Cómo conseguir territorios más resistentes a los incendios (que vendrán) Cristina Monge
No todo lo que hay dentro de la democracia lo inventó la democracia. De hecho, la mayoría de lo que la constituye no es de procedencia ni vocación democrática. Las cárceles, los códigos penales, los jueces, los notarios, los administradores de fincas, los registradores de la propiedad, los agentes inmobiliarios, los periodistas y casi todo lo demás prexisten a la democracia. Estaban ahí. La democracia es una forma particular de jugar en un tablero ya existente que todo lo condiciona. Pero no es el tablero. El tablero ya estaba. Y en Occidente, el juego se ha envenenado, porque mientras unos juegan con las reglas de la democracia, otros desempolvan viejas reglas feudales.
Las democracias occidentales son hoy un tablero ajedrezado donde unos jugamos al ajedrez y otros, a las damas, al go y, en estas latitudes, hasta al parchís, porque nos gusta muchísimo comer una y contar veinte. Lo vemos en este desdichado oficio mío, en el que unos procuran (procuramos, mejor decir) un cierto ajustamiento a unos códigos no escritos respecto al uso de fuentes, contrastes, jerarquía y responsabilidad social, y otros disparan sus informaciones o insidias sin el mínimo contraste o comprobación, tal vez amparados en el tácito convencimiento de la condición sangresucia del oponente.
Ese estado de opinión creado por un hábitat informativo financiado con fondos públicos y lleno de cochiqueras dedicadas a los asesinatos reputacionales por encargo —de personajes públicos pero también de sus alrededores privados— no es un fenómeno de laboratorio, sino que forma parte de una ola de humor sociopolítico en el que participan probos funcionarios —estos también existen desde hace centurias y, por supuesto, su ascendiente no es la democracia sino un Estado cuya vocación es sobrevivirla y hasta matarla— que empeñan sus tareas en convencernos de que también se pueden comer seis piezas saltando en diagonales infinitas hasta hacer dama.
Los últimos días, mientras Donald Trump y Mohamed VI —dos tiranos siglo XXI— intentan destruir nuestro país por díscolo y argelino enviando jóvenes marroquíes a morir tragando agua, con el aplauso genuflexo de todas las ultraderechas europeas, empezando por el hijo menos listo de Saturnino Núñez y Sira Feijóo, una mujer modesta, discreta y sin perfilo público, de nombre Gertrudis Alcázar, que se ha desempeñado durante décadas como secretaria de alta dirección al servicio de un presidente del gobierno y luego de un expresidente del gobierno, que es el mismo pero no es igual, se ha visto señalada por un togado calamitoso —que también juega con reglas propias en el tablero, entre caballos y alfiles— por haber adquirido con sus ahorros un domicilio de 130.000 euros, es decir, lo que en argot consideraríamos un apartamento de dependienta de supermercado.
La calamidad con toga va a mirarle hasta el dobladillo de las enaguas a la buena mujer ante tan sospechoso ascenso en la escala de la riqueza porque, aterrizando, esta discreta secretaria tiene que ceñirse a los movimientos tasados de los peones —avance de una sola casilla— y el de los puños de ganchillo juega al Warhammer 2000 con sus robots de artillería descargando sus baterías sobre este mundo de cuadraditos blancos y negros. De peones blancos y negros.
Y mientras el sanguinario mechawarrior se ceba con esta señora humilde y silenciosa que tras décadas de virtud se compró un pisito en Velilla de San Antonio, aldea de 14.000 habitantes situada más allá de Mejorada del Campo, en el infinito y paupérrimo secarral que cierra el suroeste de la Comunidad de Madrid, expuesto al calor y a los incendios, la presidenta de la provincia anda jugando a la oca —“de ático de Sarasola, en ático de Quirón y tiro a ático de amiga de Epstein porque me toca”— sin que fiscales, jueces y organizaciones nazis dedicadas al terrorismo jurídico de las acusaciones populares hayan siquiera enarcado una ceja o interrumpido su rezo del rosario.
España es un tablero ajedrezado en el que, ya no hay duda, los plebeyos tenemos que manejarnos en el laberinto endemoniado de un juego de inteligencia exigente y riguroso, mientras otros, que se tienen por amos del casillero, solo se ciñen a la democracia como disimulo coyuntural
La presidenta provincial de Madrid no es de origen más noble que la veterana secretaria, no se engañen, pero se ofreció tiempo ha como sustituta de sus señoritos y la urgencia del momento la llevó a dormir en las sábanas de seda de sus amos. Desde ahí, trató de ganarse su favor azotando a sus antiguas compañeras de cofia, y hasta ayer le había ido bien. Quienes le decían guapa y sexy cada semana, miembros de este oficio de impostores fieles a la condición canalla de la tarea y campeones de un concurso de tiralevitas, ponen hoy sus palmitas delante de la boca haciendo la o, cómo si de pronto hubieran reparado en que la advenediza usa las sales de baño y las cremas hidratantes de su antigua dueña, la marquesa, sin haber obtenido permiso por escrito.
Los inmaculados funcionarios anticorrupción aún no han levantado la mirada de las persecuciones que los ocupan, pero podrían recibir indicación de hacerlo a la mayor brevedad, como bien sabe otra mujer procedente de ninguna parte que también se creyó con derecho a cremas hidratantes y que hoy oficia como vedete en concursos de telerrealidad.
Nadie sabe por qué el amigo de Marcial e hijo de Sira y Saturnino vive donde vive, en El Viso, una especie de colina de casitas sita en mitad de Madrid, entre el Santiago Bernabéu, el paseo de la Habana y la avenida del Príncipe de Vergara, o cómo lo paga, si es que lo paga. Pero tampoco importa a nadie porque los dueños de la finca tienen sus consentidos y sobre este tablero llamado España, las rigurosas reglas del ajedrez solo atañen a quienes, como ustedes o yo, no crecieron en un hogar con biblioteca y despacho, mucho menos con cocina abierta, sino con cuarto de estar y fresquera, por el que no pululaban mujeres con cofia ni había jardinero o chófer. Como señala el historiador del arte murciano Miguel Maldonado, “si tienes que levantar tres sartenes para sacar la que necesitas, tú no eres clase alta”.
Los que hacemos un ruido infernal al disponer de la sartén y la olla que necesitamos para hacer un sofrito y unos macarrones jugamos con las estrictas reglas del peón, el alfil y el caballo, pero nos hostigan jueces, fiscales y agentes de la UCO y de la UDEF que usan a conveniencia reglas preajedrecísticas —predemocráticas— para desempeñarse en el tablero con la libertad prevaricadora del dueño de la finca.
España es un tablero ajedrezado en el que, ya no hay duda, los plebeyos tenemos que manejarnos en el laberinto endemoniado de un juego de inteligencia exigente y riguroso, mientras otros, que se tienen por amos del casillero, solo se ciñen a la democracia como disimulo coyuntural de este preciso momento de la historia. Y, como dice Maldonado, “los que no tenemos ocho sillas iguales para la familia en Nochebuena”, no podemos comprar una maldita casa de mierda en un pueblo seco y olvidado, destinado a ser pasto de las llamas el próximo verano de nuestras vidas.
Lean a Scott Fitzgerald. Porque a Gertrudis se la van a comer. Y van a contar veinte.
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