“La Odisea”, una película al servicio de la melancolía neoliberal
Está claro que la superproducción estadounidense La Odisea, de Christopher Nolan, se ha convertido este verano en el blanco favorito de la extrema derecha. La internacional reaccionaria pretende defender una visión estática y “pura” del texto homérico, cuando esa misma visión se inscribe en un contexto histórico y político.
Y es que estos puristas niegan la historia, la que abole sin cesar las condiciones de existencia y de pensamiento y hace imposible cualquier retroceso. Aferrarse a la “verdad” del texto homérico supone sumergirse en un mundo que ya no existe y que la ciencia histórica solo puede reconstruir parcialmente.
Para convencernos de ello, tomemos al pie de la letra la última idea descabellada del hombre más rico del mundo, el inefable Elon Musk, quien, muy indignado por la versión de Nolan, propuso crear mediante inteligencia artificial (IA) una versión cinematográfica “auténtica” de La Odisea. Pero lo que la IA pueda hacer no será más que el producto del mundo del que extraiga su información: solo podrá producir una superproducción de bajo presupuesto que defienda la ideología que la ha creado, precisamente la de Elon Musk. Su versión estará tan alejada de Homero como la de Nolan.
La fuerza de las grandes obras reside menos en su pureza original que en su capacidad para reflejar los problemas de épocas completamente diferentes. El debate en torno a la exitosa película de Nolan no tiene, por tanto, mucho que ver con el aedo griego del siglo VIII a. C., sino más bien con nuestra época. Y, en este sentido, resulta interesante intentar entender qué visión de nuestra época transmite este éxito de taquilla.
El mundo del colapso
La Odisea se considera aquí una descripción del colapso de la Edad del Bronce tardía, ese momento en el que desaparece la civilización del Mediterráneo oriental, construida en torno a grandes conjuntos (egipcios, hititas, micénicos o asirios) y a una interdependencia comercial. Toda la película está impregnada del temor al colapso, acompañado por un misterioso “pueblo del mar”.
En el libro más popular sobre el tema, 1177 a. C. El día en que colapsó la civilización (editorial La Découverte, 2015), el arqueólogo Eric H. Cline comienza su exposición con una comparación con nuestra época: un mundo de inestabilidad y caos pone fin a un período de “globalización” económica que había proporcionado estabilidad.
La aventura de Ulises se presenta como el ocaso de un mundo. Pero no de cualquier mundo. En la película de Nolan, el asunto lo resume el propio Ulises, cuando, disfrazado de mendigo para ganarse el sustento, se encuentra por primera vez con Penélope. Allí describe cómo se da cuenta de que el colapso se produjo durante la toma de Troya.
En ese momento, el desprecio de los enemigos a la humanidad le hace comprender que un mundo está llegando a su fin, un mundo que, hasta entonces, afirma el Ulises de Nolan, “estaba unido por el comercio, por las costumbres y por la lengua”. El mundo que colapsa en esta película es el de la globalización feliz, vista como una edad de oro que los hombres han echado a perder lamentablemente.
Lo que Ulises lamenta en su conversación con Penélope es el mundo de Bill Clinton, destruido por los propios estadounidenses
Ese mundo estaba, pues, unido en torno a una civilización, la de la Grecia micénica, que en la película no es más que una metáfora de la civilización estadounidense triunfante de las décadas que acabamos de vivir. Las constantes referencias al universo de los superhéroes lo demuestran, sobre todo en la figura de Agamenón, que pierde toda su complejidad homérica para encarnarse en una especie de mezcla entre Batman y Darth Vader.
Esa transición también queda plasmada en una de las escenas más absurdas de la película, cuando, durante un saqueo, un habitante le habla en griego a Ulises, quien, para entenderlo, debe recurrir a una traducción al inglés hollywoodiense. Esa Grecia de la Edad del Bronce no es, por tanto, más que la “América” de los años felices, la que lideraba la globalización.
Lo que Ulises lamenta en su conversación con Penélope es el mundo de Bill Clinton. Ese mundo que fue destruido por los propios estadounidenses, por su voluntad de imponer su dominio económico mediante la guerra. Helena de Esparta no fue más que un pretexto para la guerra de Troya; el objetivo, según nos dice uno de los héroes, es que Agamenón “controle las rutas comerciales”.
Al intentar ganar la guerra económica —fuente de paz— por medios políticos, Grecia, a pesar de su victoria en Troya, destruyó su propio mundo. Así ha ocurrido con Estados Unidos y el trumpismo, decidido a dominar mediante la fuerza militar, las rentas y los aranceles.
La salvación a través del comercio
Lo que generaba armonía y paz era la competencia económica, el “dulce comercio” tan querido por Montesquieu, libre de toda injerencia política. Lo que provoca el colapso es la voluntad de imponerse por la vía política en lugar de por las leyes del mercado, con las que todos tienen una oportunidad, y ese es el verdadero sentido de la famosa “ley de Zeus” que recorre la película. La hybris descrita en la película es la de atreverse a oponerse a las leyes del mercado.
La diversidad racial de la película, que tanto irrita a la extrema derecha, es la traducción de esa idea. No implica destacar las particularidades de las personas racializadas, ni subrayar un camino original, ni señalar dominaciones. Está ahí para demostrar que, en el mundo anterior al colapso, el del orden justo, cada individuo tiene su oportunidad en el mercado.
Pero en este mundo idealizado, pero perdido, la violencia no queda excluida. La película, como buen éxito de taquilla hollywoodiense, muestra una complacencia infinita hacia interminables escenas de violencia. Y ese mismo Ulises que se lamenta por la humanidad negada a los troyanos no duda en masacrar durante largos minutos a los pretendientes de Penélope.
El leitmotiv del “go West” que atraviesa la película no proviene de una lectura de Homero, sino que es, evidentemente, una llamada al espíritu pionero original estadounidense
A diferencia del texto homérico, que al final del canto XXIV indica que “entre las dos partes queda sellada la concordia por la hija de Zeus, la portadora de la égida”, no son los dioses quienes ponen fin a esta guerra intestina con su sabiduría, sino la victoria militar total de Ulises. Pero esta masacre no está guiada por una voluntad política de ganar competencia económica, como sí lo está el asedio de Troya. La violencia aquí es justa porque garantiza un orden económico basado en la propiedad: Ulises recupera sus bienes usurpados y puede, por fin, hacer que su hijo los herede.
Las pruebas de La Odisea adquieren entonces un sentido preciso. Ulises pasa de ser el guerrero sometido a Agamenón —quien cometió el error que condujo al colapso de la civilización— a convertirse en un emprendedor capaz de reconstruir la armonía del mundo. Esta metamorfosis se produce en la escena de la partida de la isla de Calipso, donde se elogia explícitamente al héroe que, en solitario, asume el riesgo de desafiar al mar, como un fundador de una start-up de Silicon Valley.
Esto es aún más evidente si se tiene en cuenta que la película omite el episodio de la isla de los feacios, en la que Ulises naufraga tras abandonar la isla de Calipso en el texto homérico. En este, la humanidad de Ulises se reconstruye a través de su socialización en dicha isla y es un barco feacio el que lleva a Ulises, dormido, de vuelta a Ítaca. Pero en la versión de Christopher Nolan, este pasaje estorba: es Ulises, solo, como buen emprendedor, quien alcanza su objetivo tras haber afrontado los riesgos.
Y el final de la película, totalmente imaginario y sin relación alguna con el de Homero, no dice otra cosa: Ulises renuncia voluntariamente al poder político para embarcarse en una búsqueda “hacia el Oeste”, a la que lleva consigo a Penélope y cuyo verdadero objetivo es reconstruir el mundo tras el colapso.
Héroe de la ”resiliencia”
Este leitmotiv del “go West” que atraviesa la película no proviene de una lectura de Homero, sino que, evidentemente, es una llamada al espíritu pionero originario estadounidense. El mundo que resurgirá del colapso supondrá un retorno al espíritu emprendedor y explorador, capaz de aceptar la ley del mercado que fundamenta la identidad de Estados Unidos.
Ulises se convierte así en el héroe de la “resiliencia”, aquel que ha sobrevivido a todas las pruebas y que está dispuesto a volver a empezar, como si aún estuviéramos en 1991, una bonita aventura emprendedora para ir a conquistar el Oeste. Una vez más, Nolan sigue la interpretación de Cline, quien escribió en 2024 una secuela de su historia sobre el colapso: La supervivencia de las civilizaciones (edit. La Découverte), cuyo último capítulo se titula: “Del colapso a la resiliencia”.
No se dice nada sobre la situación real de las mujeres, bastante invisibilizadas, como demuestra el pesado silencio sobre la violencia sexual que acompaña a la toma de Troya
Sin embargo, hace de ello una lectura simplista en la que el comercio, el mercado, la empresa y, en definitiva, la economía pura, despojada de todo poder político, son la clave de esa resiliencia. Y es que la resiliencia es lo contrario de la resistencia: es la aceptación de un orden mundial inmutable —en este caso, el de la economía— que conviene gestionar lo mejor posible. Es la glorificación del éxito individual puntual —el de Ulises en Ítaca— más que la acción colectiva constructiva de un orden alternativo.
De hecho, en la obra de Nolan, los pueblos están ausentes; su presencia se limita a una multitud violenta y embrutecida. Son los héroes quienes hacen la historia: los buenos por sus cualidades comerciales, los malos por su uso de la violencia política.
Una vez más, el único momento “feminista” de la película es cuando Penélope se queja de no poder ejercer el poder. No se dice nada sobre la condición real de las mujeres, bastante invisibilizadas, como demuestra el pesado silencio sobre las violencias sexuales que acompañan a la toma de Troya como ocupación de los pretendientes. Por otra parte, las mujeres troyanas vencidas —Hécuba, Casandra o Andrómaca— quedan a su vez invisibilizadas. En cambio, la triunfante Penélope puede ir a conquistar “el Oeste” con su marido, que se ha hecho comerciante.
Callejón sin salida ideológico
La Odisea de Christopher Nolan no dice pues gran cosa sobre Homero, ni siquiera sobre la Edad del Bronce tardía, y quizá sea mejor así. Es una película melancólica sobre una oportunidad perdida, la de una globalización económica justa y feliz destruida por la decisión de politizar la guerra económica.
Y en ese sentido, es evidentemente una película profundamente antitrumpista que ve el origen del mal en el seno mismo de la civilización estadounidense: “Somos el pueblo del mar”, afirma Ulises. Lo que se denuncia es el error cometido por el pueblo estadounidense por querer salir de su dominio económico imponiendo un imperialismo político y militar. Por querer controlar el comercio por la fuerza. Por haber renunciado al espíritu emprendedor para convertirse en un político. Por haber preferido el poder injusto de la política al poder justo del mercado.
Pero el enfrentamiento entre Nolan y sus adversarios de extrema derecha pasa por alto lo esencial: Trump no es el colapso, es el síntoma de un poder económico estadounidense que se ha visto cada vez más obligado a endurecerse para mantenerse y que, para sobrevivir, ha tenido que recurrir de forma cada vez más consciente a un imperialismo político y militar.
El colapso no es, por tanto, la desviación de un mundo ideal por culpa de malas decisiones. Es la evolución natural de una globalización económica que no ha llevado a un mundo ideal, sino a un mundo incapaz de gestionar las nuevas condiciones sociales, ecológicas y económicas. Un mundo en el que la competencia económica se ha transformado lógicamente en imperialismos rivales y en el que la extrema derecha no es más que la traducción política de esta nueva especie de carrera por el beneficio.
Y, en definitiva, lo mismo ocurrió con el mundo de la Edad del Bronce tardía, que, sin duda, ya no podía soportar —ni ecológica, ni social ni políticamente— las condiciones del comercio. Ese mundo, más allá del debate sobre las causas del colapso, estaba tan debilitado desde dentro como el mundo neoliberal con el que sueña el cineasta.
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Al fin y al cabo, Christopher Nolan no tiene mucho más sentido histórico que sus detractores. Sueña con un retorno a una armonía basada en la economía y el espíritu emprendedor, precisamente cuando ha sido el mundo dominado por la economía el que nos ha llevado al colapso. No habrá vuelta posible al mundo idealizado de Bill Clinton o de Barack Obama.
La creencia, muy homérica por cierto, en un tiempo cíclico no nos sirve de ayuda hoy en día. Soñar con volver atrás solo puede agravar nuestra situación y reforzar a las fuerzas reaccionarias. Plantear estos conflictos entre neoliberales nostálgicos y extremistas de derechas como si ese fuera todo el debate actual es, quizá, hoy en día, una de las trampas que hay que evitar. Obliga al mundo a tomar una elección que no es tal.
Traducción de Miguel López