Las capitales vascas suman 300 refugios climáticos frente a la ausencia total de ellos en Galicia
Las olas de calor y los episodios de altas temperaturas son cada vez más frecuentes y su intensidad es cada vez mayor a causa del cambio climático. También en Galicia. En mayo y junio sufrimos ya varias semanas con récords de temperatura en muchas localidades. El fenómeno se repetirá este fin de semana en la mayor parte del país, anticipando un verano y un futuro inmediato en el que el calor (y sus consecuencias para la salud) serán noticia y exigirán actuaciones a las administraciones. Por ejemplo, con la creación de refugios climáticos, de momento inexistentes en Galicia. El pasado mes de enero se anunció la creación en Ourense del primer espacio de este tipo.
Los refugios climáticos son espacios en edificios públicos (bibliotecas, centros culturales, escuelas, centros cívicos, iglesias...) o en el exterior (parques, jardines...) que ofrecen confort térmico durante los períodos de altas temperaturas, bien porque están climatizados o porque permiten estar a una temperatura inferior gracias a contener árboles o espacios de sombra. Están pensados sobre todo para la infancia y para las personas de mayor edad, que son quienes más sufren los efectos de las temperaturas elevadas.
Greenpeace ha publicado el informe Ciudades al rojo vivo, en el que analiza la existencia de estos espacios en las 50 capitales de provincia del Estado. En el documento destaca la carencia de refugios climáticos públicos en las cuatro capitales provinciales gallegas, en contraste con lo que sucede en otras comunidades autónomas. Los refugios climáticos son más habituales en ciudades de territorios meridionales o mediterráneos que sufren altas temperaturas, como Barcelona, Murcia, Málaga o Lleida. Pero, ojo, también son numerosos en zonas del norte, como el País Vasco (cerca de 300 en sus tres capitales provinciales) o La Rioja.
La organización ecologista destaca que solo 1 de cada 3 capitales de provincia en el Estado cuenta en la actualidad con esta medida, con redes más numerosas en Euskadi y Catalunya y su total ausencia en Galicia, Asturias, Cantabria, Extremadura, Castilla-La Mancha, Canarias y Baleares.
“El verano que conocíamos ya no existe. El calor es un problema de salud pública que cada año mata en España a miles de personas y no estamos respondiendo a la velocidad que el cambio climático nos impone, ni para frenarlo ni para adaptarnos a sus impactos”, alerta Elvira Jiménez, responsable de adaptación al cambio climático de Greenpeace, que señala que “los refugios climáticos son una medida efectiva a corto plazo para proteger a las personas del calor extremo”.
Sin embargo, estos son aún muy escasos, su número no ha crecido lo suficiente en el último año y, además, en algunas ciudades “existen refugios aislados o en número insuficiente, que no se consideran en el análisis al no constituir una red que permita a la población tener acceso a protección de forma equitativa”.
El documento destaca que “el norte ya no es un destino para escapar del calor”, pues “durante los momentos de altas temperaturas de mayo y la ola de calor de junio, sus ciudades destacaron por las constantes alertas rojas sanitarias” y, a pesar de ello, “Oviedo, Santander, Lugo y Santiago no cuentan con ningún refugio climático”.
Greenpeace destaca que “horarios, espacios inadecuados y no tener en cuenta a la ciudadanía son las tres principales barreras que lastran la efectividad de los refugios climáticos”. La organización subraya que estos espacios deben abrir todos los días de la semana y durante todo el día (especialmente durante el mediodía y las tardes).
En el caso de los espacios, critica la existencia de refugios sin zonas de descanso, agua o, en el caso de exteriores, sombra suficiente. También existen espacios cuya catalogación como refugios “resulta cuestionable”, como sucede con las estaciones de transporte, o sin gratuidad clara como mercados, museos y espacios comerciales.
En cuanto a los ejemplos positivos, destacan, sobre todo en Cataluña, los microrrefugios, espacios donde el pequeño comercio de barrio participa en la protección de la ciudadanía de forma gratuita. Otra buena práctica es la apertura de patios escolares a la comunidad para su uso como refugios, una medida que, a pesar de las limitaciones de horario, “refuerza la necesidad de adaptar los centros educativos para transformarlos en verdaderos refugios climáticos por su potencial de proteger a todo un barrio más allá de las horas lectivas”.