Es una noche cerrada en la Ciudad de Panamá, pero Mixia Díaz lleva una hora despierta y ya camina a su trabajo: el Cerro Patacón, un relleno sanitario (vertedero controlado) que se creó en 1986 pero pronto se convirtió en el vertedero a cielo abierto más grande del país, a donde va a parar el 40% de los desechos que tiran los 4,28 millones de habitantes y otros miles de turistas.
Desde lo alto de la montaña de basura se ven los edificios, el Canal de Panamá, los hoteles de lujo. Ahí lejos está Mixia, de 50 años, tez morena, mascarilla negra, lista para buscar qué de todo ese caos se puede reciclar.
—Me gustaría meterme en la universidad, me fascina lo que es el medio ambiente —dice.
Hace 37 años que se dedica a esto: rescatar de la basura plástico o cartón que alguien tiró, pero que aún se puede transformar en otra cosa. Lo hace para comer y dar de comer a su familia, pero también para que esos desechos no se sumen a un espacio de por sí colapsado. Lo mismo hacen los 2.000 trabajadores y trabajadoras que forman el Movimiento Nacional de Recicladores de Panamá. De esos, al menos 500 trabajan en el Cerro Patacón.
De la basura que produce, Panamá recicla menos del 10%. Aunque no hay un dato preciso sobre cuánta es esa basura que genera, se sabe que solo de plástico son más de 380 mil toneladas, de las cuales el 89% termina en vertederos, áreas naturales o es incinerada al aire libre.
El Banco Interamericano de Desarrollo publicó en 2024 un comunicado explicando que ese vertedero "presenta incendios constantes, lo cual genera emisiones de gases tóxicos que afectan a las poblaciones aledañas, además de otras afectaciones en cuerpos de agua y al entorno natural por deficiencias en el manejo de lixiviados. Esta situación es preocupante para el país, pero especialmente para las más de 18.000 personas que viven cerca de esta área".
Mixia es una de esas 18.000 personas. Vive en el barrio La Bendición, en Kuna Nega, una comunidad pegada al vertedero. Se despierta a las cuatro de la mañana, prepara el lonche –como llaman allí a la comida que se lleva para el almuerzo– para su hija, se peina, se viste y sale solo con su riñonera, una gorra y la ropa puesta. Hoy no se pudo bañar, no hay agua en su casa. Hace días. No hay agua tampoco en su barrio.
Su hija está por terminar el tercer año de la escuela secundaria. Algunos días, como hoy en la tarde, Mixia deberá salir del vertedero más temprano para ponerse un jean, una camisa de colores y una vincha (diadema) para asistir a un acto escolar.
Su sueño es que su hija estudie: que sea una licenciada, una ingeniera, dice, un poco agitada por la caminata, y elevando la voz porque justo pasa un camión iluminando el camino en medio del amanecer.
—Me considero una mujer guerrera, que echa hacia adelante. Es lo que les quiero dejar a mi hija y a mis nietos, que sigan defendiendo al medio ambiente y a todos los recicladores que están aquí en Panamá.
Al llegar al Cerro Patacón, mientras busca con la mirada cartones y plásticos, habla con un compañero sobre el incendio. Fue hace como diez años, concuerdan. En 2013, una nube tóxica causó alarma nacional. Pero ese no fue el único incendio: sólo en 2024, según el Cuerpo de Bomberos de Panamá, hubo ocho en el vertedero.
¿Cuánto mide la galera de reciclaje?, se preguntan. Una hectárea, dice él. No, más, como 10 hectáreas, responde ella. La galera: un cobertizo de techo de zinc y columnas endebles, lleno de agujeros, bajo el que algunos perros flacos buscan qué comer, mientras al lado del hueco los camiones descargan basura. Es el espacio que tienen para hacer la separación de los materiales.
La galera no fue un gesto de buena voluntad: nació como obligación contractual. Así lo establece el Contrato No. 489-2008 entre el Municipio de Panamá y Urbasia Plotosa (URBALIA SA), que contemplaba un "componente social" para ordenar el trabajo de los recicladores que ya trabajaban ahí.
Según la Autoridad de Aseo, en sus inicios funcionó como un espacio organizado, pero con el tiempo perdió ese orden y se fue deteriorando. Cuando se construyó, tenía baño, agua y luz para los días enteros de trabajo. Pero entonces ocurrieron los incendios. Ahora el sol cae sobre las paredes agujereadas de la galera, los rayos entran y calientan los desechos, los plásticos, la comida.
—Estamos bajo nuestro propio riesgo, eso hay que tumbarlo. Nos guarecemos del sol y del agua en este techo, pero no tanto del agua porque llueve muchísimo. El baño ya no está.
Los camiones trabajan cerca. Muy cerca. El ruido del pip pip pip es ensordecedor. Decenas de pájaros bajan y suben a buscar algún desecho para comer.
Mixia selecciona todo el cartón que puede sostener, camina hacia una camioneta pick up que está dentro del predio y lo mete. Todavía no se llenó, sigue ahí. Cuando se llene de cajas dobladas, lo llevarán a la compañía que les compra el material, lo pesarán y les entregarán unos tickets que consignan el peso total, implorando que la mayor parte esté seca para que no les descuentan 'humedad'.
—Es una rutina cansona, pero nos gusta el trabajo que nosotros hacemos —dice. Mientras, limpia las bolsas de plástico de papeles, de cintas adhesivas, de todo lo que no sea el mismo material. Encuentra un papel que dice "Costa del Este". Se ríe: "Viene de gente de plata". Costa del Este: una de las zonas más “exclusivas” y modernas para vivir en Panamá. Mixia se mete en la bolsa grande y pisa todo el material de adentro, para que se compacte.
Aunque el Ministerio de Ambiente reconoce "los importantes aportes que realizan los recicladores de base a la gestión integral de residuos y a la transición hacia una economía circular", no tiene un censo nacional propio para saber cuántos son, en qué condiciones viven, cómo desarrollan su trabajo, y tampoco tienen idea de qué porcentaje de lo reciclado se produce en los mismos vertederos en manos de los recicladores del Movimiento.
Varios estudios internacionales hablan del rol de los recicladores de base, de su importancia en el medio ambiente, de lo poco reconocidos que están. Uno es de la Circle Economy Foundation, que dice: "Los recolectores y recicladores informales de residuos asumen gran parte de la labor de gestión de residuos de la región, pero no están integrados formalmente en el sistema de gestión de residuos".
Otro es del Foro Económico Mundial, que dice que los recicladores informales, organizados de manera comunitaria, son responsables de hasta el 50% del material recuperado en la región.
Para la Red Latinoamericana de Recicladores (Red Lacre), si no existe información acerca de los recicladores en la caracterización de la gestión de residuos en el país, difícilmente existirá reconocimiento y los mecanismos adecuados para su inclusión. Por eso, en 2018 impulsaron el primer censo nacional de recicladores de Panamá, realizado en conjunto entre el Movimiento Nacional de Recicladores con la Universidad de Panamá. Fue el primero liderado por una organización de recicladores en Latinoamérica. Un hito autogestionado.
Según ese censo, en el 2018 el 56% de los recicladores de ese país ganaba menos de 20 dólares por día.
Sentado en su escritorio en la Universidad de Panamá, la mirada firme, el cabello y la barba blancos, ocho años después de la publicación de ese censo del que fue parte, el profesor Francisco Farnum dice que la situación se complicó, por problemas de salud de los trabajadores, por falta de acceso al material: "Entonces, si disminuyen los recursos, disminuyen los ingresos. Obviamente que eso no alcanza. Eso es una actividad de hambre".
Una actividad que, cuenta Mixia, en un día muy bueno, cuando llega bastante material que pueda reciclar, llega a hacer 30 dólares estadounidenses. Pero eso como mujer. "Porque los hombres tienen más ventaja porque ellos abren las bolsas y obtienen aluminio, lata, hierro. Tienen más facilidad de ganar más que nosotras. Lo que mejor se paga es el aluminio (latas) y el cobre. Nosotras agarramos plástico y cartón". Un día malo, cuenta, es cuando "no se ve mucha rebusca", y puede llegar a irse con las manos vacías a la casa.
¿Qué hace la universidad entonces? "Nosotros como universidad los estamos apoyando porque queremos que ellos tengan un título universitario que bien podría ser a nivel de técnico, que les permita optar por otro tipo de servicios más allá de rebuscar entre los escombros", explica Farnum, que además es investigador y doctor en Diseño de Proyectos y máster en Ecología Vegetal.
Y da ejemplos: apoyo en una barriada, apoyo en un condominio, asesorías a grupos sociales y hasta escuelas. Eso ya viene sucediendo: integrantes del Movimiento Nacional de Recicladores asesoraron en escuelas a padres, madres y estudiantes sobre cómo manejar los residuos en sus casas. También recibieron un taller de competencias blandas: cómo hablar con otros, cómo manejar conflictos, cómo mostrar su conocimiento…
"Ellos tienen muchas competencias duras: saben diferenciar un material del otro, saben pesar, saben valorar, etcétera. Pero las competencias blandas están totalmente alejadas de la realidad. No se venden como un profesional", dice Farnum. E insiste en que el objetivo es la profesionalización de los recicladores, que obtengan un título, que los recicladores que se formen en la universidad no trabajen en los lugares de disposición, en los vertederos, sino en los eventos anteriores: "Si logramos eso, yo creo que podemos tener un mejor sistema de reciclaje".
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Yenny González sale a caminar por las calles de Bogotá después de unas horas intensas de taller que hace la Asociación de Recicladores de esa ciudad sobre la madera plástica. Sale a caminar y las ve: dos mujeres, que podrían ser ella misma y alguna compañera, pero en otro país, que tampoco es el suyo. Son venezolanas buscando en la basura colombiana.
—Yo hago esto mismo, yo soy de Panamá, pero trabajo en un vertedero —les dice Yenny cuando se acerca.
—Yo soy de Venezuela, tengo ya un año estando aquí varada, no puedo avanzar, estamos ahorrando, pero tenemos que sacar para pagar el hospedaje donde estamos.
Un dólar equivale a unos 3.500 pesos colombianos. Esto Yenny no lo sabe, pero lo aprende ese día: "Ella decía que era un poco difícil porque la moneda estaba desvalorada y no podían seguir avanzando en su propósito de llegar hasta Estados Unidos".
Lo importante, piensa Yenny, es que mediante el reciclaje estas mujeres venezolanas pudieron ahorrar, pagar el alojamiento, no dormir en la calle. Se sienta con ellas, comparte su comida, se saca una foto. Y entonces le siguen contando: ese día se les está complicando.
—Ay, ayer la vimos difícil, no pagué los cinco dólares, y no llego a pagar hoy, ya nos van a sacar de donde estamos porque no nos podemos atrasar tres días.
Entonces decide darles 20 dólares, que no le sobran. Ellas le agradecen diciéndole que ahí nadie les ha regalado nada, que sólo les toca sufrir, que las miran mal. Yenny las entiende, sabe que por ser recicladora las personas en todos los países las miran con desprecio, pensando que son lo peor, el último eslabón de todo. Pero ella cree que no, que reciclar "es lo mejor que hay en la vida". Las mujeres aprendieron a reciclar ahí y piensan hacerlo para avanzar hacia Estados Unidos. Yenny les recomienda, entre risas, no hacerlo en Panamá: porque en Panamá no pagan bien. Se saludan con un abrazo.
En 2024 el Movimiento Nacional de Recicladores de Panamá tomó el cargo en una de las secretarías de la Red Lacre, y ella viaja en representación de los recicladores panameños. Por eso, como estas, tiene historias en Perú, en Brasil, y en distintos países de Centroamérica. En el barrio donde vive sospechan de ella, sospechan de los viajes que hace. Cuando sube una foto a su estado de Whatsapp, los vecinos le escriben a su mamá: "Oye, tu hija anda fuera y cómo si ella no trabaja". La madre se detiene en medio de la calle, mira a la persona a la cara y dice: "Ella está en esto que es de recicladores". Entonces todos quieren tener su trabajo.
Pero su vida no fue siempre así. Yenny entró a trabajar al Cerro Patacón a los 14. Trabajó 30 años ahí. En ese tiempo, un día un camión le rozó la espalda de la nuca hacia abajo. Otro día la tapa de una botella aplastada por otro camión le golpeó la vista. "Así vimos morir a varios", dice. Ahora, sentada a la mesa en el comedor de su casa, con el teléfono que no para de sonar, a los 50 años, es líder del Movimiento Nacional de Recicladores de Panamá. "Si no fuera por el reciclaje, yo estaría viviendo en la calle o muerta", cuenta.
¿Qué quiere hoy?: "Quiero que el mundo sepa que somos seres humanos que sentimos. Que reconozcan nuestro trabajo como una profesión más, como el albañil, el ingeniero, el carpintero, el doctor". Ese primer día en el Cerro Patacón no se le olvida: un vecino les explicó cómo entrar, era campo abierto con algunas casitas de pallets donde las personas se refugiaban del sol. Un mundo diferente al que estaba acostumbrada, donde su madre no la dejaba ni lavar los platos.
—Cuando estaba chica yo quería estudiar y ser doctora.
Pero no. Fue recicladora. Hoy se reconoce como una líder. Una líder que conoce a los suyos. Dice que a través del censo que hicieron con la Universidad de Panamá lograron tener una base de datos para saber no sólo que son más de 2.000, sino quiénes son, cómo se llama cada reciclador en cada vertedero, cuántas personas dependen de ellos, cuánto genera al día… Ese es el logro del Movimiento. Pero Yenny no se queda con esos números. Sabe que en el vertedero de Ocu hay una recicladora que se llama Máxima, que tiene 60, que hace unos días cumplió años, que tiene problemas en la vista; en Boca del Toro, a la esposa de un compañero le picó una culebra y dejó tres hijos en orfandad; en Puerto Armuelles, las empresas que localmente se consiguen para que administren los vertederos no dejan entrar a los recicladores; y en el vertedero de Colón solo reciclan hombres, no hay mujeres porque ellos no les permiten reciclar porque "el trabajo es muy duro".
Todo eso sabe Yenny: "Porque una cosa es que tú digas: 'Sí, existe el reciclador'. Pero, ¿quién es? ¿Quién es?", repite en medio del cacareo intenso de una de sus gallinas. Pero el reconocimiento formal aún no llega.
En Panamá existe la Ley 33 de Basura Cero desde el año 2018, que tiene la finalidad de priorizar la recuperación y el reciclaje, reconociendo formalmente a los recicladores como actores clave del sistema. Pero eso no ocurre así. Francisco Farnum explica que aunque la ley existe, su implementación práctica es casi nula y ha quedado mayormente en el papel.
La Autoridad de Aseo, un organismo autárquico del Estado nacional, defiende la trayectoria institucional: el Plan Nacional de Gestión Integral de Residuos permitió "establecer una hoja de ruta", dicen desde el área de comunicación del organismo, y señalan que está en desarrollo un Sistema de Información para la Gestión de Residuos (SIGIRS) para consolidar datos nacionales. Hasta marzo de 2023, la empresa que administraba el vertedero de Cerro Patacón era Urbalia, pero se le venció el contrato y tuvo que pagar una multa por el mal manejo de un millón de dólares. Ese fue el momento en que la Autoridad de Aseo tomó el control, declarando la "emergencia ambiental".
Según el organismo, desde el segundo semestre de ese año "no se han registrado incendios y actualmente se mantiene una cobertura diaria de los residuos incluyendo medidas de mitigación". Aunque dicen que "se han venido impulsando esfuerzos para mejorar las condiciones operativas, fortalecer la organización de los recicladores y promover una gestión más ordenada e inclusiva", reconocen que "aún existen retos importantes en materia de formalización y condiciones sociales".
Dicen también que el Cerro Patacón tiene una "vida útil de cinco años adicionales sobre terreno debidamente habilitado según la norma (Decreto Ejecutivo 275)", por lo que contemplan la construcción de una nueva tina de vertido –un área de contención habilitada para depositar residuos dentro del vertedero– que se iniciaría el próximo mes.
Joana Abrego, abogada ambientalista del Centro de Incidencia Ambiental (CIAM), explica que como no hay un sistema integral, a pesar de ser los únicos que recuperan material los recicladores son tratados como "intrusos dentro de un vertedero". Se trata, dice la especialista, de una labor de mucho riesgo, porque no cuentan con equipamiento adecuado, y operan donde el material ya está contaminado. CIAM interpuso una denuncia en enero de 2024, días después de otro incendio más que cubrió de humo a la capital, contra el administrador de la Autoridad de Aseo, Rafael Prado; el ministro de Salud, Luis Francisco Sucre; y el ministro de Ambiente, Milciades Concepción.
La acusación invoca los artículos 399 y 402 del Código Penal —delitos contra los recursos naturales, que contemplan penas de hasta ocho años cuando los desechos vertidos son cancerígenos o ponen en peligro la salud—, el artículo 408 por las emisiones tóxicas, el 304 por delitos contra la salud pública, y el 356 por omisión de los deberes de servidor público. Las abogadas piden que se investigue, se sancione y se indemnice por los daños. A más de dos años de la denuncia, desde CIAM no saben en qué punto está: no hubo notificación de avances, y mientras tanto, los tres funcionarios denunciados ya no ocupan sus cargos.
¿Por qué Panamá no logra una solución a esa emergencia? Mariana Méndez, representante de la Cámara de Reciclaje y del Grupo Vidriero Centroamericano, dice que los recicladores de base son el eslabón más importante de la cadena de reciclaje, que incluso son un "recurso humano especializado" que ayuda a resolver problemas graves de contaminación atmosférica, de suelo y del agua, pero que el país los está desaprovechando: "En Panamá no hemos sabido trabajar con el eslabón más importante de la cadena de reciclaje".
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Para ella, y para la Cámara de Reciclaje, ni Yenny ni Mixia ni sus compañeros deberían trabajar en vertederos, sino en centros de acopio con material ya clasificado. Pero cada día, a las 5 de la mañana, Mixia se sube a la chiva, como le dicen al bus en Panamá, que ya va llena. Algunas personas van paradas, sostenidas de la baranda alta, sacudiéndose con cada curva. Hay estudiantes con mochila, trabajadores, y recicladores que van al Cerro Patacón.
Un día suena un reggaetón a todo volumen, que (le) dice: Trabajando duro lo que tengo es bien merecido.
Mixia mira por la ventana.
Es una noche cerrada en la Ciudad de Panamá, pero Mixia Díaz lleva una hora despierta y ya camina a su trabajo: el Cerro Patacón, un relleno sanitario (vertedero controlado) que se creó en 1986 pero pronto se convirtió en el vertedero a cielo abierto más grande del país, a donde va a parar el 40% de los desechos que tiran los 4,28 millones de habitantes y otros miles de turistas.