Los empresarios del miedo

Hace unas semanas estuve en Berlín. Fui a unas charlas organizadas por EPIM y el Othering & Belonging Institute de UC Berkeley, y tuve la suerte de conocer a john a. powell. Este hombre alto y discreto me atrapó desde el primer minuto. Antes que nada, porque fue amigo de bell hooks, la escritora cuya obra ha marcado buena parte de mi trabajo sobre nuevas narrativas. Y no, no es una errata: tanto ella como powell decidieron escribir sus nombres en minúsculas, cada uno por razones propias. hooks —que en realidad se llamaba Gloria Jean Watkins y tomó el nombre de su bisabuela— quería que la atención recayera en su obra y no en su figura; powell parte de la idea de que los seres humanos son parte del universo, no algo por encima de él, y que las mayúsculas simbolizan justo esa jerarquía que rechaza.

powell presentó ante un grupo pequeño y privilegiado su libro Belonging without Othering: How We Save Ourselves and the World, escrito junto a Stephen Menendian y aún sin traducción al español. Me fascinó, entre otras cosas, porque resuena con lo que llevo años defendiendo desde mi trabajo en narrativas del amor. Hay algo casi mágico en descubrir que compartes convicciones, ideas y estrategias con alguien tan potente: es un refuerzo enorme, una especie de confirmación de que no vamos por libre. Le regalé mi libro, Activistas del amor, que acaba de salir en inglés como Love Activists, y él me regaló el suyo.

En su libro, powell sostiene que el mundo enfrenta hoy desafíos que parecen inabordables, de la crisis climática a la fragmentación política. Pero para él el problema de fondo es otro: la otredad, lo que en inglés llama othering. No se trata simplemente de notar diferencias, sino de un conjunto de dinámicas y estructuras que, de forma consciente o inconsciente, niegan la plena pertenencia y la dignidad humana a ciertos grupos por su identidad.

La otredad atraviesa múltiples planos: la raza, la religión, el género, la discapacidad, la orientación sexual. No es un fenómeno espontáneo. Con frecuencia es una estrategia deliberada de lo que powell llama "empresarios del conflicto": líderes que explotan la ansiedad colectiva ante cambios demográficos y tecnológicos acelerados para sacar rédito político. Y aquí está la paradoja: la mayoría de los procesos de exclusión se hacen en nombre de la pertenencia. Excluimos a un "otro" para reforzar los lazos dentro de nuestro propio grupo.

¿Cómo operan estos empresarios del conflicto? Explotan el miedo y la incertidumbre que traen los cambios rápidos, en lugar de ayudar a procesarlos. Fabrican un "otro" —por raza, religión, estatus migratorio, identidad— y lo presentan no como alguien distinto, sino como una amenaza que borra tu mundo. Construyen un nosotros excluyente, lo que powell llama "pertenencia delimitada" (bounded belonging), donde el grupo solo se cohesiona a través del rechazo a un enemigo común. Ofrecen historias simples, casi siempre falsas, que explican problemas complejos culpando a un grupo social concreto. Y no apelan a la razón: apelan al miedo, la emoción más antigua y poderosa que tenemos, la que activa el cerebro reptiliano y nos empuja a actuar de forma irracional y beligerante.

En definitiva, convierten la diversidad humana en un arma política. Transforman el miedo al cambio en hostilidad activa contra los demás, y así aseguran su relevancia y su control.

La mayoría de los procesos de exclusión se hacen en nombre de la pertenencia

¿Y la respuesta? Según powell, no son más datos ni más estudios. Es el concepto zulú de Sawubona: te veo, te respeto, te reconozco. Solo el reconocimiento de la dignidad humana —y, me atrevo a añadir, el amor— puede curar el miedo que estos empresarios alimentan.

Frente a la exclusión, la respuesta tampoco es borrar nuestras diferencias para decir que "todos somos iguales" (lo que powell llama saming), sino construir una pertenencia real. Y la pertenencia real es un concepto radical: no basta con ser incluido, hay que participar activamente en la creación de las estructuras que rigen tu propia vida.

Para eso, powell propone dos marcos concretos. El primero, crear puentes (bridging), frente a la ruptura (breaking) que refuerza el "nosotros contra ellos": relacionarnos con otros grupos desde la escucha profunda y el reconocimiento de una humanidad compartida, dispuestos incluso a "sufrir con" el otro. El segundo, el universalismo focalizado: fijar metas universales para toda la población —que todos los niños dominen las matemáticas, por ejemplo— pero con estrategias distintas según los obstáculos de cada grupo. Porque los obstáculos de un niño migrante no son los de un niño en una zona rural, aunque la meta sea la misma.

Al final, el reto consiste en ampliar nuestro círculo de preocupación humana. Como dice powell, la pertenencia es la base de una sociedad justa, donde el otro deja de ser una amenaza para convertirse en colaborador necesario. Solo con estructuras que garanticen dignidad y agencia a todos podremos salvar no solo nuestra convivencia, sino el mundo mismo.

Lo estamos viendo estos días con toda la forma en que se mueve la información sobre incendios o las entradas de personas a nado en Ceuta, con el genocidio de Gaza o los asesinatos del ICE. Los empresarios del miedo tienen recursos, tienen altavoces, tienen el favor de una época que premia la simplificación. Pero somos más las que vemos. Somos más las que, como powell o hooks, seguimos creyendo que el amor y la comunidad no son ingenuidad sino estrategia, la única capaz de construir algo que dure. Salí de aquella sala de Berlín con la certeza de que este trabajo —el mío, el tuyo, el de tantas— no es una batalla perdida de antemano. Se libra charla a charla, libro a libro, conversación a conversación. Y en esa suma, pequeña pero terca, está la fuerza que ellos nunca tendrán.

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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.

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