Del sonido al silencio: Manuel de Falla ante el golpe de Estado y la violencia en 1936
"En ninguna parte del mundo suena el paisaje como en Granada", escribió Manuel de Falla. El compositor gaditano había llegado a la ciudad en 1920, cuando ya era reconocido internacionalmente. Escogió la ciudad de la Alhambra como su lugar de residencia y alquiló un pequeño carmen en el barrio de la Antequeruela alta, cerca del conjunto monumental nazarí y con vistas al barrio del Realejo.
En Granada encontró un lugar desde el que crear su música y, como muestra su ingente correspondencia, estar en contacto con el mundo. También influyó en la vida cultural de la ciudad, convirtiéndose en un motor renovador y en un verdadero maestro para algunos jóvenes de la misma. La mejor prueba de ello fue la organización en 1922, junto con Federico García Lorca y otros, del Concurso del Cante Jondo. Más allá del resultado de este evento, este es símbolo de algo que marcó tanto su música como la poesía de Lorca: la valoración de lo popular como fuente de cultura, de inspiración y de modernidad.
Siempre llevó consigo el remordimiento de no haber podido hacer más por Federico García Lorca
La llegada de la Segunda República debió esperanzar a Falla, aunque sabemos que muy pronto receló de ella. En mayo de 1931 se produjeron las primeras quemas de conventos e iglesias, algo imposible de tolerar para un católico convencido como él. Esta actitud se confirmó de nuevo en la primavera de 1936, cuando en España y en la propia Granada se produjeron otra vez actos anticlericales tras el triunfo del Frente Popular en las elecciones generales de ese año. Si en 1931 Falla había escrito una carta, alarmado por la situación, al presidente de la República Alcalá-Zamora, en 1936 le dirigió otra al segundo presidente republicano, Manuel Azaña.
Cuando se produjo el golpe de Estado de julio de 1936, el distanciamiento de Falla del proyecto republicano era evidente. En Granada la sublevación se produjo el 20 de ese mismo mes. Todo parece indicar que el compositor no abandonó su casa en los primeros días, salvo posiblemente para acudir a misa. Pero entonces se desató la violencia: la sublevación triunfó, los militares golpistas se hicieron con el poder y todas las garantías constitucionales quedaron suspendidas. Los principales líderes de los partidos y sindicatos republicanos fueron detenidos y comenzaron los fusilamientos. El sonido de los disparos en el cementerio inundó la ciudad: definitivamente, el paisaje de Granada había cambiado su sonido.
Falla dejó para siempre Granada en el otoño de 1939. Pasó sus últimos días en Argentina, sin regresar nunca a la España de la dictadura
La muerte se apoderó de Granada, alcanzando a algunos amigos de Falla, como al propio Federico García Lorca. Aunque la amistad con el poeta se había enfriado, el pasado común, el amor por la cultura y la humanidad superaron cualquier barrera. Don Manuel fue personalmente al gobierno civil a hablar con el comandante Valdés, gobernador militar y factótum de la violencia desplegada entonces. Era demasiado tarde y, según diversos testigos, el militar africanista y falangista despachó con cierto desdén al músico informándole de que Lorca ya no existía. Después, visitó a la familia García Lorca, que se había refugiado en la casa de su hija Concha, cuyo marido y entonces alcalde de Granada también había sido detenido. Pasó unas horas junto a ellos sin atreverse a confesarles la verdad.
La historia del sangriento verano de 1936 no acabó ahí para Manuel de Falla. Siempre llevó consigo el remordimiento de no haber podido hacer más por el poeta. Pero no permaneció inmóvil. Su correspondencia a partir de finales de agosto de 1936 desvela que, una y otra vez, escribió cartas para avalar a republicanos y librarlos de la muerte. Escribió al capitán Nestares, uno de los golpistas más destacados y responsable de lo que sucedía en el barranco de Víznar, pidiéndole que intercediese por Hermenegildo Lanz, el viejo amigo y pintor que había diseñado para él los títeres y la escenografía de El retablo de Maese Pedro, estrenado con éxito en París en 1923.
Llegó a dirigir correspondencia a su paisano José María Pemán, escritor monárquico, católico y ultranacionalista, pidiéndole que mediase ante las autoridades militares para que fuesen clementes: él mismo había sido testigo de "la aplicación frecuente de la pena capital a personas cuyos delitos acusan, al menos en apariencia, notable desproporción". Frenar la violencia, escribía, era "de obligación estricta para los cristianos".
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Sus iniciativas no surtieron demasiado efecto, porque la guerra continuó y también la violencia con ella. En ese trance, el "Nuevo Estado" trató una y otra vez de utilizarlo para legitimar la "Causa Nacional": invitaciones a actos de reposición de crucifijos, a conmemoraciones de acontecimientos históricos, a comidas con visitantes de renombre o, incluso, a componer un nuevo himno nacional para recordar a los "caídos por dios y por España". Falla siempre contestó con la misma excusa: su débil estado de salud le impedía aceptar ninguna invitación o trabajar en cualquier proyecto.
Falla dejó para siempre Granada en el otoño de 1939. Pasó sus últimos días en Argentina, sin regresar nunca a la España de la dictadura, pese a los intentos de ésta por que así fuese y por utilizar su figura para legitimarse. Tuvo que morir para hacerlo: sus restos fueron repatriados en 1947 y fueron enterrados en la catedral de Cádiz. El sonido había dejado paso al silencio.
*Miguel Ángel del Arco Blanco es Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Granada.