Del Bienquerer

La mujer que se avino - Marisa López Soria

Difácil, Valladolid, 2026.

El tercer libro de poemas de Marisa López Soria, tras Muy señores míos (2020) y En consideración te escribo (2023), supone la consolidación de una voz singular que, en sus mejores momentos (y son muchos), acierta a decir lo de siempre como nunca. En efecto, los temas que recorren los dos apartados en los que se divide La mujer que se avino (“Cuerpo cósmico” y “Hojas de limón en el jardín de loto”) son tan antiguos como el género lírico: el amor, que se desborda en estrofas apasionadas, y la muerte, que se condensa en evocaciones fragmentarias. No obstante, ya de los mismos rótulos de las secciones puede desprenderse que el tratamiento de estos motivos dista de ser el tradicional. Así, en la receta de la autora hallamos la torsión sintáctica, la ruptura versal, el giro irónico, la invención de neologismos o la utilización de onomatopeyas. Dicho sea de paso, estos recursos no resultan ajenos a su producción destinada al público infantil, lo que la conecta con una ilustre predecesora llamada Gloria Fuertes. No en vano, al igual que Fuertes (o que Szymborska, otra impronta confesa), López Soria disfraza de levedad los temas graves y dota de dimensión trascendente a los asuntos triviales.

El primer apartado del libro, “Cuerpo cósmico” —que se acompaña del inciso parentético “(Lo inefable)”—, recurre al léxico de la física o de la astronomía para cantar al Big Bang del amor carnal y la comunión psíquica. La búsqueda de una “música del universo” que ponga banda sonora a la historia sentimental la lleva a reformular un carpe diem en clave cuántica (“Gozamos cuerpo estelar en trayectoria por los siete / astros errantes”) o a apelar al erotismo mediante el campo semántico de la microbiología: “así me di a tus amargos y a tus gérmenes / así te diste tú a mis bacterias y mis ácidos”. Pero no todo es combustión sensual en estos versos: junto con la leña del fuego trovadoresco, hallamos reflexiones acerca de la capacidad transmutadora de la imaginación (véase “Spleen y Niágara”) o la pervivencia del arte, aunque sea en su modalidad rupestre (“Cuerpos cósmicos en Altamira”). El descubrimiento del “asombro del amor”, como apunta María Ángeles Pérez López en el prólogo, prevalece en todo caso sobre el inventario de sus causas y efectos.

Movida por esa perplejidad, la escritura tiende a la ruptura de las expectativas, sobre todo en lo tocante a las convenciones del lenguaje convencionalmente (y no es pleonasmo) poético: las certezas se confunden con cerezas, la hablante se encuentra “enmimismada”, el interlocutor se amalgama en “amanteamoramigo”, y la caída de Ícaro se precipita en un poema que reproduce visualmente el descenso vertiginoso del héroe. Sin embargo, la autora consigue que el árbol del ingenio no nos impida ver el bosque del pensamiento: junto con el impulso lúdico, a veces no muy lejos del juego postista (véase la insistencia fonética en la “o” en la composición que termina “Ooooh, Wolfgang”), abundan aquellos textos en los que las tareas cotidianas adquieren un empaque cosmogónico y en los que la fiesta de Eros se ve ensombrecida por la amenaza de Tánatos. Si las poetas de los ochenta normalizaron que la mujer tomara la iniciativa y aludiera sin tapujos al placer del cuerpo, López Soria abandona asimismo el rol de sujeto paciente para referirse al amor en toda la extensión metafísica de la palabra.   

Las variaciones Neuman

La segunda sección del libro, “Hojas de limón en el jardín de loto”, constituye un entrañado réquiem a la figura materna. Aunque el motivo central no se presta a la algarabía estilística del apartado anterior, de nuevo observamos un intento de desacralizar los tópicos vinculados a la finitud de la existencia. Adoptando la forma de un diálogo interrumpido, los textos de este apartado despliegan una serie de viñetas fragmentarias en las que el recuerdo de acciones banales (recoger limones o jugar al parchís) se concibe como una revelación retrospectiva. Al fin y al cabo, las piezas reunidas aquí son también un acto de amor. El epílogo, “Abril mefítico”, dedicado al mes más cruel y protagonizado por un símbolo ambiguo (la luna), cierra el volumen con una melancolía atemperada por la contención emotiva.

En suma, La mujer que se avino puede leerse como un tratado del bienquerer, que, dándole la vuelta al mensaje de “la Rosalía”, refleja un ciclo amoroso presidido por la celebración: “Sopla las velas velas velas magas, corazón / nunca se nos apagan”.

* Luis Bagué Quílez es escritor y crítico literario.

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