Irán-EEUU, camino a ninguna parte Jesús A. Núñez Villaverde
Sirven para rellenar los titulares de los medios de comunicación. Provocan vaivenes llamativos en las bolsas y en los precios de los hidrocarburos. Se saldan, desgraciadamente, con muerte y destrucción. Pero, desde el punto de vista estratégico, los golpes que se están propinando recíprocamente Irán y Estados Unidos desde la firma del llamado Memorándum de Versalles, el pasado 17 de junio, no llevan a ninguna parte. Por lo menos no a una situación que permita vislumbrar un verdadero acuerdo de paz.
Fiel a su lema “paz mediante la fuerza”, Donald Trump sigue creyendo ilusoriamente que solo se trata de golpear aún más fuerte. Sin reconocer el error de haberse metido en un conflicto en el que no estaba en juego ningún interés vital para EEUU, de la mano de un Benjamin Netanyahu que le hizo creer que bastaba un golpe contundente para derribar el régimen de los ayatolas, quiere imponer “su” paz a toda costa. Por eso mantiene en la zona el mismo despliegue militar que activó en febrero, con la orden de realizar nuevos ataques, e insinúa que contempla incluso acciones terrestres contra la isla de Kharg. Por supuesto, Washington tiene la capacidad militar suficiente para seguir golpeando indefinidamente, pero imaginar que lo que no ha conseguido tras batir miles de objetivos —con tan reiteradas como falsas proclamaciones de victoria— lo va a lograr con unos cuantos centenares más es, sencillamente, una ensoñación sin base alguna.
Y es que, aunque Irán es inequívocamente inferior en medios militares y en infraestructura industrial para sostener un conflicto prolongado, ha demostrado sobradamente su capacidad para absorber el castigo y para contragolpear. En definitiva, desde su posición de inferioridad, le basta con responder a cada acción enemiga con una andanada de misiles y drones contra las bases estadounidenses en la región o contra alguno de los escasos buques que se atreven a desafiar su control del estrecho de Ormuz. No necesita derrotar en el campo de batalla a Washington ni a Tel Aviv, ni tampoco ser muy efectivo en sus ataques. Frenar o dañar parcialmente un barco le sirve para atemorizar a aseguradoras y armadores, provocando una inestabilidad global que acaba teniendo impacto directo en la economía regional y mundial. Lograr que un solo misil balístico penetre los sistemas de defensa antiaérea —sea en Israel, Jordania, Kuwait o Arabia Saudí— demuestra no solo que los ataques recibidos no han conseguido eliminar sus arsenales y su capacidad para fabricar más artefactos de ataque, sino para hacer ver a los países vecinos que el contar con bases estadounidenses en su propio territorio no les garantiza su seguridad.
Esa sensación de creciente impotencia militar es lo que explica en buena medida el cúmulo e incoherencias en las que Trump está inmerso. Así, un día dice defender la libertad del tráfico marítimo en las aguas de Ormuz, para imponer a continuación un bloqueo que pretende contrarrestar el impuesto por Teherán, para anunciar ahora que Estados Unidos será el gendarme del estrecho, arrogándose el derecho a cobrar un peaje —en contradicción con su propio argumento de que Irán no puede cobrarlo—. En cada uno de esos pretendidos diktat se ha visibilizado el nivel de impotencia que aqueja a Washington cuando pretende imponer su dictado en Oriente Medio.
Esa sensación de creciente impotencia militar es lo que explica en buena medida el cúmulo e incoherencias en las que Trump está inmerso
Con tanta parafernalia Trump trata de ocultar a propios y extraños que no ha logrado ni uno solo de los objetivos reales que se había fijado en el inicio de las operaciones contra Irán, empezando por el derribo del régimen y siguiendo por poner fin al programa nuclear, al arsenal de misiles balísticos, al apoyo a los peones regionales (Hizbulah, Hamás…) y al control del estrecho de Ormuz. A Trump le apura encontrar una narrativa de victoria cuando se acercan las elecciones de medio término, y no encuentra ninguna base real en la que poder apoyarse para evitar aparecer como un perdedor.
Por el contrario, Mujtaba Jamenei no tiene ahora mismo ninguna urgencia que le lleve a tener que cambiar de rumbo. De la mano de los pasdarán está demostrando, por una parte, que mantiene el control de una población agotada por años de represión y carencias, pero aún más enrabietada por la agresión de EEUU e Israel. Por otro, conserva el apoyo de Rusia y China, no para poder dar vuelta a la situación actual, pero suficiente para contar con alguna vía de supervivencia frente a las sanciones internacionales. Igualmente, dispone de medios militares para desafiar a sus enemigos y mantener frenados a sus vecinos.
En esas condiciones, lo más previsible es que se repitan nuevamente los vaivenes ya registrados en estas últimas semanas. Eso implica que, por una parte, seguirán adelante las negociaciones que arrancaron tras la firma del citado Memorándum, puesto que a ambos actores les debe interesar llegar a algún tipo de acuerdo. Pero, por otra, también cabe contar con la continuación de los ataques recíprocos, aunque solo sea porque ninguno de los contendientes sabe cómo salir de esta dinámica. Todo ello sin olvidar a Israel, interesado en reventar cualquier posible acuerdo entre Washington y Teherán.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
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