Ceuta y el alrededor

A menudo desde este aprisco ha sido reivindicado un conocimiento somero de la realidad y hemos prevenido contra la distorsión que se contiene en la atención al detalle, en el detenimiento con la minucia, una forma de tecnicismo que, queriendo pasar por conocimiento especializado, nos distrae de lo que ocurre y nos convierte en absortos mirones de la monja gorda que reposa, vaso en mano, en el extremo inferior derecho de El carro de heno, de El Bosco, o sea, impermeables a la escena que en realidad el cuadro describe.

Cuando hemos hablado de lo que las cosas son y parecen, para este oficio informal de protohistoriadores provisionales que es el nuestro, nos hemos detenido en el tecnicismo judicial, pero no son las actividades togadas las principales militantes de la estafa de la minucia.

Ocurrió durante los años 2008 a 2012 la mayor crisis económica en Occidente que ha conocido la gente que está viva hoy (y lo estaba ya entonces, se entiende) y aquellos de los nuestros que se desempeñaban en asuntos económicos se dedicaron a saturarnos con contadores del desastre, montañas de detalles que certificaban, mes tras mes, la ruina acontecida pero nada decían de ella. El desempleo, los recortes, la prima de riesgo, la caída del PIB, los impagos, los desahucios, la inflación… las secciones de Economía eran el cenizo notario de nuestra bancarrota de países ricos.

Sin embargo, el oficio, encandilado con el detalle numérico, se abstuvo de contar lo que había pasado. El relato, hoy bien conocido, de aquella quiebra mundial se contó en las secciones de Política, no en las de Economía. El hilo que conecta la desregulación y la financiarización de las economías occidentales bajo la égida del invencible neoliberalismo —una doctrina monoteísta y fanática, como se vio entonces, potencialmente apocalíptica para los países y los paisanos— y la asunción de riesgos irrazonables en la observancia del credo de Milton Friedman, hasta una hipoteca impagada en Plasencia, por decisión de la Europa del norte cuyos bancos estaban en quiebra por su aventurerismo, lo hilvanó antes el periodismo político que el económico —aquí y en todo Occidente—, que dejó pasar la oportunidad de ser otra cosa que un tablón de avisos de lo que cada sector empresarial ansía para mejorar sus dividendos.

Viene esto al caso de la crisis migrante en Ceuta cuyas consecuencias aún son difíciles de medir, pero que deja los cadáveres de 145 personas —la mayoría, necesariamente, niños— en las playas, también nuestras, del norte de África, y cuyas causas saltan a la vista con solo considerar los intereses que hoy alinean a Israel, Estados Unidos y Marruecos, sin que ello signifique que fuera una operación planificada.

El periodismo no consiste en saberlo todo, sino en saber lo que está pasando

En las sociedades complejas del presente rara vez existe la causa única que echa a rodar un guijarro montaña abajo hasta convertirse en una bola de nieve que arrasa un pueblo, del mismo modo que la ignición original no explica por sí sola los motivos por los que este verano España arde por los cuatro costados sin que sepamos cómo detener el fuego. Aristóteles ya postuló la confluencia de al menos cuatro causas en la explicación imprescindible de un hecho: la causa material, la causa formal, la causa eficiente y la causa final.

La causa material de los hechos de Ceuta reside en el elemento humano y geográfico, las personas migrantes, la valla fronteriza y la disparidad de renta a un lado y a otro. Esos cuerpos anhelantes y este territorio físico que acerca y separa tal nivel de fortuna son requisito indispensable del fenómeno y sus frecuentes tragedias. La causa formal incorpora la estructura y el contexto que da forma al conflicto, de modo que incluye las leyes de extranjería, el respeto a los derechos humanos, los protocolos de asilo y el estatus geopolítico de la ciudad en tanto frontera de avanzada de la Unión Europea en África. En la causa eficiente deberíamos incorporar los desencadenantes específicos, una convocatoria digital en redes sociales —importante aquí la autoinculpación de Elon Musk, con sus imágenes de zombis atacando los muros de Israel extraídas de la película Guerra Mundial Z—, una doctrina del Supremo contra las devoluciones en caliente de quienes cruzan a nado, el realineamiento de Mohamed VI junto a Donald Trump y Benjamin Netanyahu, y la restitución de las relaciones de amistad entre España y Argelia, enemigo secular de Marruecos, en el marco de una crisis energética global que nos hace dependientes del suministro de gas argelino. Es decir, los factores que ponen el acontecimiento en marcha. La causa final es el objetivo de los actuantes, que en el caso de los niños migrantes es la obvia búsqueda de una vida mejor, más próspera y más segura, mientras que para los Estados —tanto Marruecos como sus nuevos aliados, y los muchos comparsas que en la UE apuestan por una política migratoria populista y desligada de la realidad de las estructuras económica y social de sus países—, por acción o por omisión, el propósito evidente es la presión sobre España, el Estado díscolo de Occidente, resistente a la trumpización del mundo desarrollado.

Este orden aristotélico de las causas tiene una gran ventaja para el periodismo porque crea un relato fidedigno sobre los acontecimientos sin necesidad de lograr respuestas últimas y exhaustivas a la competencia de los servicios de inteligencia, el grado de voluntariedad o negligencia de las fuerzas del orden marroquíes o el detalle de las llamadas entre dos sujetos tan poco recomendables como el inquilino de la Casa Blanca y el rey de Casablanca. Para los servicios de seguridad españoles y la prevención de futuros desastres humanitarios sí son relevantes esos detalles, como lo es saber si la desatención del Estado con los menores que permanecen en Ceuta —sin techo, alimento ni asistencia pública— obedece a alguna causa material real o solo se trata de llevarlos al desespero para que regresen a su país, tras permanecer dos semanas privados de todo en una playa. No puede sufrir ni morir aquel que no ha existido, por eso es tan perentorio contar a los niños, algo que inexplicablemente seguimos sin haber hecho.

Quizá nunca sepamos quién llamó a quién, qué orden concreta se dio, qué cálculo hizo Rabat o cuánto hubo de improvisación, negligencia o propósito en cada tramo de esta tragedia. Son detalles que importan, pero no todos corresponden a este oficio nuestro, que empieza un poco más lejos, cuando apartamos la vista de la monja y volvemos a mirar las tres tablillas de El carro de heno: 145 menores han muerto y pueden morir o desaparecer diez veces más allí donde se encuentran África y Europa, donde la pobreza y la riqueza están separadas por una decena de metros, donde viejas fronteras crepitan ante nuevas alianzas. El periodismo no consiste en saberlo todo, sino en saber lo que está pasando. Alrededor de Ceuta o de una monja pánfila.

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