Racismo y xenofobia en su 'prime'

Los delitos e incidentes de odio están en lo más alto y esto no es algo que me haya inventado yo, sino información fresca proveniente del Ministerio de Interior. En 2025, aumentaron un 23,6% con respecto al año anterior, situándose en el peor momento desde que se realizan mediciones de esta variable. De ellos, los más numerosos fueron los racistas y xenófobos.

¿Entiendo la preocupación por parte de la ciudadanía y, especialmente, de las personas progresistas? Sin duda. ¿Muchas llevaban décadas negando o minimizando su existencia? Por supuesto.

Es importante dejar claro que quienes lo hacían no son Belcebú, sin embargo optaron por ignorar una problemática fundamental a la hora de entender la sociedad actual y el origen de sus desigualdades. Quizá por no escuchar al movimiento antirracista y no ir más allá de la dimensión económica, por no comprender que nativa o extranjera no es la misma clase obrera, por obviar las relaciones de poder Norte-Sur, cómo Europa subdesarrolló África (que diría Rodney) y lo bien que vino el oro que se le robó a América y el sistema de plantación que se impuso ahí para sufragar el progreso europeo y su industrialización.

En el seno del feminismo también ha sucedido. Hubo una parte que criticó que fomentáramos la desunión debido a que lo de la interseccionalidad les sonaba más a trabalenguas woke de moda que a cuerpo, vida y verdad.

Por eso, claro, ahora se sorprenden por el hecho de que haya niños, y no tan niños, fachas que ya no solo escriben comentarios en redes sino que salen con la carita tapada y la mano levantada a la calle pidiendo guerra o con unos discursos ultraconservadores acerca de pureza racial, gran retorno, reemigración o familia tradicional que hace décadas ya nos parecían antiguos. Les preocupa sobremanera porque no se trata de algo lejano. Están en su entorno cercano, viven en su vecindario (y en el mío), son los hijos de sus amistades (y de las mías) y hasta forman parte de su familia (y de la mía, por el lado blanco, claro) y creen que la culpa es de las redes sociales, que les han cambiado.

Pero… ¿ solo han sido las redes? ¿cuál era su base? ¿Sobre qué se sostenían sus conocimientos? ¿Acaso a lo largo de todo este tiempo del “Gobierno más progresista de la historia” han dispuesto de una narrativa B? ¿Cambiaron los contenidos que aprendían en los libros de texto o lo que veían en los medios? ¿Recibieron formación antirracista en algún sitio? ¿Hablaron del tema en casa? ¿Qué comentarios escucharon en su entorno? E, importante, ¿cuáles no?

Me resulta sorprendente que hayamos tenido que llegar a este revival infame que está siendo el fin del primer cuarto del siglo XXI y el inicio del segundo para que buena parte de la sociedad se dé cuenta de que lo que decíamos desde el antirracismo no era una amenaza fantasma, sino una verdad como una catedral. Y ya no solo llegamos tarde, porque esos niños fachas se han hecho grandes y son el modelo de los que aún están creciendo, sino que cuando al fin una parte del mundo progre le ve las orejas al lobo, o bien habla por nosotras y nosotros o bien escoge a quiénes pueden hablar del tema y cómo.

Mucho ha pasado de los dos días que duró el eco del Black Lives Matter, pero todo se quedó ahí. Fuimos una moda pasajera, como los pantalones pitillo, aunque esos ahora están de vuelta

Los criterios están muy claros y los estamos viendo todo el rato:

  1. Mejor de aquí o que lleve mucho tiempo para que se entienda el acento y conferir la credibilidad que solo se le otorga al nacional o al guiri.
  2. Joven, ya que de ese modo podrá conectar con el público de redes y hacerse viral. Eso sí, si luego le machacan en los comentarios, le mandan mil millones de veces por segundo a su país, da igual que sea este o no, o se acuerdan de todo su linaje; se quedará sola ante el peligro y amaneciendo cada día con cientos de mensajes insultándole.
  3. Preferiblemente de buen ver, con el fin de que por su cara bonita, la audiencia quiera escuchar lo que tiene que decir.
  4. Metiéndole humor al asunto. Si se aborda este asunto en serio, con cifras, revisando la historia y reconociendo responsabilidades y dolores, la sociedad negacionista no facha podría sentirse incómoda y pensar que se trata de una cuestión histórica, institucional, estructural y fundacional de un Estado que ha conquistado a lo grande y que les atañe, de manera que mejor echarse unas risas.
  5. Después de usarlos unos años, los reemplazarán por gente aún más joven a la que encumbrarán y lanzarán idénticas preguntas provocando que las respuestas también sean las mismas aunque en otro formato, ya sea vídeo, meme o lo que se lleve en ese momento y amplifique la tecnología. Porque, ojo, la culpa no es de esa juventud que se preocupa por leer y formarse sino de que, dado que las cuestiones que les formulan no cambian, el discurso que se visibiliza tampoco. Y como, además, nos dan las migajas, nuestras reflexiones únicamente se visibilizan de tanto en tanto, de ahí que siempre suenen a nuevas, porque desde la última ocasión que dieron opción a manifestarlas ha transcurrido tanto tiempo que ya nadie se acuerda.
  6. Mucho ha pasado, por cierto, de los dos días que duró el eco del Black Lives Matter (BLM), de cuando nos hicieron casito tras el asesinato de un tipo negro a miles de kilómetros a manos de la policía y un montón de gente nos empezó a seguir en redes y usó por primera y última vez la expresión “racismo institucional”. Pero todo se quedó ahí. Fuimos una moda pasajera, como los pantalones pitillo, aunque esos ahora están de vuelta.

Creímos que algo iba a cambiar. Echando la vista atrás, encuentro cierto tufillo al “We are the world, We are the children”, ese momentazo en el que gente del mismo país que la lía lo más grande y empobrece a medio planeta se junta para salvarlo cantando. Hubo buena voluntad, talento, se habló del tema y se recaudó mucho dinero, pero las lógicas que generan desigualdad permanecieron inmutables.

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