En los pueblos arrasados por el fuego, ahora llega lo peor: "No puedo comer de la ansiedad"
La línea 551 llevaba este miércoles, dirección Pantano de San Juan, a una quincena de personas que regresaban a sus casas tras un desalojo de casi una semana. Los vecinos se reencontraron y compartieron anécdotas de los últimos días, emocionados por volver por fin a su pueblo. Pero el autobús enmudeció al atravesar Navas del Rey, la frontera donde quedó atrapado el frente oriental del mayor incendio de la historia de España. Después llegó la carretera de los pantanos, por donde no pasaban desde la semana pasada, cuando todavía era un denso pinar, del que solo quedan esqueletos de árboles. Y así durante los siguientes 50 kilómetros.
Pelayos de la Presa es el primer pueblo después de cruzar el valle y allí ha ardido más del 70% del término municipal. El núcleo urbano está intacto, pero las urbanizaciones de las afueras, que estaban metidas en el bosque, están muy afectadas, y al menos 20 casas han ardido y son irrecuperables. Afortunadamente, la mayoría de las viviendas solo han perdido su jardín. En la zona que más se ha quemdo, la que está colindante con el pantano, hay daños a partes iguales a segundas residencias de fin de semana y a viviendas de gente que ha crecido allí.
Agustín Muñoz, de 74 años y nacido en Cádiz, se mudó a Pelayos en 1992 y ha visto arder la montaña muchas veces, pero no esperaba que el fuego llegara literalmente a la puerta de su casa. Salió a toda prisa desalojado la semana pasada y volvió este miércoles a su domicilio para echar un vistazo, aunque por ahora no se va a quedar por la mala calidad del aire. En su caso, el interior de la vivienda ha resistido, pero el patio, que acababa de reformar, es todo ceniza. “¿Nos imaginábamos que pasaría? No… Bueno, sí. No te imaginas que se va a quemar tu casa, pero era evidente que el monte estaba seco y sin cuidar", afirma.
El desconfinamiento mantenía este miércoles los nervios a flor de piel en el centro del pueblo, con muchos vecinos enfadados por la sensación de abandono que sufren cuando el incendio ya se ha ido. Viviendas sin luz, personas mayores que no pueden sacar escombros de su parcela y, sobre todo, rencor de algunos hacia los servicios de emergencia por haberles obligado a salir con lo puesto el jueves, dejando atrás a sus mascotas o sus vehículos.
Carmen, de 57 años, es una de las que todavía no ha recuperado la electricidad porque el cuadro de luz reventó por el fuego, y confiesa que no sabe cómo va a seguir adelante. Tiene una casa adosada de la que se ha quemado todo el exterior y una finca que estaba en proceso de convertir en una casa rural, y allí ha ardido todo el material de construcción que guardaba al aire libre. Aunque intentaron desalojarlos, ella fue de los que se negó a irse para estar con sus gatos, y optó por atrincherarse en casa durante los peores momentos. "Es un dolor muy profundo, primero mental y ahora también físico. No puedo comer porque vomito de la ansiedad; me duele todo el cuerpo", relata.
Tanto Carmen como muchos de los que se han mudado allí, lo han hecho por la riqueza natural que rodea el embalse. Ella lo hizo porque sufrió un accidente en el pasado y encontró en este lugar un sitio donde descansar y recuperarse cerca de Madrid, pero la zona es también conocida por atraer miles de visitantes de la capital durante los fines de semana de verano. Ahora, se preguntan si toda esa economía basada en el turismo se recuperará en uno o varios años, y si se tomarán hasta entonces medidas para apoyar a las familias que vivían de ello.
El Restaurante El Mirador de Pelayos, que este fin de semana debería haber estado lleno hasta la bandera, también ha sucumbido parcialmente al fuego, y su ventanal que antes apuntaba a un valle verde, ahora enmarca un monte gris. Una parte de su terraza está totalmente calcinada y la comida congelada que tenían para varias semanas se ha perdido. No es el único negocio que ha ardido. Allí cerca, Jasmine espera a que la grúa se lleve los únicos tres vehículos que han sobrevivido, de 10 que tenían, de una empresa de construcción. Y pegados al embalse, varios parkings de barcos de recreo han quedado reducidos a polvo.
Otro de los asuntos que más se escuchaban este miércoles en el pueblo era el drama de las arizónicas, que han sido realmente la cerilla que se ha llevado por delante casi todos los jardines calcinados. Llama la atención, en un paseo por Pelayos, que solo un porcentaje de las casas ha ardido, y aunque parece cuestión de azar, todo el mundo coincide en que no ha sido cuestión de suerte, sino de qué plantas tenía cada uno en su jardín.
Moisés Ramos, que ha vivido prácticamente toda su vida en Navas del Rey, se mudó en diciembre a una urbanización de Pelayos colindante con San Martín de Valdeiglesias, y este miércoles, tras volver a casa, daba gracias por haber podado en invierno todos los setos de arizónica de su parcela que dejaron los anteriores propietarios, que más que setos eran ya árboles porque habían superado la altura de su casa.
Un vistazo a su jardín confirma que, de haber estado ahí, la vivienda no se habría salvado. "Sé que lo que hice no estaba permitido, pero es que sabía que llegado el día esto nos salvaría, y nos ha salvado" señala este vecino.