El 18 de julio de 1936 les robaron una parte muy importante de sus vidas: ser niños y formarse

Rosa y Pedro, los padres del autor.

Juan Murillo Murillo

Mi padre, Pedro, nació en 1926 y pudo aprender a leer y las cuatro reglas básicas.

Mi madre, Rosa, nació en 1933 y no tuvo siquiera la oportunidad de ir a la escuela.

Pasaron hambre y necesidad, porque cuando ambos regresaban del trabajo en el campo, de sol a sol, como jornaleros, “no había ni para poner un cuartillo de vino encima de la mesa”.

Así que, en el año 1961, como millones de españoles, mi padre emigró al País Vasco, a un pueblecito pesquero que se llama Ondárroa, a buscarse la vida. En 1963, les seguimos mi madre y tres hermanos.

Y no fue fácil y tampoco se nos ha olvidado el sufrimiento del cambio de Extremadura a Euskadi, dejar la tierra y la familia. Éramos emigrantes. ¿Os suena?

Eran personas inteligentes, trabajadoras, luchadoras y no se rindieron. Nos dieron a nosotros la oportunidad que a ellos les negaron.

Tenían claro que la formación y el conocimiento eran la clave para poder avanzar y así, a los cuatro hermanos (la pequeña ya nació en Bizkaia), nos dieron la oportunidad de formarnos. Y la aprovechamos.

Las palabras de nuestros padres fueron: “No os vamos a dejar una herencia material, solo os podemos dejar vuestra formación, si aprovecháis la oportunidad. Vosotros estudiad y nosotros trabajaremos para que os forméis”. No había posibilidad de segundas oportunidades, o ibas aprobando los cursos o te ibas a trabajar.

Y así fue. Ellos vieron a sus hijos formarse, cada uno con lo que realmente le gustaba y además trabajando en verano, descargando barcos de pescado por las noches, en fábricas igualmente de pescado; en fin, aportando lo que se podía a la economía familiar.

Él murió en 2015 y ella en 2014, y siempre han estado ahí. Han sido nuestro referente, nuestro faro, nuestro ser y estar en este mundo.

Una justicia más justa... ni por casualidad

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Excelentes personas, jamás hicieron daño a nadie y nos transmitieron todo esto, no solo con lo que decían, que también, sino sobre todo con lo que hacían, con el ejemplo. Ese fue su mejor legado.

Nunca los olvidaremos, siempre estarán con nosotros y con sus nietos, a los que querían y les querían con locura.

El 18 de julio de 1936, les robaron una parte muy importante de sus vidas: ser niños y formarse.

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