Mile (la Gran Vía de Edimburgo) es la única zona de la capital más neutral. Parece hecho a propósito. El yes y el no se intercalan ordenadamente en las ventanas de cada edificio. De camino al parlamento escocés, pasea una familia vasca que ha venido expresamente a Edimburgo para vivir el referéndum. “Escocia es una referente para los vascos. La mayoría venimos para apoyar a los escoceses y aprender de ellos. Son un ejemplo a seguir”, afirma Itxaso, educadora social en Bilbao.

Aunque 14 de las 16 encuestas difundidas el último mes hayan pronosticado la victoria del no, ni independentistas ni unionistas las tienen todas consigo. Es el caso de Andrew que, a pesar de votar no, cree que el viernes no saldrá de la cama. Este ingeniero asegura que Escocia, como otras regiones del Reino Unido, necesita más poderes. “Westminster debe cambiar su hoja de ruta, pero la independencia no es el camino a seguir”, advierte.

La niebla se oculta y esto empieza a parecer, lo que es, un día extraordinario. Como si peleasen con William Wallace, grupos de independentistas con kilts (las famosas faldas escocesas) se dirigen al Parlamento. Allí esperan, más formales, unionistas con camisetas rojas y amarillas pidiendo el no. De camino, al lado de un Starbucks, un joven luce una camiseta del Barça con el lema Independent en la espalda. Es Xavier, que confiesa que el número del dorsal está por ponerse. “Toda Europa está pendiente de lo que suceda hoy aquí. En las calles parece un día normal, pero no lo es. Por lo menos para los catalanes”. Este oficinista, procedente de Ibiza, mira a los escoceses con envidia y advierte: “La victoria del daría un empujón al resto de pueblos independentistas, cierto. Pero si gana el no, también es una victoria de la democracia”.

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