Trump-Netanyahu, una pareja inquietante

Son inquietantes por separado. Donald Trump es un convicto que vive en una realidad paralela que le lleva a desear ser un dictador al frente de los generales que tuvo Hitler, empeñado en poner en peligro la democracia estadounidense y el orden internacional en su propio beneficio. Benjamin Netanyahu es un iluminado supremacista sobre el que recae una orden de detención emitida por la Corte Penal Internacional, mientras está siendo enjuiciado por tres delitos por el Tribunal Supremo israelí, al tiempo que continúa con el genocidio en Gaza, la anexión de Cisjordania y la violación de la soberanía de Siria y Líbano. Y también lo son cuando suman fuerzas, sea para atacar ilegalmente a Irán o para activar sus respectivas capacidades diplomáticas, económicas, políticas y militares para proseguir indefinidamente sus aventuras belicistas.

Por eso, a la vista de lo que ha ocurrido hasta ahora cada vez que se reúnen —y ya van siete encuentros en la Casa Blanca desde el regreso de Trump a la presidencia—, es inevitable que se dispare la preocupación por parte de todos aquellos que se saben colocados en la diana de ambos mandatarios, así como de cualquier defensor de los derechos humanos y del derecho internacional. La novedad de este último encuentro es que Netanyahu ha entrado en el Despacho Oval más como candidato —las elecciones israelíes ya han quedado fijadas para el próximo 27 de octubre— que como primer ministro. Y esto, sabiendo que la guerra con sus vecinos es su principal baza electoral, solo puede traer malas noticias si Trump accede a sus peticiones.

El más longevo de los jefes de gobierno israelíes tiene muy claras sus prioridades, empezando por la de prolongar su condición de primer ministro, convencido de que de ese modo logrará seguir burlando a la justicia. Para ello, en un contexto nacional en el que sus principales rivales en la contienda electoral comparten su rechazo a la existencia de un Estado palestino, necesita sobreactuar aún más para convencer a los votantes de que él (el mismo que quedó retratado como el responsable del fallo de seguridad que propició los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023) es el único que puede garantizar la seguridad de Israel.

Con ese propósito en mente, Netanyahu ha ido a Washington con su carta a los Reyes Magos (es decir, Trump) bajo el brazo. Confía, por un lado, en seguir teniendo el permiso para terminar la tarea en Gaza, golpeando a quienes todavía resisten hasta rendirlos definitivamente, aplastando tanto su sueño político de contar con un Estado propio, como su voluntad para aferrarse a esa tierra. Nada indica que los asesinatos, la deportación forzosa y los crímenes de guerra, que ya se han convertido desgraciadamente en realidades diarias en la Franja, vayan a cambiar un ápice el respaldo diplomático, económico y militar que el inquilino de la Casa Blanca lleva años prestando a Netanyahu. Y lo mismo cabe esperar en relación con los sistemáticos ataques que tanto las fuerzas israelíes como los colonos (no solo consentidos, sino también armados por el gobierno) están desarrollando en Cisjordania, por mucho que las declaraciones emanadas de Washington parezcan dar a entender su descontento con esas prácticas.

El más longevo de los jefes de gobierno israelíes tiene muy claras sus prioridades, empezando por la de prolongar su condición de primer ministro, convencido de que de ese modo logrará seguir burlando a la justicia

En relación con Líbano, donde Netanyahu pretende consolidar indefinidamente una zona de ocupación que aleje a los combatientes de Hizbulah de la frontera común, casi no es necesario que el mandatario israelí pida nada, a la vista de lo ocurrido tras la reunión de Trump con el presidente libanés, Joseph Aoun, la pasada semana. Inevitablemente, suena ridículo que el único anuncio del presidente estadounidense al final del encuentro haya sido que va a permitir a las compañías aéreas que reanuden sus vuelos a Beirut, cuando lo que Aoun buscaba era que EEUU forzara a Israel a retirar sus tropas de suelo libanés. Eso significa, en esencia, que Netanyahu puede proseguir su violación del territorio soberano libanés hasta donde y cuando lo considere necesario para sus planes. Otro tanto cabe esperar en el caso de Siria, por mucho que el presidente Ahmed al Sharaa cuente con las simpatías del propio Trump; lo que se traduce en que Israel no solo no va a abandonar los Altos del Golán (Trump ya declaró en 2020 que eran territorio israelí), sino que va a poder robar aún más suelo sirio y mantener un dominio innegable sobre un país que apenas está iniciando su salida del infierno.

Más incógnitas plantea la postura de Trump en relación con Irán. Por un lado, a favor de una nueva operación conjunta —al modo de Furia Épica (estadounidense)/Rugido de León (israelí)— confluyen tanto la mentalidad de Trump —golpear más fuerte hasta doblegar al enemigo— como el deseo de Netanyahu de eliminar definitivamente la amenaza iraní, soñando con la rentabilidad electoral que podría lograr. Pero, por otro, tanto la escasez de reservas estratégicas de hidrocarburos, como las limitaciones de los arsenales propios (son ya miles los objetivos batidos sin haber logrado ninguno de los objetivos previstos), así como la demostrada capacidad iraní no solo para soportar los golpes, sino también para contragolpear, parecerían aconsejar volver a la vía diplomática para alcanzar algún tipo de acuerdo. Mientras que los vaivenes de Trump obligan a no descartar ninguna opción, Netanyahu no transmite ninguna duda: hará todo lo posible por reventar cualquier hipotético acuerdo.

Por último, cabe suponer que el primer ministro israelí tratará de frenar el acuerdo nuclear de Estados Unidos con Arabia Saudí, procurando mantener su monopolio regional como única potencia con armas nucleares y evitar que otros (Turquía o Egipto) terminen por seguir el mismo camino. Y ya (puestos a pedir) también presionará para evitar que los sofisticados F-35 terminen en la fuerza aérea turca y saudí.

Aunque pueda parecer que se ha enfriado ligeramente la sintonía personal ente ambos, son muchas las hipotecas e inercias acumuladas y muchos los intereses compartidos como para pronosticar que Netanyahu no volverá a casa con las manos vacías.

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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